Epílogo
Dos meses después
Baran preparaba una maleta pequeña, encima de la cama de su apartamento, con la eficiencia práctica de quien ha hecho ese mismo gesto cientos de veces para turnos de guardia repentinos, aunque esta vez el destino no era un hospital de Estambul, sino una clínica rural en Capadocia, donde un antiguo profesor de la facultad le había pedido ayuda con un caso complicado que requería, según sus propias palabras, “un cirujano con paciencia y sin prisa por volver a la ciudad”.
—¿Cuánto tiempo? —le preguntó Nur, sentada en el borde de la cama, observándolo con una curiosidad que no se molestaba en disimular.
—Dos semanas. Puede que tres.
—¿Y no tiene nada que ver con que la maestra del pueblo se llame Aylin Kaya, y que en la universidad tú y ella fuerais bastante más que compañeros de clase?
Baran se detuvo, con una camisa a medio doblar, y por un segundo algo cruzó su cara que no tenía nada que ver con la ironía habitual con la que solía responder a las provocaciones de su hermana pequeña.
—No tengo ni idea de qué me estás hablando —dijo, sin mucha convicción, y siguió doblando la camisa con más cuidado del necesario.
Nur sonrió, sin insistir, y decidió que ya habría tiempo de sonsacarle el resto cuando volviera.
Kerem la encontró esa misma tarde en el estudio improvisado que Nur había montado en la última planta del piso familiar de Nişantaşı, rodeada de bocetos y telas que llevaba semanas defendiendo, sin éxito hasta entonces, delante de un padre que consideraba “una diseñadora en la familia” una distracción innecesaria de los negocios serios.
—Halil ha dicho que sí —anunció Kerem, desde la puerta, con una sonrisa que no pudo contener—. A la colección. La va a financiar el grupo, como proyecto piloto de diversificación textil. Sus palabras, no las mías.
Nur se quedó mirándolo un segundo entero, sin poder creérselo del todo, y después cruzó la habitación y lo abrazó con una efusividad que dejó a Kerem, por una vez en su vida, sin ninguna respuesta ingeniosa preparada.
—Gracias —dijo Nur, todavía sin soltarlo—. Por convencerlo. Sé que has sido tú.
—Solo le he recordado que su hija tiene más talento del que él está dispuesto a admitir en voz alta.
Se separaron, y por un momento —solo un momento, apenas un latido más largo de lo necesario— ninguno de los dos supo bien qué decir, ni por qué la distancia entre ellos, de pronto, parecía mucho más corta que de costumbre.
—Deberíamos celebrarlo —dijo Kerem, al fin, apartando la mirada primero.
—Deberíamos —concedió Nur, y guardó, sin decirlo en voz alta, la certeza recién descubierta de que aquel “deberíamos” significaba, probablemente, mucho más de lo que ninguno de los dos estaba todavía listo para nombrar.
El proceso legal contra Tevfik Aslan avanzaba despacio, como suelen avanzar estas cosas, pero avanzaba: la fiscalía había admitido a trámite la denuncia por fraude, y el testimonio de Recep, junto con el del antiguo capataz de Bursa, había bastado para que dos periódicos económicos abrieran investigaciones propias sobre el resto de negocios en los que Tevfik había tenido participación en los últimos veinte años.
Halil, que había empezado a acudir dos veces por semana a reuniones con los abogados de la empresa, sin que nadie se lo pidiera, le había dicho a Emir, la última vez que hablaron de ello, que por primera vez en veintidós años dormía sin necesitar nada para conseguirlo.
También había empezado, con un entusiasmo torpe que a sus hijos les costaba reconocer en él, a financiar personalmente el pabellón de verano que Elif había dibujado y nunca llegó a construir, junto al embarcadero, con los planos originales del cuaderno de bocetos como única guía.
Lucía llevaba semanas supervisando la obra en sus ratos libres, casi como un regalo que se hacía a sí misma entre proyecto y proyecto del estudio de Beyoğlu.
En el embarcadero del yalı, con el Bósforo pasando del plata al cobre mientras caía la tarde, Lucía y Emir veían llegar el primer ferry cargado de turistas que se detenía, cada tarde desde la inauguración, a fotografiar la mansión restaurada desde el agua.
—El estudio de Beyoğlu quiere que presente el proyecto en una conferencia en Lisboa el mes que viene —dijo Lucía, apoyando la cabeza en el hombro de Emir—. Restauración patrimonial con enfoque en memoria familiar. Van a usar esta casa como caso de estudio.
—¿Vas a ir?
—Voy a ir. Y voy a volver. —Se giró para mirarlo, con la misma sonrisa tranquila que llevaba meses sin abandonarla del todo—. Esa es la diferencia ahora, ¿no? Que puedo irme sin miedo a que, cuando vuelva, ya no quede sitio para mí.
Emir no respondió con palabras. La besó, despacio, con la misma calma con la que se hacía todo en aquella casa desde que había vuelto a llenarse de luz, mientras el Bósforo seguía su curso eterno bajo ellos, indiferente y a la vez, de algún modo que ninguno de los dos sabía explicar del todo, cómplice de todo lo que habían tenido que atravesar para llegar hasta ahí.