El secreto del Bósforo (Bósforo, Libro 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

—Necesito que investigues esto de manera formal —dijo Emir, extendiendo sobre la mesa del despacho de Kerem las copias del diario y la carpeta de su madre—. Con o sin la aprobación de mi padre.

Kerem leyó los documentos en silencio, y cuando por fin levantó la vista, su expresión habitual de ligereza había desaparecido por completo.

—Esto es serio, Emir. Fraude documentado, negligencia con resultado de muerte, y potencialmente un encubrimiento sostenido más de dos décadas por el propio presidente del grupo. ¿Eres consciente de lo que puede pasarle a la empresa si esto sale a la luz de la manera equivocada?

—Soy consciente. Y también soy consciente de que llevo veintidós años construyendo mi vida entera sobre un silencio que nunca me pidieron que guardara. Se acabó, Kerem. Necesito la verdad completa, sea cual sea el precio.

—Voy a necesitar acceso a los archivos históricos del grupo, y hablar con cualquiera que trabajara en la fábrica de Bursa hace veintidós años y siga localizable. Esto va a llevar semanas, no días.

—Tenemos ese tiempo.

Kerem se quedó trabajando esa misma noche, y durante los días siguientes Emir aprendió, con una impaciencia que le costaba disimular, a esperar los informes parciales que su amigo le iba mandando: una factura aquí, un testimonio ambiguo allá, piezas de un rompecabezas que solo empezaba a cobrar forma completa mucho más despacio de lo que la urgencia de Emir habría querido.

Nur había ido a las oficinas de Levent esa misma semana por un motivo que no tenía nada que ver con el diario de su madre: llevaba semanas intentando convencer a su padre de que financiara su primera colección independiente, y había decidido, cansada de esperar, presentarse sin cita, dispuesta a no irse hasta obtener una respuesta.

Se cruzó con Kerem en el pasillo.

—Voy a plantarme delante de mi padre hasta que me conteste —dijo, sin que él se lo preguntara.

—Suerte ahí dentro —dijo Kerem, con esa media sonrisa que a Nur, aunque nunca lo admitiría en voz alta, siempre conseguía desarmarle algo por dentro.

Encontró el despacho de Halil con la luz encendida, pero no a su padre sentado en el escritorio, sino de pie junto a la trituradora de papel, alimentándola con carpetas enteras de un archivador que Nur nunca lo había visto abrir.

—¿Qué haces? —preguntó, olvidando por completo los bocetos que llevaba en la mano.

—Nada que te concierna. Vete a casa, Nur.

—¿Qué es eso?

—Cosas viejas que ya no importan a nadie.

Algo en el tono de su padre —demasiado rápido, demasiado ensayado— le erizó la piel, y sacó el teléfono para llamar a Emir antes incluso de haber decidido conscientemente hacerlo.

—Está destruyendo papeles, Emir. En su despacho. Y cuando le he preguntado qué hacía me ha dicho que “cosas viejas” y ha seguido como si yo no estuviera delante.

—Voy para allá. No hagas nada, espérame.

—No pienso quedarme aquí quieta viendo cómo desaparece la única prueba que nos queda de lo que le pasó a mamá.

Colgó antes de que Emir pudiera terminar la frase.

Él condujo hacia Levent con el corazón desbocado, imaginando cada escenario posible entre su hermana pequeña y un hombre que llevaba veintidós años protegiendo un secreto con todos los recursos a su alcance, y encontró a Nur de pie frente a la trituradora, con los brazos cruzados y una carpeta apretada contra el pecho, bloqueando físicamente el paso de su padre.

—No vas a destruir nada más —estaba diciendo Nur—. No hasta que nos digas la verdad completa. Los tres tenemos derecho a saberla, baba. No solo Emir.

—No tienes ni idea de lo que estás haciendo —dijo Halil, con una voz tensa que Emir reconoció al instante como la de un hombre acorralado, no la del patriarca sereno que llevaba toda la vida presentando al mundo—. Aparta.

—He dicho que no.

Emir cruzó la puerta en ese momento, y algo en su presencia —o en la carpeta de documentos que llevaba bajo el brazo, la misma que le había entregado a Kerem días atrás— pareció, por fin, hacer ceder algo en la resistencia de su padre.

—Ya está, baba —dijo Emir, con una calma que no sentía en absoluto—. Kerem ya tiene copias de todo. Puedes seguir triturando papel toda la noche si quieres, pero no vas a conseguir que esto desaparezca. Ya no.

Halil se quedó inmóvil, mirando a sus dos hijos como quien mira el momento exacto en que veintidós años de silencio terminan de derrumbarse.

—No sabéis lo que estáis a punto de destruir —dijo, al fin, con una voz que había perdido toda su autoridad habitual.

—No —dijo Emir—. Pero tú sí lo sabes. Y por eso vas a contárnoslo. Ahora. Los tres juntos.

Llamaron a Baran desde el propio despacho, en altavoz, y lo oyeron salir a toda prisa de un turno sin terminar, sin hacer ninguna pregunta más que “¿dónde?”.

Mientras esperaban, nadie se movió del sitio: Nur seguía plantada junto a la trituradora, y Halil se había dejado caer, por fin, en la silla detrás de su escritorio, con la mirada perdida en algún punto entre sus hijos que no parecía estar del todo en aquella habitación.

Baran llegó veinte minutos después, todavía con la ropa de hospital puesta bajo el abrigo, y no preguntó nada al entrar. Se limitó a colocarse junto a Nur, cerrando el círculo alrededor de su padre.

—Estamos los tres —dijo Emir—. Ahora sí. Cuéntanoslo todo, baba.