El Secreto de San Millán (El Secreto de San Millán: Tomo VII) CAPÍTULO 25 Una cadena de nombres y lugares
73%

CAPÍTULO 25 Una cadena de nombres y lugares

BLOQUE 1

La primera lectura sistemática del Códice comenzó sin buscar confirmaciones.

Sebastián había insistido en eso desde la noche anterior.

Durante años habían seguido nombres y referencias dispersas porque necesitaban reconstruir una historia que parecía haberse fragmentado entre archivos distintos.

Ahora tenían delante el volumen que había conservado parte de esa memoria, y el peligro consistía en abrirlo esperando que repitiera exactamente aquello que ellos ya creían saber.

No podían trabajar de esa manera.

El manuscrito tenía que ser leído por lo que realmente contenía.

Irene preparó la mesa y mantuvo la apertura dentro de los límites de conservación establecidos. Trabajarían por unidades, registrando los cambios materiales y de escritura sin intentar imponer desde el comienzo una interpretación general.

Sebastián se ocuparía de la lectura paleográfica preliminar. Fray Julián intervendría cuando una fórmula necesitara contexto documental o eclesiástico. Mauro seguiría especialmente nombres y lugares, pero sin atribuir identidades antes de tiempo.

Leandro no estaba presente.

Había entregado las cajas familiares y aceptado que aquella primera lectura debía hacerse sin convertir sus documentos en una guía previa.

Sebastián agradecía esa ausencia.

El Códice necesitaba una oportunidad de hablar sin que todos esperaran encontrar un Velasco en cada página.

La primera unidad no parecía extraordinaria.

Contenía textos religiosos acompañados por anotaciones de épocas diferentes. Había correcciones y signos de uso prolongado. Algunas notas marginales seguían sin una función clara.

Mauro preguntó después de casi una hora:

—¿Esto es lo que buscábamos?

Sebastián no levantó la vista.

—Esto es parte del volumen.

—Sabés qué te estoy preguntando.

—Y justamente por eso no quiero responder todavía.

No había ninguna razón para suponer que todo el manuscrito hubiera sido concebido con una sola función.

Podía haber crecido mediante incorporaciones sucesivas y haber sido utilizado de maneras distintas a lo largo del tiempo.

Irene observó uno de los cuadernos.

—Algunas unidades pueden haber entrado después.

—Sí.

Eso era crucial.

No estaban ante una cápsula cerrada desde el origen.

Estaban ante un objeto que había acumulado historia.

En la segunda unidad aparecieron anotaciones de carácter más práctico.

Sebastián encontró nombres propios vinculados con fórmulas breves de comprobación y lugares que parecían funcionar como referencias hacia otras relaciones documentales.

Registró cada dato sin convertirlo todavía en una ruta.

No interpretaba una palabra como recibió en el sentido de que alguien hubiera recibido necesariamente el Códice.

Tampoco entendía entregó como prueba de que el volumen hubiese cambiado de manos.

Mauro terminó comprendiendo el problema.

—Entonces puede estar hablando de documentos que nunca estuvieron dentro de este libro.

—Exactamente.

—Y tenemos que distinguir cuándo habla de sí mismo y cuándo registra otra cosa.

Sebastián asintió.

Fray Julián señaló una abreviatura.

Parecía una remisión.

La línea mencionaba una persona y un lugar, pero no afirmaba que esa persona hubiese viajado hasta allí.

Indicaba que cierta información podía comprobarse en ese sitio.

Sebastián escribió:

NO CONFUNDIR REFERENCIA DOCUMENTAL CON ITINERARIO FÍSICO

La advertencia iba a ser necesaria durante toda la lectura.

Más adelante reapareció Nájera.

Esta vez la mención se vinculaba con una relación conocida allí.

Después surgió Santo Domingo, asociado a otra noticia documental.

Mauro miró a Sebastián, pero él continuó sin levantar la vista.

La tentación de dibujar una ruta era inmediata.

Todavía no tenían derecho a hacerlo.

En otro folio apareció Burgos.

Debajo, una fórmula indicaba la recepción de una copia.

No del original.

Esa precisión cambiaba mucho.

El Códice no registraba únicamente desplazamientos de objetos.

También conservaba memoria de información reproducida y verificada a distancia.

Eso explicaba algo que habían encontrado repetidamente durante toda la investigación: una misma noticia podía aparecer en archivos diferentes sin que el manuscrito al que se refería hubiera pasado físicamente por todos ellos.

Sebastián levantó la vista.

—Acá empieza a verse una función.

Irene se acercó.

—¿Cuál?

—Conservar memoria de movimientos documentales sin que esos movimientos sean necesariamente los del propio Códice.

Fray Julián añadió:

—Una forma de no perder la relación entre piezas dispersas.

Sebastián asintió.

Todavía era una hipótesis.

Pero ahora nacía del contenido.

Mauro contempló las notas.

—Entonces quizá este libro no diga solamente dónde estuvo.

—Puede decirnos dónde aparecieron noticias sobre otros documentos.

Aquello era más amplio que la ruta que habían reconstruido.

Y bastante menos espectacular que cualquier leyenda.

No había un trazado secreto.

Había personas anotando información porque necesitaban recordar quién había recibido algo o dónde podía comprobarse una noticia.

Cuando cerraron la sesión de la mañana, la hoja de trabajo contenía numerosos nombres y lugares.

Todavía no formaban una ruta.

Y Sebastián prefería que siguiera siendo así.