El Secreto de San Millán (El Secreto de San Millán: Tomo VII) CAPÍTULO 23 Identidad de un manuscrito perdido
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CAPÍTULO 23 Identidad de un manuscrito perdido

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La nueva ficha empezó a redactarse antes de que terminara el estudio completo del contenido.

Sebastián insistió en que así fuera.

No quería precipitar una recatalogación, pero tampoco dejar vigente durante demasiado tiempo una descripción cuya base principal ya sabían equivocada.

Fray Julián llevó una copia de la ficha actual:

Miscelánea devocional. Soporte mixto. Datación moderna. Acceso restringido por conservación.

Irene colocó junto a ella el informe material.

La distancia entre ambos documentos era demasiado grande para ignorarla.

El cuerpo principal del volumen era medieval.

La estructura mostraba añadidos posteriores y una historia larga de reparaciones.

Además, la referencia antigua conservada en el propio manuscrito coincidía con documentación externa que permitía seguirlo hasta la unidad actual de Yuso.

Mauro miró la ficha vieja.

—¿La cambian hoy?

Sebastián negó.

—Hoy proponemos una corrección. Modificar el catálogo corresponde a un procedimiento institucional.

Irene añadió:

—Y tenemos que describirlo sin convertir en certezas cosas que todavía seguimos estudiando.

Ahí estaba la dificultad.

No bastaba con reemplazar un nombre equivocado por otro verdadero.

La ficha debía distinguir entre lo ya demostrado y aquello cuya datación específica permanecía abierta.

Sebastián empezó por el encabezamiento:

Códice de San Millán

Mauro sonrió.

Era la primera vez que el nombre regresaba a una propuesta catalográfica después de décadas.

Sebastián continuó:

Volumen manuscrito de estructura compleja, predominantemente en pergamino, con añadidos posteriores en papel. Incompleto al comienzo.

Irene leyó despacio.

—Así sí. No presupone que toda la estructura actual estuviera concebida desde el origen.

La cronología exigía mayor cautela.

El análisis preliminar permitía afirmar que el núcleo era medieval, pero todavía no podían fechar con precisión cada unidad incorporada.

Sebastián escribió:

Núcleo medieval. Añadidos posteriores. Datación específica en estudio.

Mauro preguntó:

—¿No queda demasiado abierto?

—Después de lo que ocurrió con la datación moderna, prefiero que una duda siga figurando como duda.

La procedencia podía expresarse con mayor seguridad:

Procedencia emilianense documentada. Conservado actualmente en Yuso.

La identificación histórica necesitaba una nota propia.

Sebastián no quería que dentro de décadas alguien tuviera que reconstruir nuevamente el razonamiento a partir de series dispersas.

Redactó:

Identificación establecida mediante correspondencia entre la referencia histórica conservada en el volumen, la relación de Nájera, las descripciones materiales sucesivas y la continuidad documental hasta la catalogación moderna.

Era suficiente.

No necesitaba convertir la ficha en un resumen de toda la investigación.

Irene pidió añadir:

Descripción anterior conservada como antecedente catalográfico, no vigente.

Sebastián la incorporó.

Mauro miró la ficha vieja.

—¿Por qué conservar algo que sabemos que estaba mal?

Irene respondió:

—Porque explica cómo el volumen pudo permanecer dentro del archivo sin ser reconocido.

El error también formaba parte de la historia del objeto.

Borrarlo sería repetir otra forma de simplificación.

La nueva identidad no debía destruir las anteriores.

Debía explicar cómo se había llegado hasta ellas.