El Secreto de San Millán (El Secreto de San Millán: Tomo VII) BLOQUE 2
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Leandro regresó esa misma tarde.

No estaba previsto.

Quería revisar algunos documentos antes de entregar las copias que Sebastián incorporaría al estudio.

Al entrar vio la nota de Eduardo abierta sobre la mesa.

Su expresión dejó claro que la conocía.

Mauro habló primero.

—Esto no lo mostraste ayer.

Leandro dejó la carpeta que llevaba.

—Mostré lo que consideraba necesario para demostrar la continuidad de la responsabilidad familiar.

Sebastián intervino antes de que la discusión se desviara.

—Esta nota también forma parte de esa continuidad.

Leandro la miró.

—Sí.

—Eduardo distingue entre la obligación y el objeto.

—Lo sé.

Irene preguntó:

—Entonces, ¿por qué durante años defendiste un derecho sobre el Códice?

Leandro tardó en contestar.

—Porque interpreté que la obligación había quedado sin destinatario.

Sebastián comprendió el razonamiento.

Si nadie podía demostrar a quién debía restituirse el volumen, Leandro había entendido que la familia que mantuvo viva la responsabilidad seguía teniendo una legitimidad especial para decidir.

—Eso no equivale a propiedad —dijo Sebastián.

—No.

La respuesta sorprendió a Mauro.

Leandro continuó:

—Lo entiendo mejor ahora que hace algunos años.

—Pero querías incorporarlo a tu colección.

—Sí.

No intentó escapar de esa contradicción.

—Me convencí de que era la mejor forma de cumplir con lo que creía que mi familia había heredado.

Irene lo observó fijamente.

—Y en algún momento convertiste la obligación de cuidar en autoridad para decidir.

Leandro apretó los labios.

—Sí. Lo vi tarde.

Sebastián no necesitaba insistir.

La admisión era suficiente.

Lo importante era saber qué reclamaba ahora.

Leandro miró los documentos.

—Reconocimiento.

Mauro soltó aire.

—Eso ya lo tenés.

—Quiero que conste de manera completa que mi familia participó en la custodia y que no fue una interferencia privada dentro de una historia exclusivamente institucional.

Sebastián respondió con calma.

—No vamos a presentar la historia de esa manera.

Leandro siguió:

—También quiero que quede claro que algunos custodios privados actuaron correctamente y fueron necesarios para que determinados materiales sobrevivieran.

—Eso puede demostrarse.

No había razón para negarlo.

La historia del manuscrito no pertenecía únicamente a instituciones religiosas o archivos.

En distintos momentos había pasado por manos particulares que asumieron responsabilidades concretas.

Ocultar ese hecho sería tan incorrecto como convertir esas responsabilidades en propiedad privada.

Mauro preguntó:

—¿Y tu pretensión de participar en decisiones futuras?

Leandro endureció un poco la expresión.

—Quiero ser escuchado.

—Eso no te convierte en alguien con derecho automático a decidir.

—No estoy diciendo que lo haga.

Sebastián percibió una diferencia respecto del día anterior.

El hallazgo estaba obligando a Leandro a separar elementos que durante años había mantenido unidos.

Su familia formaba parte de la historia.

Eso no significaba que el Códice perteneciera a la colección Velasco.

Sebastián volvió a la nota de Eduardo.

—Hay una frase que resume bien el problema.

Leyó:

No conservar para nosotros aquello que recibimos para conservar.

Leandro cerró los ojos brevemente.

Irene preguntó:

—¿Cómo entendías vos esa frase?

Leandro miró hacia la pared, como si pudiera ver el Códice detrás de ella.

—Eduardo creía que una familia podía cometer un error muy serio si confundía haber salvado algo con haberlo adquirido.

Sebastián sintió que habían llegado al centro del conflicto.

Preguntó por el padre de Leandro.

La respuesta tardó más.

—Pensaba que, si una institución perdía durante generaciones la memoria documental de una pieza y una familia mantenía viva su existencia, esa familia adquiría una legitimidad especial.

—¿Propiedad?

—Nunca utilizó esa palabra.

—Pero vos sí llegaste a pensarlo.

Leandro asintió.

—Sí.

Ya no había mucho que discutir sobre ese punto.

Sebastián reunió los documentos.

—La historia de tu familia va a estar completa.

Leandro esperó.

—Incluida esta nota.

Leandro sonrió sin entusiasmo.

—Mi padre no habría estado de acuerdo.

—Eduardo probablemente sí.

Esa vez Leandro sonrió de verdad.

Irene preguntó:

—¿Y vos?

La sonrisa desapareció.

Leandro miró la letra de su abuelo.

—Todavía estoy entendiendo qué fue realmente lo que heredé.