El Secreto de San Millán (El Secreto de San Millán: Tomo VII) CAPÍTULO 9 El hombre que decidió protegerlo
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CAPÍTULO 9 El hombre que decidió protegerlo

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El expediente personal de Aurelio Montalvo Sanz resultaba sorprendentemente común.

Sebastián había esperado encontrar algo que explicara de inmediato por qué aquel hombre aparecía una y otra vez detrás de las decisiones que habían modificado la identidad documental del manuscrito.

Sin embargo, la carpeta contenía lo habitual en la vida administrativa de alguien que había trabajado durante años entre fondos antiguos: nombramientos, cambios de responsabilidad, solicitudes internas e informes de servicio.

Nada indicaba una posición excepcional ni una relación intelectual especialmente profunda con los códices emilianenses.

Fray Julián abrió la primera hoja y pronunció el nombre.

—Aurelio Montalvo Sanz.

Mauro miró las iniciales anotadas en sus copias.

—A. M.

Sebastián comprobó la coincidencia, aunque no quiso convertirla todavía en una identificación definitiva.

Las mismas letras podían pertenecer a otra persona.

Necesitaban demostrar que Montalvo no solo trabajaba allí, sino que había tenido la responsabilidad exacta sobre el proceso de revisión que estaban reconstruyendo.

El expediente fue resolviendo esa duda poco a poco.

Montalvo había comenzado realizando tareas auxiliares de clasificación. Con el tiempo pasó a ocuparse del control de fondos antiguos y terminó coordinando depósitos sometidos a reorganización.

No era conocido como especialista en paleografía ni había dejado publicaciones importantes.

Su trabajo era mucho más práctico.

Debía saber qué pieza había ingresado, qué referencia utilizaba y de qué forma podía recuperarse después de un movimiento interno.

Sebastián comprendió que justamente ese perfil podía explicar la intervención.

Montalvo no necesitaba conocer en profundidad el contenido de todos los manuscritos. Le bastaba entender cómo funcionaban las relaciones entre depósitos e inventarios.

Mauro volvió a insistir.

—Entonces fue él.

—Todavía sabemos que podía hacerlo.

—Tenemos las iniciales y la letra coincide bastante.

—Necesito algo firmado.

Irene sonrió.

—Eso era inevitable.

La confirmación apareció unas hojas más adelante.

Una comunicación interna llevaba la firma completa:

Aurelio Montalvo Sanz

Responsable de custodia y revisión de fondos

La fecha pertenecía exactamente al período que habían delimitado.

El texto tampoco dejaba dudas sobre su función. Establecía que las referencias capaces de facilitar la identificación externa de piezas consideradas sensibles podían ser sustituidas durante un tiempo, siempre que la equivalencia quedara conservada en un registro de acceso limitado.

Sebastián volvió a leer la firma.

Ahora sí.

La decisión general podía atribuirse a Montalvo.

Irene colocó junto al documento la ficha anulada del manuscrito.

Las instrucciones particulares llevaban las mismas iniciales.

La relación entre ambos documentos era suficientemente sólida.

Montalvo había conocido la descripción anterior del volumen y la referencia a su procedencia emilianense. También había tenido delante la documentación que lo relacionaba con San Millán.

Había sido él quien escribió:

Suprimir procedencia de encabezamiento. Conservar antecedente en expediente reservado.

Mauro apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Entonces sabía qué era?

Sebastián negó.

—Sabía lo suficiente para considerar sensible la pieza. Eso no significa que pudiera identificarla como el Códice de San Millán.

La diferencia seguía siendo necesaria.

Los documentos demostraban que Montalvo conocía la procedencia atribuida al volumen y que comprendía que existían antecedentes externos capaces de aumentar su interés. No demostraban que hubiera reconstruido la historia que ellos habían tardado meses en completar.

Fray Julián revisó las fechas de servicio.

Montalvo había trabajado más de una década con aquellos fondos.

Durante ese tiempo había visto reorganizaciones sucesivas y había acumulado un conocimiento práctico difícil de trasladar por completo al papel.

Sebastián pensó en la fragilidad de esa memoria administrativa.

Mientras Montalvo siguiera allí, una abreviatura podía bastarle para recordar un inventario anterior. Un expediente separado era recuperable porque él conocía su origen. Pero cuando el responsable desaparecía, el procedimiento podía continuar sin que nadie recordara ya la razón que lo había creado.

Fray Julián pareció llegar a la misma idea.

—Tal vez la referencia nunca volvió a restaurarse porque quien sabía por qué había cambiado dejó de estar.

Sebastián no descartó la posibilidad.

Todavía debían demostrarla.

Pero ya no estaban buscando a una figura abstracta.

Aurelio Montalvo Sanz había existido, había tenido la función adecuada y había intervenido directamente en la reorganización del volumen.