CAPÍTULO 6 LA HERENCIA DE LA CULPA #2
Acercó el objeto a sus ojos. La fotografía interior de Joan era ya poco más que un borrón sepia, el fantasma de un semblante que compartía el destino trágico de tantos hombres movilizados.
Leonor recordó las facciones de Joan tal como las había visto en vida: su sonrisa amplia, sus ojos color avellana, la manera en que movía las manos cuando hablaba.
Ahora solo quedaba aquella imagen desvaída, un recuerdo en peligro de desaparecer.
Pero, al mirarla, Leonor sintió que Joan la estaba mirando desde el más allá, pidiéndole que no se detuviera, que encontrara la verdad que él no había podido revelar en vida.
La foto era un testimonio mudo de una existencia que se había apagado demasiado pronto, y Leonor sintió que su deber era alzar la voz.
Lo giró entre los dedos, buscando una explicación a la resistencia sutil que sentía al tacto.
No era solo el peso de la plata ni del cristal de la miniatura.
Había algo más denso en su interior, una imperfección calculada.
Con el corazón golpeándole las costillas, descubrió una segunda bisagra microscópica, casi imperceptible, trazada en el reborde inferior del óvalo.
Contuvo la respiración. Aquello no era un simple recuerdo familiar. Era un escondite.
Tomó una aguja de coser de su costurero y, con precisión de cirujana, introdujo la punta en la ranura hasta que oyó un chasquido imperceptible.
La tapa secundaria cedió. La atmósfera de la habitación pareció contraerse.
Un pliego milimétricamente doblado en cuatro partes cayó sobre su palma.
Lo desplegó con una delicadeza extrema. El papel vegetal era tan fino que amenazaba con desintegrarse al tacto; la caligrafía, menuda y apretada, estaba escrita con una tinta parda que los años habían oxidado.
Leonor reconoció la letra de Joan, la misma que había visto en las cartas que Mercè le había mostrado.
Era la letra de un hombre que sabía que no tenía mucho tiempo.
El documento, al desplegarse, desprendió un leve olor a humedad y a papel viejo, guardado en un lugar sombrío durante años.
Leyó en susurros:
«Qui porta aquest resguard no serà vist pels que caminen sense ombra. La fosca no el tocarà. L'aigua no el reclamarà. Que la Mare de Déu de la Fosca el guardi fins que el túnel es tanqui.»
En el reverso, una nota añadida. La letra era más trémula, apresurada, manchada por la urgencia de una despedida inminente:
«Mercè, si estás leyendo esto, es que no he vuelto.
Un hombre vino a buscarme la noche antes de irme al frente.
Dijo que trabajaba para la compañía del metro.
Me pidió que guardara esto, que me protegería de lo que hay en los túneles viejos.
No sé qué es, pero me dijo que si algo te pasaba a ti o a Jordi, debieras buscar en los túneles de la calle Entença.
Allí hay respuestas. Perdóname por no habértelo contado.
No quería que te preocuparas. Siempre tuyo, Joan. »
Leonor apretó el escrito contra su pecho.
Las palabras de Joan no eran las de un desertor, sino las de un hombre acorralado por un secreto monstruoso que habitaba bajo el suelo de Barcelona.
Un estremecimiento le recorrió los dedos al doblar de nuevo la hoja, sintiendo que el testimonio de un muerto pesaba más que todas las crónicas de la contienda reunidas.
La caligrafía temblorosa de su vecino reflejaba la angustia de quien comprende que va a ser sacrificado en el tablero ciego de un poder inescrutable.
Joan había sabido que no volvería. Lo había escrito en aquella nota, con la calma de quien acepta su destino.
Y sin embargo, en lugar de huir, había dejado una pista.
Un mapa. Una promesa de que la verdad no moriría con él.
Un golpe metálico, seco, la arrancó de su estupor.
Provenía de la cocina. El roce inconfundible de la base de un vaso arrastrándose sobre la superficie de pino.
Leonor se guardó la nota en el bolsillo de la camisa y avanzó con cautela hacia el pasillo.
Se asomó al umbral de la cocina. Estaba completamente vacía.
Sin embargo, el vaso de vino de su padre ya no estaba en el rincón donde lo había visto antes; reposaba ahora, exacto y solitario, en el mismísimo centro de la mesa.
Alguien lo había movido hacia apenas unos segundos.
Nadie. No había una sola alma en la sala.
Pero la certeza la golpeó como un puñetazo: ya no estaban solos.
Regresó a su dormitorio con los sentidos alerta y encendió la lámpara de mesa.
La bombilla titubeó antes de estabilizarse.
Las preguntas se amontonaban: ¿Quién le había entregado aquel resguardo a Joan la noche antes de marchar al frente?
Boada había muerto en el derrumbe de 1901, y con él, el secreto de los primeros túneles.
Pero alguien había sobrevivido. Alguien que seguía cobrando peaje en el fondo del subsuelo.
Volvió a mirar los planos de su padre sobre la mesa del recibidor, atraída por una fuerza magnética.
Una línea roja. Un trazo carmesí que no estaba allí cuando los revisó la víspera.
Trazaba una ruta precisa desde el corazón del Eixample hasta las entrañas de los túneles del puerto, rematada con una cruz meticulosa y una anotación manuscrita con una pulcritud ajena al tembloroso pulso de su padre: «Accés principal al sector clausurat.
» Leonor rozó el trazo fresco. El pigmento brillaba bajo la luz de la lámpara con una vivacidad insultante.
Aquello no lo había dibujado Sebastià. Alguien había entrado en el piso durante su ausencia en el entierro, deslizándose a hurtadillas de la guerra, para dejarle un mapa.
La tinta aún no se había secado del todo; al rozarla, Leonor sintió una humedad pegajosa en la yema del dedo.
No era una amenaza. Era una invitación a descender al infierno.
Se incorporó con una frialdad repentina, un coraje de hielo que le recorría la espina dorsal.
Apagó la lámpara y regresó a su alcoba, cerrando la puerta con suavidad.
Al otro lado de la madera, en la quietud espesa de la madrugada barcelonesa, supo que ya no había vuelta atrás.
La ciudad de los vivos se desmoronaba bajo las bombas, pero la verdadera ciudad, la que guardaba a los niños sin sombra y los secretos del subsuelo, acababa de abrir sus compuertas.
No había duda ante aquella certeza. Solo una determinación fría, la misma que había visto en los ojos de Mercè cuando le entregó el colgante.
Había prometido encontrar la verdad. Y ahora, con el papel de Joan en el bolsillo y el mapa rojo en la memoria, sabía exactamente dónde empezar.