El secreto de mi chico Capítulo 33
76%

Capítulo 33

Valentina

Intenté seguir con mi vida como si nada hubiera pasado.

Como si una parte de mí no se hubiera quedado atrás aquella noche.

Como si no me hubiera quedado mirando a Nathan sin reconocer del todo al hombre que tenía delante.

Como si no me hubiera roto algo por dentro cuando entendí que había cosas de él que nunca me había contado.

Me obligué a funcionar. Levantarse. Trabajar.

Sonreír cuando tocaba. Respirar. Lo básico.

Lo necesario. Lo suficiente para no desplomarme.

El trabajo fue mi primera excusa. Llegaba temprano a la empresa, me encerraba en tareas que no requerían demasiada interacción y dejaba que las horas pasaran como si fueran una especie de anestesia.

Pero incluso allí estaba él. Nathan. O lo que ahora sabía que era Nathaniel Blackwood.

Era imposible escapar. Una pantalla en la sala de descanso mostraba noticias económicas.

Su empresa. Su apellido. Su cara. A veces aparecía en vídeos cortos de entrevistas, con esa seguridad tan suya que ahora me resultaba extraña, como si perteneciera a otra persona.

O peor. Como si yo hubiera conocido solo una versión editada.

Cada vez que lo veía, algo dentro de mí se tensaba. No era solo rabia. No era solo dolor. Era una mezcla incómoda de ambas cosas, con una tercera emoción que me negaba a nombrar. Porque aún estaba ahí. Aunque no quisiera admitirlo.

Intenté centrarme en Mateo. Él era mi ancla.

Mi rutina. Mi razón para seguir moviéndome cuando todo lo demás parecía tambalearse.

Pero incluso con él, notaba pequeñas cosas.

Preguntas que evitaba hacer. Momentos en los que se quedaba en silencio mirando la puerta como si esperara que Nathan entrara en cualquier segundo.

Y eso era lo que más me dolía. Porque yo también lo esperaba. Aunque no quisiera.

Pasaron los días. Y entonces apareció otro problema. Uno que no había desaparecido con la ruptura. Uno que, en realidad, nunca se había ido del todo. Ethan.

Al principio pensé que serían solo mensajes aislados. Una reacción emocional. Un intento torpe de volver a aparecer en mi vida ahora que todo estaba más fácil. Me equivoqué.

Las llamadas empezaron de nuevo. Primero discretas. Luego insistentes. Después constantes. Y finalmente desesperadas. No contesté a ninguna. Pero él no se detuvo.

Los mensajes eran peores. «Hablemos. Sé que lo estás pasando mal. He cambiado. Podemos arreglarlo. Valentina, por favor».

Borré muchos sin leerlos completos. Otros los leí demasiadas veces. Como si encontrar una lógica en ellos pudiera ayudarme a cerrar algo que ya estaba cerrado desde hacía tiempo.

La primera vez que lo vi en persona después de todo fue pura casualidad.

O eso me dije a mí misma. Salía del edificio donde vivía, ya de noche, cansada, con la cabeza llena de ruido.

Y entonces lo vi. Ethan estaba allí. Apoyado cerca de la entrada.

Esperando. Como si supiera exactamente a qué hora iba a salir.

Me quedé quieta. Solo un segundo. El suficiente para que me viera. Y cuando lo hizo, sonrió. Una sonrisa que antes habría interpretado como alivio. Ahora solo me pareció inquietante.

—Valentina —dijo, acercándose.

No respondí. Me moví hacia un lado, intentando pasar de largo. Pero él dio un paso para bloquearme el camino.

—Tenemos que hablar —insistió.

—No tenemos nada que hablar —respondí.

Mi voz salió más firme de lo que me sentía. Ethan soltó una pequeña risa. No agradable. No sincera.

—Eso no es cierto.

Le miré directamente.

—Sí lo es.

Durante unos segundos no dijo nada. Solo me observó. Como si estuviera evaluando algo que no entendía del todo.

—He estado pensando mucho —dijo al fin—. Sobre nosotros. Sobre lo que pasó.

No me moví.

—Y creo que todo fue un mal momento.

Esa frase me provocó algo parecido a la incredulidad.

—¿Un mal momento? —repetí.

Él asintió, como si de verdad lo creyera.

—Yo estaba mal. Perdido. Las apuestas… ya lo sabes.

Sí. Lo sabía demasiado bien.

—Pero eso no borra lo que sentíamos —añadió.

—Yo no siento lo mismo —respondí sin dudar.

Su expresión cambió. Solo un poco. Pero lo suficiente.

—Valentina… —su voz bajó—. Te echo de menos.

No respondí. Porque no había nada que responder a eso.

—Y Mateo… —añadió.

Ahí sí reaccioné. Mi cuerpo se tensó.

—No lo menciones —dije.

Ethan levantó las manos, como si intentara calmar algo.

—No estoy diciendo nada malo. Solo… lo extraño también. Todo lo que teníamos.

Aquella palabra me golpeó. Teníamos. Como si hubiera sido algo compartido. Como si no hubiera sido algo que él había destruido con cada decisión que tomó.

—No teníamos nada —dije más fría—. Lo perdiste tú solo.

Silencio. Su mirada cambió. Se volvió más dura. Más insistente.

—No tienes por qué ser así —dijo—. Sé que estás dolida. Pero yo he cambiado. De verdad.

Negué lentamente.

—No has cambiado. Solo estás solo.

Eso lo hizo reaccionar. Un paso hacia mí. Demasiado cerca. Di un paso atrás inmediatamente. Mi corazón se aceleró.

—No me hagas esto —dije.

—¿Hacer qué?

—No me acorrales.

Él se detuvo. Pero no se alejó.

—Solo quiero hablar contigo —repitió.

—No quiero.

Durante un segundo pensé que lo entendería. Que por fin aceptaría la realidad. No lo hizo.

—Ese hombre con el que estabas… —empezó.

Mi estómago se tensó.

—Nathan —dije automáticamente.

Ethan soltó una risa breve.

—Nathan, sí. El rico.

No me gustó el tono.

—¿Ya te ha dejado? —preguntó.

Aquello me heló. No respondí. Pero mi silencio fue suficiente. Su sonrisa cambió. Se volvió más segura. Más peligrosa.

—Sabía que pasaría —dijo—. Ese tipo de gente no se queda. Solo juegan un rato.

Algo dentro de mí se rompió un poco más.

—No hables de él —dije.

Ethan inclinó la cabeza.

—Te lo dije desde el principio. No eres su tipo de vida. Tú tienes responsabilidades. Tienes un niño. Eso no encaja con…

—Basta —corté.

Mi voz salió más fuerte de lo que pretendía.

—No sabes nada de él —añadí.

Ethan me miró como si eso le molestara.

—Lo suficiente —dijo—. Ya te ha hecho daño.

Aquello fue la gota que colmaba el vaso.

—Tú me hiciste más daño en dos años que él en todo este tiempo —le dije.

Silencio. Ethan se quedó quieto. Por primera vez sin respuesta inmediata. Aproveché. Di un paso atrás. Luego otro.

—No me sigas —dije.

Me giré. Y me fui. No corrí. No grité. No hice nada dramático. Solo me alejé. Pero sentí su mirada clavada en mí todo el camino.

Cuando llegué a casa, cerré la puerta con llave dos veces. Después otra vez. Como si eso sirviera para algo. Mateo ya dormía. El silencio del apartamento era distinto al de otros días. Más pesado. Más consciente. Me apoyé en la puerta un segundo. Y respiré. Solo respiré.

Pero entonces apareció la idea. Pequeña.

Molesta. Persistente. Nathan. Mi móvil estaba en la mesa.

Lo miré. Sin tocarlo. No debía. No podía.

No quería. Pero lo deseaba. Y eso era lo peor.

Porque por primera vez desde que todo había cambiado, me di cuenta de algo que no quería admitir: No me sentía segura. Ni siquiera en mi propia vida.

Y en ese pensamiento, por primera vez en mucho tiempo, supe exactamente a quién habría llamado si pudiera. Nathan. Aunque ya no supiera si tenía derecho a hacerlo.