Capítulo 15. La descendiente
Habían pasado muchos años desde aquella noche en Kent en la que Margaret Vale había cerrado por última vez el arcón y había guardado la llave lejos de él, convencida de que algunas cosas podían conservarse únicamente si permanecían fuera del alcance de quienes tenían poder suficiente para utilizarlas.
El tiempo había hecho lo que siempre hacía con las personas y con los reinos: había borrado rostros, cambiado nombres, derribado casas y convertido acontecimientos que alguna vez habían parecido decisivos en recuerdos que solo unos pocos eran capaces de reconocer.
Enrique VIII pertenecía ya a la historia, al igual que Eduardo VI; María había ocupado el trono y, después de su muerte, Isabel había iniciado un reinado que transformaría profundamente Inglaterra.
Las generaciones se habían sucedido mientras Margaret envejecía lejos de la corte, cada vez más convencida de que su silencio había sido la única forma de conservar aquello que Ana le había confiado.
Nunca había pretendido que el secreto permaneciera intacto para siempre, pero tampoco había querido entregarlo a una época que pudiera interpretarlo como una justificación para nuevas luchas de poder.
Había aprendido que una verdad, cuando aparecía en el momento equivocado, podía convertirse en algo muy distinto de aquello que había sido al ser pronunciada.
Margaret murió muchos años después de abandonar Westminster.
No dejó una confesión pública ni escribió una historia destinada a circular entre los hombres de poder, porque había aprendido demasiado bien que los documentos podían convertirse en armas cuando caían en manos de quienes tenían algo que ganar con ellos.
Sin embargo, antes de morir dejó instrucciones precisas para que aquello que había recibido no desapareciera con ella.
Una llave debía pasar de generación en generación; el lugar donde se encontraba el arcón no debía ser mencionado en voz alta y, sobre todo, quien recibiera aquella responsabilidad debía conservar la libertad de decidir qué hacer con ella.
Margaret no quería imponer una decisión a quienes todavía no habían nacido.
Había pasado demasiados años observando cómo los hombres justificaban sus actos en nombre de la corona, de la religión, de la sucesión o del bien del reino como para creer que una generación tenía derecho a decidir por todas las siguientes.
Por eso no dejó una orden, sino una posibilidad.
Durante décadas, aquellas instrucciones permanecieron olvidadas entre los objetos de una familia que había aprendido a vivir con silencios cuyo origen nadie recordaba ya con exactitud.
Hasta que una joven llamada Anne Vale las encontró.
«Para quien lleve nuestra sangre y tenga la paciencia de leer hasta el final.»
Anne frunció el ceño y continuó examinando la página.
Debajo de aquella frase aparecía una fecha, 1547, y un nombre que conocía desde niña: Margaret Vale.
Su abuela había mencionado alguna vez a una antepasada llamada Margaret, una mujer que había servido en la corte durante los últimos años de Enrique VIII y que había abandonado Westminster poco antes de la muerte del rey.
Nunca había hablado demasiado de ella y, cuando Anne era pequeña y preguntaba por qué aquella mujer parecía ocupar un lugar tan extraño dentro de la historia familiar, la respuesta había sido siempre la misma: «Porque algunas historias no pertenecen a los niños».
Anne había dejado de ser una niña hacía mucho tiempo, y quizá por primera vez comprendió que aquella frase no había sido una evasiva, sino una advertencia cuidadosamente transmitida de una generación a otra.
Continuó leyendo. La nota era breve, pero estaba escrita con una claridad que no dejaba lugar a dudas: «Si has encontrado este libro, significa que la memoria ha sobrevivido.
Busca la llave donde nadie buscaría una llave.
No abras la caja hasta haber leído todo lo que encontrarás después».
Anne cerró el libro y permaneció durante varios minutos sentada frente a la mesa, mirando la cubierta como si esperara que de ella pudiera surgir alguna explicación.
Después empezó a buscar. Revisó cajones, cofres, escritorios y viejos armarios hasta que recordó un pequeño retrato familiar que siempre le había llamado la atención porque nadie parecía saber con exactitud quién era la mujer representada en él.
Lo retiró de la pared y examinó el marco.
La llave estaba allí, escondida no detrás del cuadro, como habría esperado, sino dentro de la propia estructura de madera, bajo una pequeña placa que solo podía levantarse con cuidado.
Anne la sostuvo entre los dedos y sintió de inmediato que no se trataba de una llave perteneciente a una cerradura reciente.
Era antigua, pesada y oscura, y en uno de sus extremos tenía grabada una pequeña estrella de ocho puntas, exactamente igual a la que había visto dibujada en algunos papeles familiares sin comprender jamás qué significaba.
Aquella noche esperó hasta que su madre y sus hermanos se acostaron.
Encendió dos velas y llevó consigo la llave, consciente de que estaba a punto de entrar en una parte de la historia familiar que durante décadas había permanecido deliberadamente apartada de todos.
Después de buscar durante algún tiempo encontró el arcón en una habitación que llevaba años cerrada.
No era grande ni especialmente hermoso; carecía de adornos y parecía un simple arcón de madera oscura reforzado con piezas de hierro, pero había en él una gravedad difícil de explicar, como si los objetos que guardaba hubieran dejado una huella invisible sobre la madera.
La cerradura estaba cubierta de polvo. Anne introdujo la llave y tuvo que hacer un esfuerzo para girarla.
Durante unos segundos no ocurrió nada. Después escuchó un pequeño chasquido y el mecanismo cedió.
Dentro encontró tres paquetes cuidadosamente envueltos.
El primero estaba marcado con una sola palabra: Ana.
El segundo llevaba escrito Edward Vale. El tercero decía simplemente Margaret.
Anne comenzó por este último. La letra era firme, aunque irregular en algunos pasajes; era la letra de una mujer que había envejecido y que, al escribir aquellas páginas, parecía haber sabido que quizá serían las únicas palabras capaces de explicar por qué había permanecido en silencio durante tanto tiempo.
Margaret contaba lo sucedido desde 1536.
No intentaba presentarse como una heroína ni acusaba directamente a nadie.
Contaba lo que había visto y lo que había escuchado, reconocía sus propias dudas y admitía que muchas veces había tenido que interpretar acontecimientos sin disponer de toda la información necesaria.
Una frase aparecía repetida varias veces a lo largo de sus notas y fue precisamente aquella frase la que más inquietó a Anne: «La verdad y la memoria no son exactamente la misma cosa. »
Anne siguió leyendo hasta encontrar referencias a Ana Bolena, Enrique VIII, Thomas Cromwell y Edward Vale, además de menciones a una genealogía que Margaret había denominado la rama occidental.
También encontró referencias a un documento desaparecido y a determinados registros que habían sido modificados o no completados con el paso de los años.
Entonces abrió el segundo paquete. Allí estaban las notas relacionadas con Edward.
Descubrió que había trabajado con genealogías y documentos sucesorios y que había tenido acceso a papeles que después desaparecieron de los registros.
Encontró copias incompletas, referencias cruzadas y anotaciones que señalaban una línea familiar excluida de determinadas versiones oficiales de la genealogía.
Sin embargo, cuanto más leía, más comprendía que no iba a encontrar una respuesta sencilla.
No existía una única página capaz de resolverlo todo, ni una declaración que permitiera separar con absoluta claridad la verdad de la mentira.
Había documentos, testimonios, silencios y nombres, pero también contradicciones.
Durante años Anne había imaginado que los secretos familiares tenían una estructura sencilla: alguien sabía algo, alguien lo había ocultado y finalmente aparecía un documento capaz de demostrarlo.
Aquello era distinto. Lo que había encontrado era una historia construida sobre fragmentos, y precisamente por eso resultaba mucho más inquietante.
Entonces abrió el primer paquete. Dentro estaba la carta.
Anne la reconoció antes incluso de leerla.
La tinta había perdido intensidad con el paso de las décadas, pero la escritura seguía siendo perfectamente visible.
Ana Bolena. El nombre bastó para que sintiera un temblor en las manos.
Desplegó cuidadosamente la hoja y comenzó a leer.
La carta hablaba de miedo, de sucesión, de personas en las que no se podía confiar y de una línea familiar que había sido excluida de determinados registros.
Sin embargo, no decía aquello que Anne había esperado encontrar.
No afirmaba que una persona concreta tuviera derecho al trono, no presentaba una prueba definitiva capaz de cambiar la historia de Inglaterra y tampoco contenía una revelación espectacular que pudiera convertir de repente todos los acontecimientos anteriores en una explicación sencilla.
Contenía algo más inquietante: una advertencia.
Ana había comprendido que los documentos podían ser utilizados para justificar casi cualquier decisión política si caían en las manos adecuadas y, por esa razón, había querido preservar la información sin convertirla en una herramienta destinada a sustituir un poder por otro.
En uno de los últimos fragmentos podía leerse: «No permitáis que la verdad sea utilizada por quienes solo desean cambiar un poder por otro. »