El secreto de la madrina: Madrid, siglo XIX Capítulo 22 Confesiones de un santo profano
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Capítulo 22 Confesiones de un santo profano

El disparo no fue el estallido seco y metálico de un arma reglamentaria.

Fue un trueno contenido, un gemido de pólvora que resonó en el pecho antes que en los oídos.

La bala, perdida en la penumbra del Retiro, impactó contra el tronco de un castaño de indias, arrancando una astilla de corteza que cayó lentamente, como una lágrima de madera, sobre la grava blanca.

Los nomos se detuvieron en seco. No por miedo, sino por confusión. Sus cerebros primitivos, domesticados a fuerza de rituales y dolor, no comprendían la interrupción. Giraron sus cabezas lechosas hacia la espesura, olfateando el aire cargado de ozono y muerte inminente.

El asesino no se inmutó. Ni siquiera parpadeó.

Continuó su círculo alrededor del heptagrama trazado con sangre, vertiendo las últimas gotas del cáliz con una precisión quirúrgica.

Era como si el mundo exterior hubiera dejado de existir para él, reducido a una variable irrelevante en su ecuación sagrada.

—Álvaro, no —susurré, aunque sabía que era inútil. El inspector no actuaba por lógica; actuaba por amor desesperado. Y el amor, cuando se mezcla con la culpa, es el combustible más volátil que existe.

Otro disparo. Esta vez, la bala silbó peligrosamente cerca de la oreja de uno de los nomos. La criatura emitió un chillido agudo, una nota disonante que hizo vibrar mis dientes, y se lanzó hacia la fuente del sonido, desapareciendo entre los arbustos con una velocidad antinatural.

—¡Detente! —grité, poniéndome de pie. Mi vestido blanco, ahora manchado de polvo y sombras, ondeó con el viento repentino que se había levantado.

El asesino terminó su dibujo. Se enderezó, limpiándose las manos con un pañuelo de seda impecable. Me miró con una expresión de profunda decepción, como un profesor ante un alumno brillante que ha elegido suspender el examen por capricho.

—La violencia es el lenguaje de los que no tienen argumentos —dijo, con calma exasperante—. Y tú, Evelyn, siempre tuviste los mejores argumentos. Hasta ahora.

—No soy yo quien dispara —repliqué, manteniendo la distancia, consciente de que los otros cinco nomos me observaban con hambre contenida—. Es la realidad reclamando su espacio. Tu ritual es una invasión. Una violación del orden natural.

El hombre rio suavemente. Una risa triste, melancólica.

—¿Orden natural? —preguntó, dando un paso hacia mí, ignorando la amenaza de los arbustos donde Álvaro se ocultaba—.

¿Crees que la naturaleza es benevolente?

Mira a tu alrededor. La hiedra estrangula al roble.

El lobo devora al cordero. El virus consume al huésped.

La naturaleza no tiene moral, Evelyn. Tiene hambre.

Y yo solo estoy alimentando a la madre de todas las hambres.

Señaló el suelo, donde el heptagrama comenzaba a brillar con una luz roja tenue, pulsátil. La sangre no se secaba; se absorbía en la tierra, alimentando raíces invisibles.

—No lo hago por maldad —continuó, y su voz adquirió un tono confesional, íntimo, como si estuviéramos solos en una catedral vacía—.

Lo hago por amor. Un amor tan vasto, tan antiguo, que los humanos hemos olvidado cómo nombrarlo.

Ella fue silenciada hace milenios. Enterrada bajo capas de dogma, de razón, de miedo.

Pero sigue aquí. Debajo de tus pies. Debajo de Madrid. Esperando ser recordada.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.

No era frío. Era reconocimiento. Sus palabras resonaban con la verdad distorsionada que había sentido en el espejo del Palacio Real.

Él no era un monstruo sádico. Era un fanático.

Un creyente. Y eso era infinitamente más peligroso.

Un sádico puede ser detenido por la ley o por la fuerza.

Un mártir solo puede ser detenido por la muerte. Y él ya estaba muerto por dentro.

—¿Quién es ella? —pregunté, aunque temía la respuesta.

—La Diosa de la Raíz Podrida —respondió él, con una reverencia genuina—. La que fertiliza con la muerte. La que entiende que para que algo nuevo nazca, algo viejo debe morir completamente. Sin residuos. Sin nostalgia.

Miró hacia los arbustos, donde se escuchaban ramas rompiéndose. Álvaro estaba siendo acorralado. Los nomos no eran rápidos solo para atacar; eran rápidos para cazar.

—Tu amigo está a punto de convertirse en abono —dijo el asesino, sin malicia, solo constatando un hecho biológico—. Únete a mí. Detén su estupidez. Salva su vida. Y salva la tuya.

La elección se presentó ante mí, clara y cruel. Si intervenía para salvar a Álvaro, rompería el círculo de concentración necesario para mantenerme firme frente al asesino. Si me mantenía firme, Álvaro moriría.

Pero entonces, recordé las palabras de la Madrina antes de fusionarse conmigo: «El sacrificio no es perder lo que amas. Es amar lo que debes proteger más que a ti misma.»

Y supe qué tenía que hacer.

—No —dije, con voz firme—. Deja que venga. Deja que luche. Porque si muere, será por defender la verdad. Y si vive, será porque la verdad es más fuerte que tu diosa podrida.

El asesino suspiró, cerrando los ojos por un segundo.

—Qué desperdicio de belleza —murmuró.

Pero entonces, el infierno se desató.

Álvaro emergió de los arbustos, no con la elegancia de un héroe, sino con la torpeza desesperada de un hombre herido.

Tenía un corte en la frente, la sangre goteando sobre su ojo izquierdo, tiñendo su visión de rojo.

En la mano derecha, sostenía su revólver; en la izquierda, una pistola de repuesto que había robado del armero de la brigada.

Disparó a ciegas, vaciando el cargador contra los nomos restantes. Las balas impactaron en carne grisácea, arrancando trozos de materia viscosa, pero las criaturas no caían. Se regeneraban, la carne volviendo a unirse con un chasquido húmedo y repugnante.

Uno de ellos saltó sobre Álvaro, derribándolo al suelo. El inspector gritó, un sonido primal de dolor y furia, mientras las garras del nomo rasgaban su chaqueta y la piel debajo.

—¡Álvaro! —grité, corriendo hacia ellos.

El asesino no me detuvo. Me observaba con curiosidad científica, como si quisiera ver hasta dónde llegaría mi humanidad antes de quebrarse.

Llegué junto a Álvaro justo cuando el nomo alzaba las garras para el golpe final.

No usé magia. Usé fuerza bruta, impulsada por la adrenalina y el terror puro.

Golpeé a la criatura en la cabeza con una piedra pesada que encontré en el suelo.

El cráneo del nomo se agrietó, emitiendo un vapor negro.

La criatura chilló y retrocedió, confundida por la violencia física directa, algo que no esperaba de una "sacerdotisa".

Ayudé a Álvaro a levantarse. Estaba pálido, jadeando, la respiración entrecortada por el dolor.

—Vete —le dije, sacudiéndolo—. Vete ahora. Llama a refuerzos. Haz ruido. Atrae a la policía normal. Rompe el silencio del ritual.

—No te dejaré sola —jadeó él, intentando levantar el arma nuevamente, pero su mano temblaba demasiado.

—¡Hazlo! —grité, con una autoridad que no sabía que poseía—. ¡Si te quedas, morimos los dos! ¡Si te vas, tengo una oportunidad!

Me miró a los ojos. Vio la determinación fría, la ausencia de duda. Y entendió. Con un último gesto de despedida, un apretón breve y doloroso de mi mano, se dio la vuelta y corrió hacia la salida del parque, cojeando, dejando un rastro de sangre que brillaba bajo la luna.

Los nomos querían perseguirlo, pero el asesino levantó una mano.

—Dejadlo —ordenó—. Su huida es parte del ritual. El miedo que lleva consigo alimentará a la Diosa tanto como su sangre.

Se volvió hacia mí. Ahora estábamos solos. Él, yo, y los cinco nomos que formaban un círculo impenetrable alrededor del heptagrama.

—Has elegido mal, Evelyn —dijo, con una tristeza genuina—. Has elegido la soledad.

—He elegido la libertad —corregí, aunque por dentro me sentía vacía, hueca. Había enviado al único hombre que amaba a la muerte potencial para cumplir mi deber. La culpa me mordía las entrañas como un ácido.

El asesino comenzó a cantar. No era una canción con letra, sino una melodía gutural, baja, que parecía emanar de la tierra misma.

Los nomos comenzaron a balancearse al ritmo, sus cuerpos grises vibrando.

El heptagrama en el suelo brilló con intensidad cegadora.

La luz roja se elevó, formando columnas de fuego frío que rodearon el espacio.

Sentí cómo la gravedad cambiaba. Mis pies perdían contacto con el suelo. Flotaba, suspendida en una burbuja de energía densa.

—Bienvenida al vientre de la bestia —susurró el asesino, sus ojos brillando con éxtasis religioso.

El suelo bajo el heptagrama comenzó a abrirse. No era tierra lo que había debajo. Era oscuridad pura. Una boca negra, infinita, que inhalaba el aire, la luz, la esperanza.

Y de esa oscuridad, algo comenzó a ascender.

No era un monstruo. Era una presencia. Tan vasta que mi mente apenas podía contenerla. Sentí su atención clavarse en mí. Era antigua, hambrienta, y terriblemente hermosa.

La Diosa había despertado. Y yo era su invitada de honor.

Cerré los ojos, aceptando mi destino. No había vuelta atrás.

Solo había adelante, hacia la boca de la verdad.

Y mientras descendía mentalmente hacia esa oscuridad, sentí una lágrima caliente correr por mi mejilla.

No era por mí. Era por Álvaro. Por la vida normal que nunca tendríamos.

Por el amor que había sacrificado en el altar de lo inevitable.

La oscuridad me tragó. Y en ese instante, dejé de ser Evelyn. Me convertí en el umbral.