Capítulo 19 La carne como pergamino
El Palacio Real se alzaba contra el cielo nocturno como un monstruo de piedra blanca, iluminado por una luna que parecía haber sido pulida con esmero para reflejar la frialdad de sus muros.
No era solo una residencia; era una fortaleza de la memoria oficial, un lugar donde la historia se escribía con tinta dorada y sangre silenciada.
Mientras nos acercábamos a la verja de hierro forjado, sentí cómo la presión atmosférica cambiaba.
El aire se volvió denso, cargado de estática, como antes de una tormenta eléctrica que nunca llega a estallar.
Álvaro caminaba a mi lado, en silencio. Desde nuestra salida del sótano de la Plaza Mayor, no había pronunciado palabra.
Llevaba la carga de la visión en el espejo, esa mentira cruel que le había mostrado una versión distorsionada de sí mismo.
Sabía que era falsa, pero la semilla de la duda había sido plantada.
Y las dudas, en hombres como él, crecen raíces profundas y tóxicas.
—¿Estás bien? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio opresivo.
Él me miró de reojo. Sus ojos grises estaban oscurecidos por la fatiga y algo más profundo: una vergüenza antigua.
—Esa niña... —comenzó, con la voz ronca—. No era Clara. Lo sé. Pero sonaba como ella. Decía las cosas que ella diría. Las cosas que yo temía haber hecho.
—Los Vigilantes usan nuestras culpas como palancas —expliqué, manteniendo la mirada al frente—. Quieren quebrarnos desde dentro porque saben que no pueden vencernos desde fuera. No eres tú, Álvaro. Es el eco de tu dolor manipulando tu percepción.
Asintió lentamente, aunque no pareció convencido del todo. Sacó la llave de hierro oxidado que habíamos obtenido del espejo roto. Brillaba tenuemente bajo la luz de la luna, pulsando con un ritmo lento y pesado.
—Esta llave abre el Salón de los Espejos —dijo—. Pero no la puerta principal. Hay una entrada de servicio, cerca de los jardines de Sabatini. Una puerta que los reyes usaban para escapar discretamente. O para entrar secretos.
Caminamos alrededor del perímetro del palacio, evitando las patrullas de guardias reales que marchaban con precisión mecánica.
Mis sentidos ampliados captaban sus pensamientos superficiales: aburrimiento, frío, hambre.
Eran humanos, ignorantes de la guerra sobrenatural que se libraba bajo sus botas.
Eso era una bendición. La ignorancia es un escudo eficaz.
Llegamos a la zona de los jardines. Los árboles estaban podados con geometría estricta, formando laberintos de sombras.
En un rincón apartado, oculta por una estatua de mármol de un fauno sonriente, había una pequeña puerta de madera oscura.
No tenía cerradura visible, solo un agujero clave antiguo, desgastado por siglos de uso.
Introduje la llave. Giró con facilidad, como si estuviera engrasada con aceite de hueso. La puerta se abrió hacia adentro, revelando una escalera de caracol que descendía hacia la oscuridad.
—Después de ti —apuntó Álvaro, con una cortesía irónica.
Bajamos. El aire aquí abajo olía a cera derretida, a polvo de terciopelo y a algo metálico, como monedas viejas.
Las paredes estaban revestidas de paneles de madera tallada, representando escenas de caza mitológica.
Ciervos siendo destripados por perros, jabalís clavados por lanzas.
Violencia estilizada, belleza sangrienta.
Al final de la escalera, llegamos a un pasillo largo y estrecho. Al fondo, unas puertas dobles de caoba maciza. El Salón de los Espejos.
Me detuve antes de tocarlas. Puck estaba inquieto, erizando su pelaje invisible.
—Hay muchos ojos ahí dentro —susurró en mi mente—. No son espejos normales. Son ventanas. Y alguien está mirando desde el otro lado.
—Prepárate —dije a Álvaro—. Lo que veamos allí no será real. Pero nos afectará como si lo fuera.
Empujé las puertas. Se abrieron sin sonido, deslizándose sobre bisagras perfectamente aceitados.
El salón era inmenso. Las paredes, el techo, incluso partes del suelo, estaban cubiertos de espejos.
Cientos de ellos. De diferentes tamaños, formas y épocas.
Algunos eran venecianos, con marcos dorados retorcidos; otros eran simples placas de vidrio pulido.
La luz de nuestras linternas se multiplicaba infinitamente, creando un universo fragmentado de reflejos distorsionados.
Pero no nos reflejábamos a nosotros mismos.
En cada espejo, había una escena diferente.
Escenas de la historia de España. Batallas, coronaciones, asesinatos, bodas.
Pero todas tenían un elemento común: en cada escena, había una figura femenina, vestida de negro, observando desde las sombras.
Una Guardiana. Diferente en cada época, pero siempre presente. Siempre vigilando. Siempre sufriendo.
Pero en el centro del salón, frente al espejo más grande, había una silla. Vacía. Sobre la silla, había un libro. Abierto.
Me acerqué lentamente, sintiendo cómo la gravedad parecía aumentar con cada paso. Era como caminar bajo el agua. El aire era espeso, resistente.
Llegué a la silla. Miré el libro. No era el Codex Doloris. Era algo más antiguo. Más primitivo. Encuadernado en piel humana, sí, pero esta piel tenía tatuajes. Runas antiguas, cicatrices, marcas de nacimiento. Era un mapa vivo.
Leí el título grabado en la cubierta, en letras de oro desvaído: «La Genealogía de la Sangre».
Lo abrí. Las páginas no eran de papel. Eran finas láminas de tejido orgánico, translúcidas, que mostraban venas y nervios. Y en ellas, escritos con tinta que parecía sangre fresca, estaban los nombres de mi linaje. Desde Sor Isabel hasta mí.
Pero había algo más. Al lado de cada nombre, había una fecha. Y al lado de la mía, no había una fecha de muerte. Había una fecha de nacimiento.
15 de septiembre de 1890. Hoy.
Levanté la vista, confundida. ¿Qué significaba eso? ¿Que hoy nacía realmente? ¿Que la niña de Escocia había muerto y yo era algo nuevo?
Entonces, escuché una risa. Suave, familiar, aterradora.
Detrás de mí, en el reflejo del espejo gigante, apareció una figura. No era yo. Era Julián. Pero no el Julián consumido por la Devoradora. Era el Julián humano, el coleccionista, el hombre que había sido antes de perderse en la locura.
Sonreía, sosteniendo una pluma de ave negra.
—Bienvenida a tu bautismo, Evelyn —dijo, su voz resonando en todo el salón, amplificándose por los mil espejos—. Hoy naces de verdad. Hoy dejas de ser una copia. Hoy te conviertes en el original.
—¿Qué has hecho? —grité, girándome hacia el espejo. Pero Julián no estaba en la habitación física. Solo en el reflejo. Era una proyección, un eco grabado en la magia del lugar.
—He preparado el escenario —confesó el reflejo, señalando el libro de piel—. Ese no es un registro histórico. Es un contrato. Y tú acabas de firmarlo al leer tu nombre.
Miré el libro. La tinta roja en mi nombre comenzaba a brillar, extendiéndose como una infección por las venas del tejido-página. Sentí un dolor agudo en el pecho, como si un gancho de carne me estuviera tirando desde dentro.
—¡Álvaro! —grité, cayendo de rodillas—. ¡Ayúdame!
Álvaro corrió hacia mí, intentando cerrar el libro. Pero cuando tocó las páginas, gritó de dolor. Sus manos comenzaron a humear, como si el libro estuviera hecho de ácido.
—¡No lo toques! —advertí, apartándolo—. Está vivo. Se alimenta de contacto.
Julián rio en el espejo.
—El Sexto Sello requiere sacrificio de la identidad —explicó, con deleite sádico—. Para convertirse en la Guardiana definitiva, debes dejar de ser Evelyn. Debes aceptar que eres solo un vehículo. Un recipiente. Y el recipiente debe estar vacío.
Sentí cómo mis recuerdos comenzaban a desvanecerse. El rostro de mi madre se volvía borroso. El olor a pan de mi infancia desaparecía. Incluso el amor por Álvaro comenzaba a sentirse distante, abstracto, como la trama de una novela que hubiera leído hace mucho tiempo.
—¡No! —grité, luchando contra la erosión mental—. ¡Soy Evelyn! ¡Soy real!
—Eres lo que ellos quieren que seas —corrigió Julián—. Y ellos quieren una diosa. Las diosas no tienen pasado. No tienen amor. Solo tienen poder.
Puck intentó atacar el espejo, lanzándose contra el cristal. Pero rebotó, chillando de dolor. El espejo era indestructible en este plano.
Álvaro me sujetaba por los hombros, sacudiéndome.
—¡Evelyn! ¡Mírame! ¡Soy yo! ¡Álvaro! ¡Recuérdame!
Sus ojos llenos de lágrimas, su desesperación, su amor terrenal y sucio... fueron el ancla. Me concentré en ese dolor. En la realidad de su tacto. En la verdad de su presencia.
Usé la cicatriz en mi palma. La apreté con fuerza, hasta que la sangre brotó de nuevo. El dolor físico fue un faro en la niebla mental.
—Te recuerdo —suspiré, con dificultad—. Te amo. Y eso me hace humana. No una diosa.
Con un esfuerzo supremo, arranqué mi mano del libro. La sangre goteó sobre las páginas de tejido.
La reacción fue inmediata. La sangre humana, viva, dolorosa, actuó como un ácido para el contrato sobrenatural. Las páginas comenzaron a quemarse, enrollándose sobre sí mismas, emitiendo un humo negro y fétido.
Julián gritó en el espejo, su imagen distorsionándose, agitándose.
—¡No! ¡Estás arruinando la obra maestra!
—Es mi vida —respondí, poniéndome de pie, tambaleante pero firme—. Y no es tuya para escribirla.
El espejo gigante comenzó a agrietarse. Las grietas se extendieron rápidamente, ramificándose como telarañas rotas. Con un estruendo ensordecedor, el espejo explotó. Miles de fragmentos de vidrio volaron por el salón, cortando el aire, reflejando mil versiones de nuestra victoria fugaz.
Cuando el polvo se asentó, el libro había desaparecido. Quemado por mi sangre.
Julián ya no estaba en los reflejos. Solo quedaban nuestros propios rostros, pálidos, cansados, pero enteros.
Respiré hondo, sintiendo cómo mis recuerdos volvían a su lugar, aunque debilitados, como músculos después de una larga enfermedad.
Álvaro me abrazó, enterrando su rostro en mi cuello.
—Pensé que te perdía —murmuró.
—Casi me pierdo —admití, abrazándolo con fuerza—. Pero la sangre duele. Y el dolor me mantiene aquí.
Nos separamos lentamente. El salón de los espejos estaba destrozado. Pero en el centro, donde antes estaba la silla, ahora había algo nuevo.
Una puerta. Pequeña, de madera negra, incrustada en el suelo. Y de ella, emanaba un frío tan intenso que nos heló los huesos.
—El Séptimo Sello —dije, mirando la puerta—. El final.
—¿Dónde lleva? —preguntó Álvaro, con temor.
—Al origen —respondí—. A Escocia. Al armario.
Puck se escondió detrás de mi oreja, temblando.
—No vayas, hermana —susurró—. Ahí es donde todo comenzó. Y donde todo puede terminar.
—Tengo que ir —dije, tomando la mano de Álvaro—. Tengo que cerrar el círculo.
Bajamos hacia la puerta negra. No tenía manija. Solo un hueco para la mano. Puse mi mano ensangrentada en el hueco. La puerta se abrió. Y caímos hacia el pasado.