Capítulo 8 Bestiario de la culpa
El amanecer en Madrid no trajo la claridad esperada, sino una luz grisácea y enfermiza que se filtraba a través de las grietas del techo de los baños árabes.
La ciudad despertaba con un zumbido sordo, una vibración subterránea que solo yo podía sentir plenamente.
Era el latido de la Devoradora, expandiéndose bajo el asfalto, alimentándose de la ansiedad inconsciente de millones de almas.
Clara dormía nuevamente, envuelta en la capa de Álvaro. Su respiración era superficial, pero humana. Por ahora. Don Fermín había preparado una infusión de hierbas para calmarla, aunque dudaba que ninguna planta terrestre pudiera afectar a lo que habitaba dentro de ella.
Álvaro estaba en un rincón, escribiendo frenéticamente en su cuaderno de notas.
No estaba redactando un informe policial estándar; estaba construyendo la mentira.
Una narrativa limpia, racional, vacía de monstruos.
Secta criminal descubierta. Líder detenido.
Víctima rescatada. Palabras seguras. Palabras que no invocaban sombras.
—¿Crees que funcionará? —pregunté, acercándome a él. Mi voz sonaba rasposa. La fusión con la Madrina me dejaba una sed constante, como si mi cuerpo estuviera hecho de arena seca.
Álvaro levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero había una determinación nueva en ellos.
—La gente quiere creer en la razón, Evelyn. Quieren creer que el mal tiene una cara humana, que puede ser arrestado, juzgado y encerrado. Si les damos esa ilusión, dormirán mejor. Y si duermen sin miedo... la bestia pasará hambre.
—Es una apuesta alta —murmuré.
—Es la única carta que nos queda —respondió él, cerrando el cuaderno—.
Mis hombres llegarán en una hora. Hemos preparado el escenario en la ermita.
Julián... lo que queda de él... está allí.
Lo presentaremos como el líder de la secta, muerto en un incendio provocado durante el arresto. Un final cerrado.
Asentí. Era macabro, pero necesario. Reducir a Julián, un ser que había trascendido la humanidad, a un cadáver carbonizado era el mayor acto de desacralización posible. Le quitábamos su divinidad y le devolvíamos su mortalidad.
Salí al exterior, necesitando aire. Los jardines abandonados alrededor de los baños estaban cubiertos de rocío. Me senté en un banco de piedra musgoso y cerré los ojos, intentando escuchar la ciudad.
Al principio, solo oí el tráfico lejano, los gritos de los vendedores ambulantes, el repiquetear de los cascos de los caballos.
Pero luego, afinando mi percepción, escuché algo más.
Susurros. Millones de ellos. Miedos pequeños: deudas, enfermedades, soledad, muerte.
Eran como migajas para la Devoradora. Ella se alimentaba de esa ansiedad difusa, creciendo lentamente, imperceptiblemente.
«No puedes detenerla», dijo una voz en mi cabeza. No era la Madrina. Era mi propia conciencia, teñida por la influencia de la entidad. «Ella es el fondo del océano. Tú eres solo una ola.»
—Las olas erosionan las rocas —pensé, respondiendo con firmeza—. Poco a poco. Gotas a gotas.
Sentí una presencia detrás de mí. No me giré. Sabía quién era.
—Te ves diferente, Evelyn —dijo la voz de Julián.
Me congelé. Giré la cabeza lentamente.
Julián de Valdemar estaba de pie junto a un árbol seco.
Pero no era el Julián de carne y hueso. Era una proyección.
Una sombra densa, con contornos definidos por la luz gris del amanecer.
Su rostro era una máscara de humo, pero sus ojos brillaban con esa misma sustancia viscosa y brillante que había visto en la ermita.
—Deberías estar muerto —dije, poniéndome de pie. Mis manos comenzaron a brillar con una luz verde tenue.
—La muerte es un concepto humano —respondió él, con una calma exasperante—. Yo he evolucionado. Soy parte de Ella ahora. Soy su voz en este plano. Y he venido a ofrecerte un trato.
—No tengo nada que negociar contigo.
—Oh, sí que lo tienes. Tu humanidad. —Se acercó, flotando sobre la hierba húmeda—.
La estás perdiendo, Evelyn. Lo sientes, ¿verdad?
Cada vez que usas el poder, cada vez que te conectas con la red, te alejas más de ser una mujer y te conviertes en un concepto.
En un símbolo. ¿No prefieres ser libre? ¿Ser poderosa? ¿Ser eterna?
—Prefiero ser real —escupí.
Julián rio, un sonido como el crujir de hojas secas.
—La realidad es subjetiva. Mira a tu alrededor.
Madrid está cambiando. Las sombras son más largas.
Los espejos muestran cosas que no están allí.
Los niños tienen pesadillas colectivas. Ella ya está aquí.
Solo necesita un empujón final. Y tú puedes dárselo.
O puedes intentar detenerla y morir en el intento, dejando a Clara y a Álvaro solos contra la oscuridad.
La mención de Clara fue un golpe bajo. Sentí una punzada de dolor en el pecho.
—¿Qué quieres? —pregunté, manteniendo la voz firme.
—Quiero que aceptes tu naturaleza. Que dejes de luchar contra la corriente. Únete a nosotras. Sé la Reina de las Sombras. Protege a los tuyos desde dentro del sistema, no desde fuera. Desde dentro, puedes controlar lo que comes. Desde fuera, solo eres comida.
Era una tentación seductora. El poder absoluto. La protección garantizada. Pero el precio era mi alma. Y la de todos aquellos a quienes amaba.
—Vete —dije, concentrando toda mi voluntad en un escudo mental.
Julián sonrió, desvaneciéndose lentamente en la niebla matutina.
—Piénsalo, Evelyn. El tiempo se acaba. El sexto sello requiere desesperación. Y la tuya está madurando como un fruto dulce.
Cuando desapareció por completo, caí de rodillas, exhausta. La conversación me había drenado más energía que cualquier batalla física. Había usado palabras como armas, y las palabras dejan cicatrices profundas.
Volví al interior de los baños. Álvaro me miró con preocupación.
—¿Estás bien?
—He tenido una visita —dije, evitando su mirada—. Julián.
—¿Está vivo?
—No. Y sí. Es complicado. Pero nos ha dado una pista. El sexto sello requiere desesperación.
Álvaro frunció el ceño.
—¿Desesperación de quién?
—De la mía. O de la tuya. O de la ciudad. Él está jugando con nuestras emociones, Álvaro. Está tratando de quebrarnos para que la entidad pueda entrar más fácilmente.
En ese momento, uno de los agentes de confianza de Álvaro entró corriendo en la sala. Estaba pálido, jadeante.
—Inspector... tenemos un problema.
—¿Qué ocurre? —preguntó Álvaro, poniéndose de pie inmediatamente.
—En el teatro de la Zarzuela. Ha habido... un incidente. Durante el ensayo general.
—¿Un accidente?
—No, señor. Una masacre. Pero no hay sangre. Los actores... están convertidos en estatuas de sal. Y en el centro del escenario, hay un mensaje escrito en la pared.
—¿Qué dice?
El agente tragó saliva.
—Dice: «La función debe continuar. Y el público tiene hambre.»
Miré a Álvaro. El sexto sello. La desesperación pública. El terror colectivo. Julián no estaba atacando a individuos aislados. Estaba atacando a la sociedad entera. Quería crear un pánico masivo, una histeria colectiva que alimentaría a la Devoradora hasta saturarla.
—Vamos —dije, recogiendo mi capa—. Tenemos que llegar allí antes de que el pánico se extienda. Antes de que la mentira que hemos construido se derrumbe.
Parte II
El Teatro de la Zarzuela era un templo de la cultura madrileña, un lugar de luces, música y elegancia.
Pero cuando llegamos, estaba sumido en un silencio sepulcral.
La policía había acordonado la zona, pero la multitud se agolpaba fuera, murmurando con superstición.
Los rumores volaban más rápido que la verdad: Brujería.
Maldición divina. El fin de los tiempos.
Entramos por la puerta de servicio, escoltados por agentes armados. El aire dentro olía a polvo de escenario, a maquillaje viejo y a... sal. Mucha sal.
Subimos al palco principal. Desde allí, la vista del escenario era dantesca.
Una docena de actores y actrices, vestidos con trajes de época elaborados, estaban inmóviles en medio de una escena dramática.
Pero no eran estatuas de mármol. Eran cristalizadas.
Sus cuerpos estaban cubiertos por una capa gruesa de sal blanca, brillante bajo las luces tenues.
Sus rostros mostraban expresiones de terror extremo, bocas abiertas en gritos silenciosos, ojos desorbitados.
Era una instalación artística macabra. Una representación literal del miedo paralizante.
En el telón de fondo, pintado con algo rojo y espeso (sangre, supuse), estaba el mensaje: «La función debe continuar. Y el público tiene hambre.»
Álvaro palideció.
—Esto no es un crimen común. Esto es teatro. Es espectáculo.
—Exacto —dije, bajando al nivel del escenario. Caminé entre las figuras de sal, sintiendo la energía residual. Era fría, estática. El miedo había sido extraído de ellos, destilado y dejado atrás como residuo cristalino.
Me detuve frente a la protagonista, una joven soprano conocida por su belleza y su voz potente. Ahora era un monumento al horror. Toqué suavemente su brazo de sal. Se deshizo ligeramente bajo mis dedos, convirtiéndose en polvo blanco.
«Ellos no están muertos», susurró la Madrina en mi mente. «Están atrapados. Sus conciencias están suspendidas en el cristal. Sienten todo. Ven todo. Pero no pueden moverse. No pueden gritar. Es la tortura perfecta.»
Sentí náuseas. La crueldad del acto era exquisita. No era solo matar; era preservar el sufrimiento. Era convertir el dolor en arte.
—¿Podemos salvarlos? —preguntó Álvaro, apareciendo a mi lado.
—No lo sé —respondí honestamente—. Necesitaría mucha energía. Demasiada. Y si uso ese poder aquí, en público, romperemos la narrativa de control. La gente verá magia. Verá monstruos. Y el pánico se disparará.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Investigamos. Buscamos al director. Al responsable del teatro. Alguien tuvo que permitir esto. Alguien tuvo que preparar el escenario.
Registraron los camerinos. En el camerino de la directora, encontramos algo inquietante. Un guion. Pero no era el guion de la obra. Era un texto antiguo, copiado a mano. Títulos como «El Ritual de la Sal» y «La Invocación del Silencio».
Pero al final del guion, una firma. Sor Isabel de la Cruz. Mi antepasada. Otra vez.
—Ella no solo escribió el códice —murmuré, sosteniendo el papel con manos temblorosas—. Ella dirigió obras. Usó el teatro como herramienta de ritual. El escenario es un círculo mágico. El público es la batería.
Julián estaba siguiendo sus pasos. Estaba recreando sus rituales, pero a gran escala. Ya no se conformaba con víctimas individuales. Quería una congregación.
De repente, las luces del teatro se encendieron a plena potencia. Cegadoras.
Una voz resonó por los altavoces, distorsionada, grave.
—Bienvenidos, espectadores. La función está por comenzar. Por favor, tomen asiento. Y no aplaudan. El aplauso alimenta a las bestias.
Las puertas del teatro se cerraron con estruendo. Los agentes fuera comenzaron a golpearlas, pero no cedían. Estábamos atrapados.
En el escenario, las estatuas de sal comenzaron a moverse. Lentamente. Crujiendo. El polvo caía de sus articulaciones. Giraron la cabeza hacia nosotros. Hacia mí.
Sus ojos de sal brillaron con una luz negra.
—Evelyn —dijeron al unísono, con voces que sonaban como vidrio rompiéndose—. Únete a la compañía.
Álvaro sacó su revólver, pero sabía que era inútil.
—¿Qué hacemos? —vociferó, sobre el ruido de los cristales crujiendo.
Miré a las figuras. Eran trampas. Cebo. Si las atacaba, liberaría la energía contenida, causando una explosión de pánico psíquico que afectaría a toda la audiencia atrapada fuera. Si no hacía nada, me atacarían.
Tenía que cambiar el guion.
Corrí hacia el foso de la orquesta. Allí, bajo las tablas, estaba el mecanismo principal del teatro. Las cuerdas, las poleas, el sistema de iluminación.
—¡Álvaro! ¡Corta las luces principales! ¡Ahora!
Él dudó un segundo, luego obedeció, disparando a la caja de fusibles cercana. Chispas volaron. Las luces cegadoras se apagaron, sumiendo el teatro en una penumbra azulada.
Las estatuas se detuvieron, confundidas por la falta de "atención" lumínica.
Aproveché la distracción. Subí al escenario, no para luchar, sino para hablar.
—¡Escuchadme! —grité, proyectando mi voz con la ayuda de la Madrina. Mi voz resonó en cada rincón del teatro, amplificándose sobrenaturalmente—. ¡Esta no es vuestra obra! ¡Sois prisioneros, no actores! ¡Romped el cristal! ¡Recordad quiénes sois!
Las figuras titubearon. La duda es el enemigo del control.
Una de ellas, el actor principal, dejó caer un brazo. El cristal se agrietó.
—No podemos —musitó.
—Sí podéis —insistí, canalizando calor, vida, humanidad hacia ellos—. El miedo es una mentira. La libertad es real. ¡Gritad!
El actor abrió la boca. Un grito ronco, humano, salió de su garganta de sal.
Fue como romper una presa. Uno por uno, los actores comenzaron a gritar, a moverse, a liberarse de su prisión cristalina. El teatro se llenó de sonidos de ruptura, de llantos, de vida recuperada.
Pero mientras se liberaban, sentí una presencia observándome desde las vigas altas. Una sombra grande, con forma de araña.
Julián. O lo que quedaba de él.
Sonreía.
—Bravo, Evelyn —susurró su voz en mi oído, aunque estaba lejos—. Has salvado a los actores. Pero has olvidado al público. Y el público... ya ha empezado a comerse a sí mismo.
Miré hacia las butacas vacías, pero luego hacia las puertas cerradas. Fuera, los gritos de la multitud habían cambiado. Ya no eran de curiosidad. Eran de terror puro.
El sexto sello no era el teatro. Era lo que ocurría fuera. Y yo estaba atrapada dentro, habiendo gastado mi energía en vano.
La desesperación llegó entonces. Real. Aplastante. Después la Devoradora sonrió.