Capítulo 52
Lauretta simplemente volvió a asentir, agradecida de que el examen hubiera terminado.
Evangeline se dio la vuelta y se encaminó hacia un mostrador cercano donde se apilaban algunos expedientes y frascos de medicamentos.
—El resto de la formación que necesitarás correrá a mi cargo o del de los otros auxiliares sanitarios. Hay mucho que aprender, pero te adaptarás con el tiempo.
Lauretta observó a la mujer trajinar por la enfermería, recetando medicamentos y tomando notas en las fichas de los pacientes.
Absorbió la imagen de Evangeline en un silencio contemplativo, reparando en detalles a los que no había prestado mucha atención antes.
Era de estatura baja, medía alrededor de un metro sesenta, pero irradiaba una innegable autoridad.
Se movía con gracia, cruzando la enfermería con esa clase de seguridad que solo otorgan los años de experiencia.
A pesar de su complexión menuda, poseía una presencia imponente, una que inducía al respeto sin necesidad de elevar la voz.
Su cabello gris plateado se trenzaba pulcramente a lo largo de la espalda, con mechones que relucían bajo la luz clínica del hospital.
Lauretta se preguntó si su pelo siempre había tenido ese color o si el tiempo le había tejido la plata entre los cabellos, marcándola con la serena sabiduría de los años pasados.
Había una presteza en los movimientos de Evangeline, de esas que nacen del hábito y la disciplina. Cada gesto tenía un propósito: sin energía desapreciada, sin titubeos. Incluso la forma en que hojeaba un expediente o alineaba los botes de pastillas denotaba precisión.
En el pecho de Lauretta se agitó una silenciosa admiración. Evangeline no solo gozaba de respeto; era reverenciada. Había algo en ella que incitaba a Lauretta a superarse, a demostrar que podía ser igual de capaz, igual de firme.
Se removió sobre sus pasos, irguiendo la espalda ligeramente. Había tantas cosas que aún ignoraba —acerca de la enfermería, de la manada, o incluso de cuál sería su verdadero lugar allí—, pero contemplar a Evangeline le proporcionaba un asidero. Una meta. Un estándar al que aspirar.
Y por primera vez en todo el día, Lauretta no se sentía tan perdida.
Sus cálidos ojos castaños, repletos de conocimiento y de una serena comprensión, eran incisivos a la par que bondadosos. No se les escapaba nada. Incluso ahora, mientras trabajaba, su mirada volvía a posarse en Lauretta de vez en cuando, como si continuara midiéndola, tratando aún de descifrarla.
Su piel era morena y curtida, marcada por el transcurso del tiempo y por las exigencias de una profesión que demandaba sacrificios.
Unas tenues líneas surcaban el contorno de sus ojos y de sus labios, líneas que hablaban de noches en vela y decisiones difíciles, de victorias y de derrotas, de vidas salvadas y de otras que se le habían escapado de las manos a pesar de sus mayores esfuerzos.
Era una mujer que había visto mucho, aprendido mucho y cargado con todo ello con silenciosa fortaleza.
Lauretta sintió por ella una extraña sensación de admiración, aun cuando el escrutinio de la doctora la incomodara.
Evangeline era de esa clase de personas que exigían honradez y valoraban la disciplina y la responsabilidad.
No era alguien a quien se pudiera engañar fácilmente, lo que convertía la posición de Luna en algo aún más precario.
Aun así, si pretendía sobrevivir en aquel nuevo mundo, tenía que interpretar su papel de forma convincente.
—Gracias, doctora —dijo Lauretta con voz suave, esperando imprimirle algo de sinceridad a sus palabras.
Evangeline le echó otra ojeada antes de asentir levemente.
—Descansa un poco, Lauretta. Y recuerda lo que te he dicho: tu salud es lo primero.
Lauretta musitó su conformidad, sabiendo muy bien en su interior que el descanso era un lujo que no se podía permitir. Menos aún cuando había tanto en juego.
Evangeline le entregó un botecito con medicación para la sangre antes de volver a sus obligaciones, desplazando de inmediato su atención a la siguiente tarea pendiente.
Lauretta exhaló un suspiro tenue, aferrando el frasco en la palma de la mano mientras se levantaba en silencio del asiento, con la intención de escabullirse y retirarse a su habitación. Apenas había dado un paso cuando la voz de Evangeline la detuvo en seco.
—Noto que todavía tienes veneno en el organismo.
El aliento se le atascó a Lauretta en la garganta. Un frío intenso y sofocante se propagó por su pecho. El corazón le latía con tanta fuerza que estaba segura de que Evangeline podía oírlo.
Se giró despacio, obligándose a sostener la penetrante mirada de la doctora. Evangeline la estudiaba con atención, con esos penetrantes ojos castaños repletos de algo indescifrable:
¿curiosidad, preocupación o desconfianza?
Lauretta no lograba adivinarlo, y eso solo acrecentaba su angustia.
Tragó saliva con fuerza, con la mente devanándose los sesos en busca de una explicación. ¿Cómo había detectado Evangeline el veneno? ¿Había sido en los análisis de sangre? ¿Acaso su cuerpo no había purgado por completo la toxina? ¿O era que alguna de sus constantes la había delatado?
Las preguntas repiqueteaban en la cabeza de Lauretta a modo de advertencia. ¿Qué pensaría Evangeline si descubriera la verdad? ¿Que el veneno llevaba en su sistema mucho antes del ataque, que casi la había matado incluso antes de poner un pie en aquel lugar?
Se sentía atrapada, acorralada. Tenía que andar con pies de plomo, pues si despertaba sospechas, registraban su habitación y hallaban los restos del veneno, sería su fin.
Lauretta se obligó a conservar la calma, aunque los dedos con los que apretaba el frasco se le pusieron blancos por la tensión. Su mente se quedó momentáneamente en blanco mientras el pánico amenazaba con apoderarse de ella.
Entonces, hizo lo único que se le ocurrió.
—Yo... no lo recuerdo muy bien —mintió.
Las palabras le resultaban ajenas en los labios, huecas incluso para sus propios oídos. Una excusa endeble a más no poder. Pero Evangeline no la desmintió.
La mirada de la doctora se mantuvo fija en ella, escrutadora, sopesadora.
—La amnesia temporal puede producirse cuando alguien sufre un trauma extremo —apuntó al fin Evangeline con tono reflexivo—. Especialmente tras un ataque como el que padeciste.
Lauretta exhaló un lento suspiro, conteniendo por poco el alivio. Evangeline había aceptado su explicación, al menos por el momento.
Pero la doctora no había terminado.
—Aun así, es preocupante. El veneno no permanece simplemente sin consecuencias.
Deberías estar muerta si se tratara de una dosis letal, lo que significa que tu cuerpo o bien lo resistió o alguien te curó antes de llegar aquí.
Lauretta mantuvo una expresión neutral, pero su mente era un hervidero. Evangeline era perspicaz, demasiado perspicaz. Si seguía escarbando, si comenzaba a realizarle pruebas, era cuestión de tiempo que sacara la verdad a la luz.
—Ojalá pudiera recordar más —murmuró Lauretta, cambiando sutilmente de apoyo—.
Pero tras despertar, me di cuenta de que todo lo anterior es... borroso.
Evangeline tamborileó los dedos contra el escritorio, observándola con detenimiento.
—Tendrás que volver para hacerte más pruebas. No me gustan las variables sin explicar, y tener veneno en el torrente sanguíneo es algo que me tomo muy en serio.
Evangeline se preguntaba si el envenenamiento se había producido antes o durante el ataque de los renegados.
El pulso de Lauretta se aceleró. ¿Más pruebas? No podía permitírselo; necesitaba hallar el modo de sortearlas, aunque por ahora debía asentir para no levantar sospechas.
—Por supuesto —contestó con un movimiento de cabeza, manteniendo el tono uniforme—. Le agradezco su preocupación.
Evangeline no parecía convencida, pero no insistió más, al menos por el momento.
—Desansa, Lauretta —la despidió finalmente—. Y si algo cambia, avísame de inmediato.
Lauretta asintió, dio media vuelta y abandonó la enfermería con la mayor calma que pudo atesorar. No obstante, en cuanto cruzó el umbral hacia el pasillo, le faltó el aire y tuvo que reprimir el impulso de desplomarse contra la pared.
Había esquivado el interrogatorio por ahora.
Pero Evangeline la vigilaría de cerca, y la próxima vez tal vez no fuera tan fácil engañarla.
Se preguntó por primera vez si se habría equivocado al abandonar la cocina para venir allí; al menos en el fogón a nadie le importaba lo que hiciera, pero en ese sitio todo el mundo la apuntaba con rayos láser.
Le suplicó en silencio a la Diosa Luna que no cometiera un error colosal que arruinara sus planes o le costara la vida.