EL SECRETO DE LA LUNA PLATEADA El eco del espejo
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El eco del espejo

La puerta azul de Míkonos se abrió con un gemido metálico.

Selene apareció en el umbral, con el sol a sus espaldas, encuadrando una figura que, a pesar de los años, conservaba una elegancia herida.

Sus ojos, al posarse sobre Aria, se dilataron.

No vio a una desconocida; vio a su propio reflejo proyectado hace veinte años.

La reacción de Selene fue de puro terror. —¡No! ¡Váyanse! —exclamó, intentando cerrar la puerta—. ¡No tengo ninguna hija, no sé de qué me hablan! ¡Dejen de jugar conmigo!

El miedo al pasado, a los hombres de Gianluca y al juicio de los vecinos que la habían señalado como una mujer perdida, era un muro infranqueable.

Pero Aria, con una calma que le nacía de las entrañas, dejó una nota con la dirección del hotel.

Esa noche, el teléfono sonó. Se citaron en una cala apartada, bajo el manto protector de la luna.

Cuando se abrazaron, el tiempo se quebró.

—¿Cómo me encontraron? —susurró Selene, acariciando el rostro de Aria—. ¿Por qué ahora?

—Porque he descubierto quién eres realmente, mamá. Y por qué te obligaron a irte.

Selene se separó, sus ojos brillando con un dolor antiguo.

—Heleni, mi hermana... ella nunca pudo soportar que yo fuera la favorita de nuestros padres.

Crecimos en la casa familiar de Santorini, un lugar lleno de secretos, donde mis padres guardaban un misterio sobre nuestra sangre que Heleni siempre quiso desentrañar para obtener poder.

Ella quería mi vida, mi estatus, mi pureza.

Como Gianluca jamás la quiso —porque ese hombre es un vacío absoluto—, ella proyectó su odio hacia mí.

Me quiso invisibilizar, quería acabar con mi esencia.

Selene bajó la mirada, confesando algo que le quemaba la garganta: —Y no solo me odiaba a mí.

Había otra mujer. Una francesa que llegó a nuestras vidas y que Gianluca nunca pudo poseer.

Él vivía obsesionado con ella, era la única a la que amó realmente, y ese amor no correspondido lo convirtió en un demonio.

Heleni y yo... bueno, yo confieso que llegué a odiar a esa mujer también.

Sentía una envidia corrosiva porque ella sí pudo escapar y nosotras no.

Heleni me obligaba a decir que era una mujer perdida, pero en el fondo, mi envidia era un grito por mi propia libertad frustrada.

Aria sintió un vuelco. No podía decirle todavía que esa mujer "perdida" era Emily, su suegra, la abuela de su hijo.

—¿Y mi padre? —preguntó Aria, con la voz firme.

—Tu padre biológico es un hombre adinerado de Santorini —reveló Selene con desprecio—.

Un terrateniente que me engañó siendo una madre soltera.

Gianluca se presentó como el "salvador" y, usando la pobreza en la que Heleni me hundió mediante trampas legales, me arrebató la custodia.

Me dijo que, como no tenía donde caerme muerta, tú estarías mejor con él.

Me quitó mi propia carne para matarme en vida.

Aria estrechó a su madre, sintiendo su temblor.

—Ya no estás sola, mamá. Tengo una familia, un hombre que me ama, y una casa donde las sombras de Heleni no pueden entrar.

Y tengo una propuesta: vamos a ir a Santorini.

Vamos a enfrentar a ese hombre, vamos a reclamar la dignidad que nos arrebataron en la casa de nuestros abuelos, y te llevaré conmigo a una nueva vida donde no tendrás que esconderte de nadie.

Selene miró el horizonte, donde el mar se fundía con el cielo.

Por primera vez, el miedo no fue el protagonista.

La envidia de su hermana, el desprecio del terrateniente de Santorini y el veneno de Gianluca perdieron su fuerza.

La verdad, aunque brutal, les había devuelto la vida.

El círculo estaba cerrándose: el viaje a Santorini no sería una huida, sería el momento en que Selene, por fin, dejaría de ser la sombra de su hermana para convertirse en la dueña de su propio destino.

Antes de salir de la casa, Selene caminó hacia un rincón oscuro de su pequeña cocina. Apartó una baldosa suelta y extrajo una pequeña caja de madera de cedro, pesada y curtida por el tiempo.

—Esto es lo único que me quedó de mis padres, Aria —dijo con voz solemne—. Heleni buscó este tesoro durante años, creyendo que eran monedas de oro. Pero para mí, el valor es otro.

Al abrir la caja, Aria contuvo el aliento. Sobre un terciopelo ajado descansaba un colgante de plata antigua con una luna creciente engarzada en nácar, junto a unos pendientes que parecían gotas de estrellas.

—Es el sello de nuestra estirpe materna —explicó Selene, colocándole el colgante a su hija—.

La luna es nuestra guía. Mientras lleves esto, sabrás que nunca estás sola.

Tu abuela decía que esta joya solo brilla con fuerza cuando una mujer de nuestra sangre encuentra la verdad.

Mira cómo resplandece ahora que te tengo frente a mí.

Aria sintió el metal frío contra su piel, pero pronto el colgante empezó a calentarse, como si reconociera a su nueva dueña. Fue el sello de una alianza que ninguna envidia de hermana podría volver a romper jamás.