Tensión en cada taza de café #2
Aria lo miró, estupefacta. Nunca le habían dicho que la casa estaba en peligro, nunca le habían contado la verdad sobre la situación financiera de Giancarlo.
—¿Afortunada? —ladró ella, sintiendo que la furia le inundaba la garganta—.
¿Eso es lo que crees que soy? Me dieron ropa y comida, sí.
Pero me hicieron pagar un precio que no tenía nada que ver con el dinero.
Me quitaron la voz, Damián. Me enseñaron que mi única función era callar y temer.
Si eso es ser afortunada, entonces prefiero la ruina.
Damián apretó los dientes, su mandíbula marcada por la tensión. —No te metas con mi familia —advirtió, cortante—. Nuestra vida no es asunto tuyo, y no me importa lo que pienses de ellos.
Él se giró, ignorándola, pero Aria vio cómo sus dedos se cerraban con fuerza sobre el borde de la mesa.
Por un breve instante, ella vio más allá de su arrogancia: vio al niño que también había sido silenciado, al hombre que se había hecho duro para no ser destruido por la misma gente que la había "criado" a ella.
—Quizás tienes razón —susurró Aria, con una frialdad que la sorprendió—. Quizás no eres como ellos. Eres peor. Porque ellos al menos pretendían querer a los suyos, mientras que tú solo quieres que todos nos alejemos para no tener que ver tu propio reflejo en nuestras cicatrices.
Damián se quedó paralizado ante sus palabras. El golpe había sido directo al centro. En ese instante, Aria supo que, si quería ganar, tendría que dejar de luchar como una niña asustada y empezar a luchar como una mujer que ya no tiene nada que perder.
El aire en la cocina se volvió espeso, casi sólido. Aria seguía en silencio, con la mirada perdida en un punto invisible, procesando el eco de sus propias palabras. A su alrededor, el pasado y el presente chocaban con una violencia sorda.
Damián la observaba desde la distancia, con las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones, una postura que intentaba proyectar una indiferencia que ya no sentía.
Le hervía la sangre al verla tan estática, tan cautiva de la mujer en la que la habían convertido años de menosprecio.
Le daban ganas de sacudirla, de obligarla a gritar, a romper algo, a entender de una vez por todas que la armadura de sumisión que llevaba puesta no era una protección, sino un ataúd.
«Es una soñadora», pensó él con un amargor creciente. «Se refugia en sus telenovelas, en sus historias ideales, porque le aterra la realidad de su propio fuego.»
Él sabía que, bajo esa capa de miedo y represión, Aria era un volcán.
Lo había sentido cuando ella le había plantado cara, cuando sus labios —aquellos labios que ahora ocupaban cada pensamiento intrusivo de Damián— habían temblado de rabia y no solo de miedo.
Esa mujer que había asomado ayer, capaz de defender su hogar con una pasión feroz, era la única Aria que él quería conocer.
La Aria que se dejaba pisar ya no le bastaba; la Aria que ardía era la que lo desafiaba a él, la que le hacía olvidar su cinismo.
Damián dio un paso hacia ella, sin poder evitarlo.
La lástima que sentía al principio, esa mirada condescendiente hacia la "pobrecita" que había sido utilizada por hombres sin escrúpulos, se había transformado en un hambre mucho más oscura y compleja.
Ya no quería solo rescatarla de su pasado; quería ser el que hiciera saltar esa armadura por los aires.
Quería que ella viera, a través de sus ojos, que el deseo no era un pecado, sino una fuerza de la naturaleza.
—¿Sigues buscando una salida en tus amigas? —preguntó Damián, rompiendo el silencio con una voz tan baja que rozó el susurro—. ¿Vas a huir otra vez para que alguien más te diga cómo sobrevivir?
Aria se estremeció. Él había leído sus pensamientos con una facilidad que la desnudaba.
—No tienes derecho a juzgarme —respondió ella, aunque su voz carecía de filo—. No sabes lo que es vivir esperando que el mundo te aplaste.
—Lo sé mejor de lo que crees —replicó Damián, cerrando la distancia entre ambos hasta que pudo ver cómo le palpitaba una vena en el cuello—.
Y te aseguro que, mientras te sigas viendo como una víctima, el mundo te dará la razón.
Quítate esa máscara, Aria. Deja de intentar ser la santa sacrificada y admite lo que está pasando aquí mismo.
Ella levantó la vista, y al encontrarse con sus ojos —oscuros, intensos, cargados de una necesidad que no intentaba ocultar—, el mundo se tambaleó. Aria sintió que el calor que ella misma había reprimido durante años empezaba a filtrarse por las grietas de su autodominio.
«Cuidado», una voz en su interior le advirtió, un grito de alarma ante el peligro que él representaba. «Es un juego peligroso y vas a perderte en él.»
Pero era demasiado tarde. Al ver el destello de deseo en la mirada de Damián, la compasión que él sentía por ella se convirtió en algo mucho más peligroso: una atracción mutua y destructiva.
Aria se dio cuenta, con un terror embriagador, de que Damián no quería que ella se fuera.
Damián quería que ella despertara, y el precio de ese despertar iba a ser, casi con toda seguridad, la destrucción de la mujer que ella había creído ser hasta hoy.
Damián se fue a su habitación, cerró la puerta, pero el eco de sus últimas palabras seguía resonando en la sala como una bofetada. "Me gusta estar tranquilito y libre". Aquella frase, dicha con esa tranquilidad irritante, le había dejado a Aria un sabor amargo en la boca.
Ella seguía sentada en el sofá, con la mirada clavada en el vacío.
No podía dejar de pensar en esa imagen que él había pintado: Marrakech, habitaciones separadas, chicas de la danza del vientre, una vida sin ataduras, sin un niño que llevar al colegio, sin facturas que pagar, sin fantasmas que la observaran desde las esquinas de la cocina.
Él hablaba de todo eso con una ligereza que a ella le parecía de otro planeta.
—Sin cargas ni responsabilidades... —murmuró Aria para sí misma, sintiendo una mezcla de envidia y desprecio.
Mientras, al otro lado de la pared, Damián caminaba de un lado a otro.
El silencio de la casa, que hace diez minutos él mismo había reclamado como su derecho, ahora se le antojaba insoportable.
Las paredes de piedra parecían cerrarse sobre él.
Se sentía como un estúpido. ¿Por qué le había contado lo de las chicas?
¿Qué pretendía, demostrarle que él vivía en una realidad superior?
Al recordar la forma en que Aria lo había mirado cuando le dijo que le tomaba el pelo —esa chispa de burla en sus ojos—, sintió una punzada de frustración.
«¿De verdad cree que es tan sencillo?», pensó, mientras se pasaba una mano por el pelo, furioso consigo mismo.
En la sala, Aria se levantó y caminó hacia la cocina, buscando refugio en lo cotidiano.
Todo seguía allí: la taza de café que él había dejado a medio terminar y el paño con el que había cubierto la masa.
Aquel hombre era un caos, una contradicción andante: pretendía ser el cínico que solo buscaba soledad, pero se quedaba a discutir, se quedaba a mirarla, se quedaba a desafiarla.
Si él quería realismo, se lo iba a dar. Aria se acercó a la ventana y miró hacia la colina. Ya no se sentía como una intrusa. Si Damián quería vivir en su "mundo ideal" de Marrakech, tendría que hacerlo bajo el techo que ella conocía mejor que nadie.
—Tranquilito y libre —repitió ella con una sonrisa gélida, ajustándose la falda—. Vamos a ver cuánto tiempo aguanta esa libertad cuando empiece a darse cuenta de que no soy una de sus bailarinas.
Aria no se iba a mover. No después de esa confesión sobre su vida fácil. Si él quería su "tranquilidad", tendría que aprender a convivir con la realidad, con los ruidos de Adam, con el peso de la historia de esta casa y, sobre todo, con ella.
Damián se dejó caer en la cama, mirando las vigas de madera del techo, pero su mente estaba a kilómetros de distancia.
La idea de vender la casa surgió como un alivio inmediato: Florencia, la villa reformada en la Toscana, el anonimato de un lugar donde nadie conociera los pecados de Giancarlo ni la mirada de Aria.
Podía escribir allí, rodeado de viñedos y la arquitectura que tanto amaba, lejos de esa cocina donde el aire parecía cargado de electricidad y preguntas sin respuesta.
Pero entonces, el pensamiento se detuvo en seco.
Damián era un artesano de las palabras; vivía de construir escenarios románticos, de tejer tramas donde el amor verdadero siempre triunfaba de manera genuina y auténtica.
Pero, mientras escuchaba a Aria hablar de su madre, de su dolor, de cómo aquella casa era su única identidad, una grieta se abrió en su armadura.
Se dio cuenta de que él escribía sobre el amor como un observador, como alguien que vende un producto, no como alguien que lo vive.
Él vendía el concepto, la estética del romance, pero ¿qué sabía él de la entrega absoluta, de esa capacidad de Aria de sufrir por un hogar solo porque allí residían sus recuerdos?
El síndrome del impostor, le golpeó con una violencia inesperada. ¿Y si todo lo que escribía era humo? ¿Y si, en el fondo, Aria —con toda su fragilidad, sus miedos y su aparente debilidad— era mucho más "real" que él, que presumía de independencia y frialdad?
Se levantó de un salto, sintiéndose inquieto.
La contradicción le quemaba. Él siempre había proclamado que el amor era una debilidad, un ancla para los débiles, algo que te impedía ser libre como él lo era en Marrakech.
Pero ver a Aria, una mujer que no buscaba ingresos, ni estatus, ni fama, sino simplemente sentir, le estaba dando una lección que no figuraba en ninguno de sus guiones.
«¿Soy yo el débil?», se preguntó, mientras caminaba de nuevo hacia la puerta.