La colisión de dos mundos #4
—El derecho se reclama —respondió Damián, y antes de que pudiera arrepentirse, le puso una mano sobre el hombro.
El contacto fue eléctrico, una ancla en medio de su tormenta—.
Si te vas a quedar en esta casa, Aria, vas a dejar de mirar por las ventanas esperando que las hojas caigan como ella lo hacía.
Vamos a averiguar quién era realmente. Vamos a terminar con este fantasma de una vez por todas.
Aria lo miró, desconcertada por el cambio de actitud. El hombre que hace diez minutos quería desalojarla, ahora le estaba ofreciendo el mapa para encontrar a la única persona que la había dejado huérfana en vida.
—¿Por qué haces esto? —preguntó ella, con el corazón acelerado—. Hace un momento querías echarme a la calle.
Damián se apartó, volviendo a su máscara de frialdad, aunque sus ojos seguían fijos en ella.
—Digamos que no soporto la idea de vivir bajo el mismo techo que alguien que se esconde de su propia sangre —dijo con un deje de arrogancia—.
Y si para que esta casa deje de apestar a recuerdos melancólicos tengo que ayudarte a encontrar a esa mujer, lo haré.
Pero no esperes que sea amable en el proceso, Aria.
La verdad no suele ser un regalo agradable.
Aria asintió, sintiendo que el destino se volvía a mover, esta vez fuera de su control.
Por primera vez en años, el miedo no era lo único que sentía; también había una chispa de rabia, y bajo ella, una necesidad urgente de saber.
La tregua estaba firmada: vivirían juntos, y Damián, con su lógica fría y sus ojos de hielo, sería su guía hacia el pasado que tanto le aterraba.
El aire en el vestíbulo se sentía cargado, casi irrespirable, con el eco de los pasos de los operarios desvaneciéndose en la distancia.
Aria se quedó allí, inmóvil, con la imagen de Damián marchándose grabada a fuego en su retina.
Su escaso equipaje —un puñado de libros, un ordenador que albergaba su talento para las palabras y apenas un poco de ropa— le había parecido una declaración de principios: él no necesitaba raíces, mientras que ella se ahogaba en ellas.
Damián, por su parte, conducía con los nudillos blancos de tanto apretar el volante.
El rugido del motor era la única banda sonora que calmaba el incendio en su interior.
Estaba furioso. No con Aria, sino consigo mismo.
Aquella mujer, con sus ojos encendidos de pasión reprimida y su vida construida sobre el vacío de una madre ausente, lo estaba obligando a sentir algo que él había enterrado bajo capas de éxito literario y libertad cosmopolita: responsabilidad.
¿Por qué demonios te importa? se preguntó, mientras tomaba una curva cerrada con una velocidad temeraria. Es una extraña. Una vida que no te corresponde arreglar.
Pero, en el fondo, sabía la verdad. Ella era un espejo de todo lo que él había huido, una versión de sí mismo que sí se había atrevido a pedir explicaciones, pero que se había quedado varada en el intento.
Mientras tanto, en la casa que ahora se sentía más vacía que nunca, Aria se obligó a dejar de temblar.
El sonido de los tacones de Damián alejándose, seguido por el bramido del coche al perderse por el sendero, marcó un antes y un después.
Ya no estaba el "dueño" para intimidarla con su presencia física.
Solo quedaban los fantasmas y el silencio.
Se dirigió a la ventana y miró las hojas que caían, las mismas que su madre observaba hace diecisiete años. Por primera vez, no sintió una melancolía paralizante, sino una rabia gélida.
—Él tiene razón —susurró, y su propia voz sonó extraña en el vestíbulo—. Nadie me va a dar las respuestas si no voy a buscarlas.
Aria sabía que, al obligarla a marcharse, Damián le había arrebatado su refugio, pero también le había entregado, sin querer, el único regalo que le quedaba: la urgencia.
No podía permitirse seguir siendo la chica que esperaba detrás de una cortina.
Si tenía que irse, si tenía que construir un futuro para Adam lejos de aquellas piedras, lo haría habiendo dejado de ser una víctima del relato de la tía Eleni.
Se acercó a la mesa donde solía tomar el té y, con manos firmes, tomó el teléfono.
Sus dedos buscaron en la agenda —un viejo directorio que guardaba desde los tiempos de Giancarlo—.
Tenía que empezar a tirar del hilo. No por la casa, no por Damián, sino por la mujer que le dio la vida y por el niño que la esperaba para cenar.
La noche caía sobre Roma, y con ella, la oscuridad que Aria siempre temió.
Pero esta vez, encendió todas las luces.
Ya no se escondería más. La batalla por su identidad no había hecho más que empezar, y aunque Damián estuviera en un hotel de lujo, a kilómetros de distancia, Aria supo, con una certeza sobrenatural, que el destino de ambos estaba irremediablemente entrelazado por ese pasado que él, con tanta rabia, se negaba a dejar morir.
El juego, como él había dicho, acababa de empezar. Y ella no quería perder.