Capítulo 23 Los fantasmas de la piedra
Toledo no recibía a sus hijos pródigos con los brazos abiertos, sino con la indiferencia gélida de una amante traicionada.
Beatriz y Gabriel se movían por las arterias secundarias de la ciudad como virus en el torrente sanguíneo de un organismo enfermo.
La luz del mediodía, cegadora y cruel, revelaba cada grieta en la fachada de la normalidad: los mercaderes que cerraban sus puestos antes de tiempo, los guardias reales que patrullaban con una tensión visible, las miradas furtivas de los vecinos que husmeaban tras las contraventanas entreabiertas.
El aire olía a miedo, un olor ácido y metálico que se adhería a la garganta y dificultaba la respiración.
Beatriz llevaba el rostro cubierto por un pañuelo sucio, transformando su belleza magnética en una máscara de anonimato plebeyo.
Su vestido, aunque remendado y oculto bajo una capa burda prestada por un mendigo al que habían "convencido" con una moneda de plata robada, no podía ocultar completamente la elegancia innata de su porte.
Caminaba encorvada, imitando la marcha cansina de las viejas lavanderas, pero sus ojos, visibles a través de los mechones de cabello grasiento, escrutaban cada esquina con la precisión de un halcón.
Gabriel caminaba a su lado, fingiendo ser un inválido apoyado en un bastón tallado, pero su mano libre descansaba cerca de la daga escondida en su bota, listo para desenfundarla en una fracción de segundo.
El palacio de los Alarcón se alzaba ante ellos como una fortaleza inexpugnable.
Las grandes puertas de roble estaban cerradas, flanqueadas por dos guardias armados con alabardas que parecían estatuas de bronce fundido en la vigilancia.
No había carruajes entrando o saliendo; el silencio era absoluto, antinatural.
Era el silencio de una casa en duelo, o de una tumba sellada.
—No podemos entrar por la puerta principal —masculló Gabriel, sin mover los labios, observando el ritmo de cambio de guardia de los centinelas—. Y los muros laterales están vigilados. He visto arqueros en las almenas.
Beatriz asintió. Lo sabía. Su padre, don Rodrigo, no era un hombre descuidado.
Si había permitido que ella escapara antes, había sido por negligencia o por subestimación.
Ahora, con el manuscrito desaparecido y los mercenarios muertos, la paranoia lo habría convertido en un tirano obsesivo.
Cada sombra sería un asesino; cada sirviente, un espía.
—Hay otra entrada —dijo Beatriz, con la voz baja—. Una que solo conoce la familia. O mejor dicho, que solo debería conocer la familia.
Lo llevó hacia la parte trasera del palacio, donde el edificio lindaba con un jardín abandonado de una propiedad vecina, ahora en ruinas.
Allí, oculta por una parra seca y espinosa que había crecido descontroladamente durante años, había una pequeña puerta de hierro forjado, casi invisible entre la vegetación.
Estaba oxidada, cubierta de musgo, pero Beatriz sabía que el mecanismo interior seguía funcionando. Era la entrada de servicio antigua, utilizada siglos atrás para el transporte de provisiones cuando el palacio era aún una casa señorial menor, antes de que los Alarcón alcanzaran su apogeo de poder.
Sacó una horquilla de metal que había encontrado entre la basura del convento y la introdujo en la cerradura oxidada.
Sus manos, aunque temblaban ligeramente por la adrenalina, eran firmes.
Recordó la técnica que su abuela le había enseñado de niña, un juego inocente que ahora se convertía en una herramienta de supervivencia.
Giró, presionó, escuchó el clic interno.
La puerta cedió con un gemido largo y quejumbroso, como si despertara de un sueño de siglos.
Entraron.
El interior del pasillo de servicio estaba sumido en una oscuridad densa, húmeda.
Olía a moho, a ratones muertos y a ese olor dulce y nauseabundo de la decadencia aristocrática.
Beatriz encendió una pequeña vela que llevaba consigo, protegiendo la llama con la mano ahuecada.
La luz tenue reveló paredes de piedra desnuda, sin los tapices ni los cuadros que adornaban las salas principales.
Este era el esqueleto del palacio, su estructura ósea, oculta a los ojos de los invitados y de la historia oficial.
—Sígueme —ordenó Beatriz, avanzando con paso seguro.
Conocía este laberinto. De niña, había explorado estos pasillos en juegos de escondite, prohibidos pero irresistibles.
Sabía dónde crujían las tablas, dónde las sombras eran más profundas, dónde los sirvientes chismorreaban sobre los secretos de sus amos.
Pero ahora, el lugar parecía diferente. Más hostil.
Las sombras parecían alargarse hacia ellos, intentando atraparlos. Las paredes parecían escuchar.
Llegaron a una escalera de caracol estrecha que descendía hacia los sótanos. Beatriz bajó primero, con la vela en alto. Gabriel la seguía de cerca, su respiración contenida, sus ojos adaptándose a la penumbra.
Al final de la escalera, se encontraron en una bóveda amplia, utilizada antiguamente como bodega de vinos.
Barriles podridos yacían volcados, llenos de tierra y raíces.
Pero Beatriz no se detuvo allí. Se dirigió hacia la pared del fondo, donde una estantería de madera carcomida parecía sostener el peso del techo.
—Ayúdame a mover esto —dijo, señalando la estantería.
Gabriel, a pesar de su debilidad, empujó con fuerza. La madera crujió, protestó, pero finalmente cedió, revelando una puerta de piedra gris, sin pomo, sin bisagras visibles. Solo una superficie lisa, fría, interrumpida por una pequeña hendidura en forma de ojo.
Beatriz sacó el anillo que había recuperado de entre sus pertenencias antes de huir del palacio la primera vez.
No era el anillo de sello de su tía, sino uno similar, más pequeño, que había pertenecido a su madre biológica, la mujer misteriosa de quien nadie hablaba.
Lo había encontrado escondido en un cajón secreto de su tocador, años atrás, sin saber su significado.
Ahora, la verdad encajaba con una precisión aterradora.
Insertó el anillo en la hendidura. Giró.
Hubo un sonido mecánico, profundo, como el suspiro de la tierra misma. La puerta de piedra se deslizó lateralmente, revelando un túnel oscuro que olía a aire viciado y a tiempo detenido.
—Este es el pasadizo —murmuró Beatriz, con la voz temblando ligeramente—. Conecta el sótano del palacio con la cripta de la Catedral. Mi familia lo usaba para... para cosas que no debían verse.
Gabriel la miró, con una expresión de respeto mezclado con horror.
—Tu familia no son nobles, Beatriz. Son custodios de una prisión.
Entraron en el túnel. Era estrecho, bajo, obligándolos a agacharse.
Las paredes estaban cubiertas de inscripciones grabadas en la piedra, no en latín, sino en hebreo y en símbolos alquímicos.
Beatriz pasó los dedos por las letras, sintiendo la energía residual de aquellos que las habían tallado hace siglos.
Eran plegarias. Protecciones. Maldiciones.
Caminaron durante diez minutos, en silencio, guiados solo por la luz vacilante de la vela y el instinto de Beatriz. El aire se volvía más frío, más húmedo. Finalmente, el túnel terminó en una escalera de piedra que ascendía hacia una trampilla de madera.
Beatriz empujó la trampilla. Estaba cerrada con llave desde arriba.
—Estamos atrapados —articuló Gabriel.
—No —respondió Beatriz, con una sonrisa fría—. Estamos exactamente donde debemos estar.
Golpeó la trampilla con el mango de la daga.
Tres golpes rápidos. Una pausa. Dos golpes lentos.
El código que había usado con Inés, aunque ahora sabía que Inés la había traicionado, el código seguía siendo válido para aquellos que conocían la verdadera lealtad.
O quizás, para aquellos que conocían el miedo.
Esperaron. Segundos que parecieron horas.
Entonces, oyeron pasos arriba. Pasos ligeros, cautelosos. La llave giró en la cerradura. La trampilla se abrió.
Una figura apareció en el hueco, iluminada por la luz de una linterna. Era una mujer mayor, vestida con hábitos negros, el rostro surcado por arrugas profundas y los ojos llenos de un terror antiguo.
Era Soraya. Su tía.
—Sabía que vendrías —dijo Soraya, con la voz quebrada, apenas un susurro—. La sangre siempre vuelve a la fuente.
Beatriz subió la escalera, ayudada por Gabriel. Al llegar arriba, se encontró cara a cara con su tía. La mujer temblaba, sosteniendo la linterna con manos huesudas.
—¿Por qué, tía? —preguntó Beatriz, con la voz dura, desprovista de cariño—. ¿Por qué nos vendiste? ¿Por qué dejaste que mataran a Marisol?
Soraya bajó la mirada, incapaz de sostener la mirada acusadora de su sobrina.
—No tuve elección, Beatriz. Ellos... ellos tienen algo mío. Algo que no puedo perder.
—¿Qué?
—Mi alma —susurró Soraya, levantando la vista. Sus ojos estaban llenos de lágrimas—. Y la tuya.
Antes de que Beatriz pudiera preguntar qué significaba eso, un ruido proveniente del pasillo exterior las interrumpió. Pasos pesados. Voces masculinas. Guardias.
Soraya palideció.
—Debéis iros. Por aquí. —Señaló una puerta lateral que daba a la sacristía de la Catedral—. Os llevaré. Es la única manera.
Beatriz dudó. ¿Era otra trampa? ¿O era la redención tardía de una mujer rota?
Miró a Gabriel. Él asintió ligeramente. No tenían opción.
Siguiendo a Soraya, cruzaron la sacristía vacía y entraron en la nave lateral de la Catedral.
La inmensidad del templo las recibió con su silencio majestuoso.
Pero mientras caminaban hacia la salida, Beatriz notó algo extraño.
En el altar mayor, donde normalmente se celebraba la misa, había una figura sentada.
Una figura alta, encapuchada, que leía un libro.
Pero junto a él, de pie, con una sonrisa satisfecha en los labios, estaba el Conde de Valdemoro.
Valdemoro levantó la vista y miró directamente a Beatriz.
—Bienvenida a casa, querida prima —dijo, con una voz que resonó en las bóvedas como un trueno lejano—. Te estábamos esperando.