Capítulo 3 La tinta que sangra
El regreso al palacio de los Alarcón fue un viaje a través de un laberinto de sombras y silencios.
Beatriz caminaba por las calles empedradas de Toledo con la cabeza gacha, el manto ajustado hasta la barbilla para ocultar no solo su rostro, sino el bulto irregular que pesaba contra su pecho bajo las capas de tela.
Cada paso resonaba en sus oídos como un tambor de guerra, marcando el ritmo de una huida que nadie parecía perseguir, pero que ella sentía en cada poro de su piel.
La ciudad dormía, o fingía hacerlo, envuelta en esa niebla espesa que olía a río muerto y a secretos antiguos.
Las farolas de aceite, escasas y titilantes, proyectaban círculos de luz amarillenta que apenas lograban perforar la oscuridad, dejando entre ellos abismos de negrura donde cualquier cosa podía esconderse.
Cualquier cosa, o cualquier alguien.
La sensación de ser observada había evolucionado.
Ya no era una presión difusa en la nuca; era una presencia tangible, física, que caminaba a su misma velocidad, manteniendo una distancia precisa, ni demasiado cerca para ser detectada, ni demasiado lejos para perder el rastro.
Beatriz no se atrevió a mirar atrás. Sabía, con una certeza instintiva que le helaba la sangre, que si giraba la cabeza, vería aquella figura alta y encapuchada, aquella máscara de hueso que había vislumbrado en la cripta.
O quizás no. Quizás la amenaza era más sutil, más humana y por tanto más terrible.
Al llegar a la puerta lateral del palacio, la pequeña entrada de servicio que utilizaba para sus escapadas nocturnas, Beatriz dudó.
La cerradura estaba oxidada, difícil de manipular en la oscuridad.
Sus manos temblaban, no por el frío, sino por la adrenalina que aún corría por sus venas como ácido.
Introdujo la llave con torpeza, raspando el metal contra el metal, produciendo un sonido estridente que le pareció ensordecedor en el silencio de la noche.
Esperó, conteniendo la respiración, escuchando.
Nada. Solo el viento silbando entre las almenas y el rumor lejano del Tajo.
Giró la llave. El mecanismo cedió con un clic seco.
Empujó la puerta y entró, cerrándola tras de sí con suavidad extrema, asegurándose de que el pestillo encajara perfectamente.
Estaba a salvo. O eso quería creer.
Subió las escaleras de servicio, evitando los peldaños que crujían, moviéndose como un fantasma en su propia casa.
El palacio estaba sumido en un sueño pesado, interrumpido solo por los ronquidos amortiguados de algún guardián en la planta baja y el crujir ocasional de la madera vieja asentándose con el cambio de temperatura.
Beatriz llegó a sus aposentos sin ser vista, deslizándose por el pasillo como una sombra más entre las sombras.
Una vez dentro, cerró la puerta con llave y apoyó la espalda contra la madera fría, dejando escapar el aire que había contenido durante todo el trayecto.
Su corazón latía con fuerza, golpeando sus costillas como un pájaro atrapado.
Se llevó una mano al pecho, sintiendo el volumen duro del libro bajo la ropa.
Lo sacó con cuidado, como si manejara artefacto explosivo, y lo colocó sobre la mesa de tocador, junto al espejo.
Bajo la luz tenue de la luna que se filtraba por las contraventanas, el libro parecía cobrar vida propia.
La cubierta de piel extraña brillaba con un resplandor opaco, casi aceitoso, y las vetas que lo recorrían parecían pulsar lentamente, al ritmo de su propia respiración agitada.
Beatriz se acercó, hipnotizada. Extendió una mano temblorosa y pasó los dedos por la superficie.
Era cálida. No el calor residual de haber estado bajo su ropa, sino un calor interno, profundo, como el de un cuerpo vivo.
Retiró la mano rápidamente, asqueada y fascinada a la vez.
¿Qué era aquello? ¿De dónde provenía esa piel?
Las preguntas se acumulaban en su mente, formando una tormenta de dudas y temores que amenazaban con ahogarla.
Pero sabía que no podía ignorarlo. Tenía que saber.
Tenía que entender qué había desenterrado, qué había robado, qué había despertado.
Se sentó frente a la mesa, encendió una vela pequeña y esperó a que la llama se estabilizara. Luego, con una determinación que le sorprendió a sí misma, abrió el libro.
Las páginas se desplegaron con un susurro suave, como el aletear de alas de murciélago.
El olor que emanó de ellas era intenso, una mezcla de especias antiguas, hierro oxidado y algo dulce, casi empalagoso, que le recordó a la sangre seca.
Las ilustraciones eran aún más detalladas de cerca, más perturbadoras.
Los mapas celestes no mostraban las constelaciones conocidas; en su lugar, representaban configuraciones estelares desconocidas, alineaciones imposibles que sugerían un conocimiento astronómico muy anterior, o muy posterior, a la época actual.
Los diagramas anatómicos eran grotescos en su precisión: cuerpos humanos diseccionados, pero con órganos rearmados, conectados por tubos y raíces que se entrelazaban con símbolos alquímicos.
Y el texto... el texto era indescifrable.
Una escritura fluida, elegante, compuesta de caracteres que parecían letras latinas deformadas, mezcladas con signos geométricos y runas que le resultaban vagamente familiares, como recuerdos de un sueño olvidado.
Beatriz pasó las páginas con cuidado, estudiando cada detalle.
En una de las páginas centrales, encontró una ilustración que la dejó sin aliento.
Representaba la Catedral de Toledo, pero no como era ahora, sino como podría haber sido en sus orígenes, o quizás como sería en un futuro lejano.
Sobre la catedral, flotaba un ojo gigante, abierto, rodeado de llamas negras.
Y debajo del ojo, una inscripción en latín, escrita con una tinta roja que parecía fresca, húmeda:
"Oculus videt omnia. Sanguis clamat vindictam."
El ojo lo ve todo. La sangre clama venganza.
Un escalofrío recorrió su espalda. ¿Venganza?
¿De quién? ¿Contra quién? Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar, pero formaban una imagen tan monstruosa que se negaba a aceptarla por completo.
Pensó en su padre, en su comportamiento extraño, en la conversación que había escuchado en la biblioteca.
Pensó en fray Anselmo, en su advertencia críptica.
Pensó en la figura de la cripta, en esa máscara de hueso y esas garras.
Todo estaba conectado. Todo giraba alrededor de este libro, de este secreto enterrado bajo la catedral, de esta verdad prohibida que alguien estaba dispuesto a matar para proteger, o para revelar.
De repente, un ruido proveniente del pasillo la hizo tensarse.
Pasos. Ligeros, rápidos. Alguien se acercaba a su habitación.
Beatriz apagó la vela de un soplo, sumiendo la estancia en la oscuridad, y escondió el libro bajo la almohada, cubriéndolo con las sábanas.
Se metió en la cama, fingiendo dormir, con el corazón martilleando contra sus oídos.
Los pasos se detuvieron frente a su puerta.
Hubo un silencio prolongado, tenso. Luego, el pomo de la puerta giró lentamente.
La puerta estaba cerrada con llave, pero eso no detuvo al intruso.
Oyó el sonido metálico de una ganzúa trabajando en la cerradura, un rasgueo suave, profesional.
En cuestión de segundos, el mecanismo cedió.
La puerta se abrió con un chirrido apenas audible.
Una figura entró en la habitación. Era pequeña, ágil.
Beatriz reconoció la silueta incluso en la oscuridad.
Era Inés, su doncella. Pero no se movía como la Inés que conocía.
Sus movimientos eran rígidos, mecánicos, desprovistos de la torpeza habitual de la mujer mayor.
Avanzó hacia la cama, deteniéndose junto al borde.
Beatriz contuvo la respiración, manteniendo los ojos cerrados, simulando un sueño profundo.
Inés se inclinó sobre ella. Beatriz pudo sentir su aliento, frío y con olor a hierbas amargas, rozando su rostro.
La doncella extendió una mano y apartó suavemente las sábanas, buscando algo.
Sus dedos rozaron la almohada, palpando la forma rectangular oculta debajo.
Beatriz sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. Si Inés encontraba el libro...
Pero la doncella no lo tomó. En su lugar, retiró la mano y se enderezó.
Permaneció inmóvil durante unos segundos, como si estuviera escuchando algo que Beatriz no podía oír.
Luego, sin hacer ningún ruido, salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con la misma suavidad con la que la había abierto.
Beatriz esperó varios minutos antes de atreverse a moverse.
Cuando finalmente abrió los ojos, la habitación estaba vacía, sumida en la penumbra azulada de la madrugada.
Se incorporó, temblando, y sacó el libro de bajo la almohada.
Lo miró a la luz de la luna. Parecía inofensivo ahora, un simple objeto antiguo.
Pero ella sabía la verdad. Inés lo había buscado.
Inés, la mujer que la había criado, que la había consolado en sus noches de miedo infantil, que le había contado cuentos de hadas junto al fuego... Inés era parte de esto.
La traición dolía más que el miedo. Dolía como un cuchillo clavado en el alma, desgarrando los últimos hilos de confianza que le quedaban.
Beatriz abrazó el libro contra su pecho, sintiendo su calor extraño penetrar en su carne.
Ya no tenía a nadie. Ni a su padre, ni a su tía, ni a su doncella.
Estaba sola contra un mundo de sombras y mentiras.
Pero en esa soledad, nació algo nuevo. Una frialdad determinante, una claridad cruel.
Si querían el libro, tendrían que arrancárselo de las manos muertas.
Y mientras tanto, ella lo leería. Descifraría sus secretos.
Aprendería su poder. Porque si la sangre clamaba venganza, ella sería la voz que gritara esa venganza.
Abrió el libro de nuevo, pasando las páginas hasta encontrar un diagrama que le llamó la atención.
Era un mapa de Toledo, pero no un mapa geográfico.
Era un mapa energético, con líneas de fuerza que convergían en puntos específicos de la ciudad: la Catedral, el Alcázar, la Sinagoga del Tránsito, y.
… el palacio de los Alarcón. En el centro de todas esas líneas, marcado con una cruz roja, estaba la cripta que había visitado esa noche.
Junto a la cruz, una nota marginal, escrita en una letra diferente, más apresurada, más desesperada:
"La llave no es de metal. La llave es de sangre. La heredera debe derramarla para abrir la puerta final."
Beatriz cerró el libro de golpe. Sus manos temblaban, pero ya no era de miedo. Era de rabia. De una rabia antigua, profunda, que ardía en su vientre como un fuego negro.
Ella era la heredera. Ella era la llave. Y estaba dispuesta a usarla.