El secreto de la Catedral Fortaleza Capítulo 41 La Boca del Agua
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Capítulo 41 La Boca del Agua

Oliver pasó la mano por la losa circular de hierro, retirando con cuidado la arena acumulada en los bordes. El símbolo de las tres olas, idéntico al de la moneda, apareció completo.

—No hay duda —murmuró—. Esta es la entrada.

Teresa observó alrededor. La Plaza Campoamor estaba casi desierta; solo el murmullo lejano del tráfico y el tintinear suave de los candados del amor rompiendo el silencio. El bajorrelieve de San Valentín, parecía mirarles con una serenidad impostada.

—Todo encaja demasiado bien —dijo ella—. El amor santo arriba… y el acceso real al aljibe aquí, oculto bajo una leyenda cómoda.

Oliver busco algo para hacer palanca de su maletín. Introdujo la punta en la ranura apenas visible de la losa y ejerció presión con cuidado. El metal respondió con un gemido seco. Durante unos segundos no ocurrió nada, hasta que un chasquido resonó bajo sus pies.

La tapa cedió unos centímetros.

Un aire frío y húmedo emergió desde el interior, con un olor antiguo, mezcla de tierra mojada, cal y piedra cerrada durante siglos.

—Es profundo —dijo Oliver, asomándose con cautela—. Y sigue en uso pasivo. El aljibe aún respira.

Teresa encendió la linterna de su móvil y apuntó hacia el interior. Un conducto de ladrillo descendía en vertical antes de curvarse suavemente hacia el interior, en dirección clara a la Catedral.

—Esto no es un acceso improvisado —afirmó—. Es ingeniería hidráulica medieval. Quien lo diseñó sabía exactamente lo que hacía.

Oliver asintió.

—Y sabía que algún día alguien tendría que entrar sin levantar sospechas.

Un ruido metálico los sobresaltó. Pasos. Alguien cruzaba la plaza.

Un hombre pasó sin detenerse, hablando por el móvil, ajeno a la historia que se abría bajo sus pies. Cuando el sonido se perdió calle abajo, Teresa respiró hondo.

—No podemos bajar ahora —susurró—. Es demasiado visible.

Oliver cerró con cuidado la losa, dejándola exactamente como estaba.

—No —dijo—. Pero ya sabemos por dónde entra el agua… y por dónde entra la verdad.

Se quedaron unos segundos en silencio, mirando la plaza como si acabaran de verla por primera vez. Oliver levantó la vista hacia la silueta oscura de la Catedral, apenas visible entre los edificios.

—El aljibe conecta el exterior con el corazón del Patio de Armas —continuó—. Si la Sabiduría está sellada ahí abajo, no se accede desde la fe, sino desde la ciudad.

Teresa cerró su cuaderno con decisión.

—Entonces el siguiente paso no está bajo la Catedral —dijo—. Está en entender cuándo y cómo se usaba este acceso. Horarios, rituales, agua… y silencio.

Oliver asintió lentamente.

—Y eso significa volver a los archivos —añadió—. Pero no a los eclesiásticos.

Teresa lo miró, comprendiendo al instante.

—A los municipales —dijo—. Obras, conducciones, reformas urbanas. Donde la Iglesia no miró… o prefirió no mirar.

Ambos se alejaron de la plaza sin mirar atrás. Bajo Campoamor, el aljibe seguía lleno. No de agua, sino de una espera paciente.

El subsuelo, una vez más, había empezado a hablar.