Capítulo 32 Epilogo
Los chicos del Café Romance cargaban alimentos sencillos en el coche de Isabela —pan, aceitunas, una botella de vino tinto—, mientras las hermanas Bela se despedían con abrazos efusivos de las chicas y chicos que habían sido su refugio en Roma.
—¿A dónde irán ahora? —preguntó Trisha, con los ojos brillantes de curiosidad.
—No importa —respondió Anaís, sonriendo—. Si pasan por aquí de nuevo, vengan por un café y cuéntennos sus historias.
Todos asintieron, sus risas llenando el aire cálido de la mañana romana. Trisha mencionó que la Stanza Rossa se convertiría en un santuario para otras mujeres, y Anaís prometió mantener el café abierto: un faro para los perdidos.
Las hermanas subieron al auto. Fernabela hablaba con Fernando por teléfono; su voz sonaba más luminosa, aunque aún estaba cargada de secretos. No le había contado todo, solo que Isabela había sido testigo protegido en un caso crucial.
—¿Le contarás todo algún día? —preguntó Isabela, inquieta, mientras conducía.
—Aún no lo sé —admitió Fernabela, mirando el Tíber brillar a lo lejos—. Supongo que mi viaje personal aún no ha terminado.
—¿Significa que podemos seguir viajando juntas? —preguntó Isabela con un destello de ilusión.
—Hagámoslo —respondió Fernabela, poniéndose las gafas de sol.
Destaparon una lata de cerveza y brindaron por su reencuentro, mientras Roma comenzaba a desvanecerse en el retrovisor.
* * *
En ese mismo momento, Ezio contemplaba la ciudad desde el Edificio Romance, bajo un cielo de verano que ardía como el sol de las hermanas Bela. A su lado, Mellrrick y Olivier compartían pan recién horneado, mantequilla y jugo de frutas; el aroma llenaba el aire.
Sobre la mesa descansaban dos tarjetas magnéticas negras: las de las hermanas Bela. La rosa y la llave habían sido reemplazadas por sus nombres, grabados en letras doradas. Ezio las observó con dulzura.
—Lo hiciste bien, Ezio —dijo Mellrrick, con una sonrisa tan cálida como el sol—. La Stanza Rossa es un lugar de transformación. Ustedes le dan vida para aquellos que realmente lo necesitan.
—No sabía si lo lograríamos —admitió Ezio, el "Príncipe de Roma", con voz suave.
—No siempre está claro si saldrás de la oscuridad, amigo mío —respondió Mellrrick—. Pero creo en algo: en un mundo donde los monstruos son reales, se necesitan príncipes reales como tú, Ezio.
Ezio lo miró con gratitud, con los ojos aún marcados por el recuerdo de Ludovica. Olivier alzó su copa y su voz resonó en la azotea:
—¡Salud por aquellos a quienes ayudamos!
Bajo el cielo romano, los tres amigos compartieron el sol, y sus risas fueron un eco de redención. Mientras tanto, las hermanas Bela conducían hacia una nueva ciudad europea, con el Tíber brillando a sus espaldas. Por ahora, el camino era suyo, y eso era lo único que importaba.
FIN