EL SALÓN DE LOS ECOS SEGUNDA PARTE (Cuentos, Teatro y Literatura Escénica nº 4) 3
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El mapa del espejo comenzó a apagarse lentamente. La ciudad interior no desapareció por completo, pero sus líneas se replegaron como venas bajo la piel. Antes de ocultarse, una zona central emitió una luz blanca muy tenue.

Alira la vio.

—¿Qué es eso?

Lio respondió:

—El corazón transparente.

Dalia bajó la voz:

—¿De Vitrium?

—Sí.

Maeron se quedó inmóvil.

—Creíamos que el corazón simbólico de Vitrium era el Cristal Mayor del Salón.

—El Salón escucha —dijo Lio—. El corazón sostiene.

La frase abrió otra diferencia.

El Salón sin puertas era memoria, custodia, escucha.

Pero bajo la ciudad existía algo más antiguo: un núcleo que sostenía la resonancia misma de Vitrium. Si ese corazón estaba afectado por las voces enviadas, rotas o no integradas, entonces el apagamiento de los cristales no era un fenómeno parcial. Era una enfermedad profunda de la ciudad.

Alira lo comprendió con una mezcla de miedo y certeza.

Vitrium no se apagaba porque algunas verdades hubieran vuelto.

Se apagaba porque demasiadas verdades habían sido expulsadas del lugar donde debían integrarse.

—Tenemos que llegar al corazón —dijo.

Lio respondió:

—Antes tendréis que cruzar sus cristales.

—¿Qué cristales?

—Verdades difíciles.

El espejo mostró destellos sucesivos.

Un cristal que revelaba personas buenas participando en sistemas injustos.

Otro, el puente de Lúmina como unión y separación.

Otro, una escuela donde se enseñaba a hablar correctamente para no decir nada peligroso.

Otro, canales llenos de canciones cansadas.

Otro, un espejo donde Alira se veía a sí misma.

Ella sintió un escalofrío.

—¿Yo?

Lio no respondió enseguida.

Después dijo:

—Quien escucha también puede equivocarse.

Nadrin miró a Alira.

No con burla.

Con seriedad.

—Eso también habrá que cruzarlo.

Alira asintió.

Le dolió menos de lo que esperaba.

Quizá porque ya había aprendido que la verdad no era una herramienta para señalar solo a otros. Si ella iba a guiar el descenso, también tendría que aceptar ser mirada.

La esfera empezó a latir con menos fuerza.

La luz de Lio se hizo pequeña de nuevo.

—Me canso.

Dalia acercó el cuenco azul.

—Descansa en la parte que puede descansar.

—No sé.

—Aprenderemos.

El cuenco emitió una vibración baja.

Lio susurró:

—No dejéis que vuelvan a cerrar la cámara.

Alira respondió:

—No.

La sombra murmuró:

Promesa.

Alira corrigió:

—Medida. Testigos. Registro. Presencia. Espejo. Canción. Custodia abierta.

La sombra no respondió.

Nadrin miró a Alira.

—Eso ha sido menos bonito que una promesa.

—Mejor.

—Sí.

La luz de Lio se estabilizó.

Alira se levantó.

Sus piernas estaban cansadas. No recordaba cuándo había dormido por última vez.

Pero sentía que la novela de su vida, si una vida pudiera tener capítulos, acababa de entrar en una parte nueva.

Hasta entonces había buscado voces perdidas en cristales, corredores, puentes, cámaras y recuerdos.

Ahora debía atravesar la ciudad interior, ese lugar donde cada cristal no mostraría solo lo que otros habían hecho, sino aquello que Vitrium entera no quiso saber de sí misma.

Nadrin recogió dos espejos rotos del suelo y los colocó en su carro.

—Necesitaremos más.

Dalia cerró el cuenco.

—Necesitaremos canciones que no quieran sonar bonitas.

Selbia ordenó las láminas.

—Necesitaremos palabras exactas.

Maeron apoyó el sello contra el pecho.

—Necesitaremos asumir que el Salón no está por encima de la ciudad interior.

Ardel, desde el umbral, escribió con esfuerzo en una pequeña tablilla:

NO BAJAR SOLOS.

Alira leyó la frase.

—No lo haremos.

Seria añadió:

—Y Casa Lúmina tendrá que abrir no solo esta cámara, sino sus archivos.

Nadrin la miró.

—Empiece por los de Sira.

—Sí.

La esfera quedó detrás del círculo de custodia abierta. Lio latía dentro, acompañada por el espejo de Sira y el cuenco azul. La Sombra Opaca permanecía allí, rodeándola sin poder cubrirla del todo.

Alira se acercó por última vez antes de subir.

—Volveremos con lo necesario para entrar en la ciudad interior.

Lio respondió, casi dormida:

—No busquéis solo mi nombre.

Alira se detuvo.

—¿Qué debemos buscar?

La voz tardó en llegar.

—Lo que lo rompió.

La cámara quedó en silencio.

No un silencio dañino.

Un silencio de espera.

Alira salió por la puerta baja, atravesó de nuevo las galerías y subió hacia la puerta lateral de Casa Lúmina. Cuando el sol de la mañana tocó su rostro, Vitrium parecía igual que siempre: torres brillantes, canales claros, puentes elevados, voces de mercado, campanas limpias.

Pero ahora Alira sabía que bajo aquella belleza existía otra ciudad.

Una ciudad interior.

Más antigua que las casas fundadoras.

Más profunda que los registros del Salón.

Una ciudad donde cada cristal revelaría una verdad difícil.

Y en algún lugar de ese entramado, escondido no solo por una esfera sino por todo lo que Vitrium no quiso saber, esperaba el nombre largo de Lio.

Alira miró el cielo transparente.

Después miró el suelo.

Por primera vez, comprendió que el viaje no consistiría en subir hacia más luz.

Consistiría en bajar hasta el lugar donde la luz había sido separada de sus sombras.

Y aprender allí si una ciudad de cristal podía seguir llamándose transparente después de mirarse entera.