Capítulo 23 — La escalera de las palabras rotas #3
—Gracias luego. Ahora camine.
Dalia murmuró:
—Ese chico está educando al cristal.
Continuaron descendiendo.
La escalera terminó ante un rellano semicircular. Allí no había más frases talladas en peldaños. Había una pared entera cubierta de palabras partidas. Miles. Superpuestas. Algunas antiguas. Otras recientes. Algunas apenas visibles. Otras profundas como heridas.
No digas.
No viste.
No recuerdes.
No conviene.
No exageres.
No entiendes.
No hagas daño.
No preguntes.
No nombres.
No remuevas.
No es asunto tuyo.
No fue así.
No era nadie.
No importa.
No procede.
No consta.
No hay prueba.
No hay registro.
No hay voz.
Alira se quedó mirando las últimas tres.
No hay prueba.
No hay registro.
No hay voz.
La sombra había aprendido a hablar como archivo.
Selbia palideció.
—Esas son fórmulas de inadmisión.
Nadrin la miró.
—¿De qué?
—Frases usadas para cerrar solicitudes antiguas. Si algo no constaba, se decía que no podía tramitarse. Si no había registro, se decía que no había base. Si no había voz formal, se decía que no había testimonio.
Dalia señaló la pared.
—Y si habían robado la voz antes, ya estaba todo arreglado.
El cristal gris brilló con una luz dolorosa.
Alira avanzó hacia la pared.
La llave de Elionor se calentó.
—Esta pared no está hecha solo de palabras rotas.
Maeron se acercó.
—¿De qué más?
Alira tocó la frase No hay voz.
Desde el otro lado llegó un sonido mínimo.
Un hilo.
Una sílaba.
Lio.
Nadrin levantó el espejo.
La pared reflejada no estaba cubierta de frases.
Estaba cubierta de bocas cerradas.
No rostros completos.
Bocas.
Algunas infantiles.
Algunas adultas.
Algunas ancianas.
Todas selladas por líneas oscuras.
El espejo tembló en sus manos.
—Aquí las cortaban antes de llegar a la cámara.
Seria Lúmina se cubrió la boca.
—No…
Nadrin se volvió hacia ella.
—Cuidado con esa palabra.
Seria bajó la mano.
No dijo nada más.
Alira apoyó la llave contra la frase No hay voz.
—Sí hay voz.
La pared respondió con un golpe sordo.
La sombra habló, esta vez más claramente:
La verdad divide.
La frase no pertenecía a las anteriores.
Era más profunda.
Más completa.
Una de las primeras frases centrales de la Sombra Opaca.
Alira sintió que todos se detenían.
La verdad divide.
Era la justificación mayor.
La que estaba bajo todas las demás.
No digas, porque la verdad divide.
No viste, porque la verdad divide.
No recuerdes, porque la verdad divide.
No conviene, porque la verdad divide.
No exageres, porque la verdad divide.
No nombres, porque la verdad divide.
Nadrin dio un paso adelante.
El espejo de Sira reflejó su rostro junto al de su madre.
—No —dijo.
La sombra se agitó.
—La mentira ya nos había dividido.
El cristal gris brilló.
Nadrin continuó:
—La verdad solo muestra dónde.
La pared entera tembló.
Alira sintió que aquella frase no pertenecía solo a Nadrin. Pertenecía a Sira, a Lio, a Elionor, a todos los que habían sido llamados exagerados, confundidos, imprudentes o peligrosos por decir lo que otros necesitaban ocultar.
La sombra retrocedió.
Las palabras rotas no desaparecieron, pero empezaron a agrietarse.
No hay voz se partió.
Detrás apareció una rendija.
Pequeña.
Roja oscura.
Viva.
La voz de Lio surgió de nuevo:
Aquí.
Esta vez sonó más cerca.
Ardel cayó de rodillas.
La muesca de Casa Lúmina en su muñeca se abrió como una línea de luz gris dorada.
Maeron lo sostuvo.
Dalia volvió a cantar.
Selbia escribió con rapidez, aunque las manos le temblaban:
La pared de palabras rotas oculta acceso inferior. Frase matriz de la sombra: “La verdad divide.” Respuesta de Nadrin: “La mentira ya nos había dividido. La verdad solo muestra dónde.” Efecto: apertura de rendija hacia cámara inferior. Voz de Lio más próxima.
Alira miró la rendija.
No era suficiente para pasar.
Todavía.
Pero ya no estaban frente a una pared cerrada.
Estaban frente a una mentira herida.
Nadrin guardó el espejo de Sira contra su pecho.
—Estamos cerca.
Alira sostuvo la llave.
—Sí.
Dalia observó las palabras rotas que se agrietaban lentamente.
—Y ahora la sombra sabe que no le creemos.
Desde el otro lado de la pared llegó un movimiento oscuro.
No de retirada.
De preparación.
La escalera había terminado.
La cámara no estaba aún abierta.
Entre ellos y Lio quedaba una última capa: las mentiras con forma de cristal.
Alira lo sintió antes de verlo.
Más abajo, detrás de la rendija roja, algo brillaba falsamente.
Como una promesa que nunca tuvo intención de cumplirse.
Como un perdón sin arrepentimiento.
Como una gratitud obligada.
Como una canción usada para tapar el miedo sin proteger a nadie.
La Sombra Opaca no solo había roto palabras.
También había aprendido a fabricar luces falsas.
Y el siguiente descenso les obligaría a distinguir, en medio del brillo, qué era verdad y qué era imitación.
Nadrin miró a Alira.
—Ahora vienen los cristales mentirosos, ¿verdad?
Alira no apartó la vista de la rendija.
—Sí.
La voz de Lio susurró desde abajo:
No todos los brillos salvan.
Y la pared de palabras rotas, agrietada pero aún en pie, dejó pasar una luz falsa desde la profundidad.