EL SALÓN DE LOS ECOS PRIMERA PARTE (Cuentos, Teatro y Literatura Escénica nº 3) Capítulo 2 — Los cristales que recuerdan #3
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Capítulo 2 — Los cristales que recuerdan #3

Los cristales, en cambio, entregaban verdades que no siempre podían presentarse como pruebas.

Alira se levantó despacio.

Tomó la lámina de registro y escribió:

El Cristal Mayor ha respondido. Mensaje recibido: “La ciudad habla. Pero ya no escucha.”

Se detuvo.

La frase parecía imposible.

Y, sin embargo, era exacta.

Entonces el suelo vibró suavemente.

No fue una amenaza. Fue una llamada.

Alira miró hacia el ala sur.

Casi nunca iba allí durante las rondas ordinarias. El ala sur guardaba emociones que pertenecían a personas que ya no vivían en Vitrium o que habían sido olvidadas por la ciudad. Los guardianes la llamaban la zona de los ecos lejanos. Su abuela la llamaba, simplemente, la zona de los que esperan.

Alira dudó.

La tarde estaba avanzando. El Consejo llegaría pronto. No debía internarse en el ala sur sin compañía.

Pero el suelo volvió a vibrar.

Esta vez no fue el Salón entero.

Fue la llave que llevaba al cuello.

Alira la tomó entre los dedos.

El cristal lechoso estaba tibio.

—¿Abuela? —susurró, aunque sabía que no debía llamar así a una resonancia.

La llave emitió una luz breve, dirigida hacia el corredor sur.

Alira obedeció.

El ala sur era más silenciosa que las demás.

No un silencio muerto, sino un silencio de espera prolongada.

Los cristales allí eran menos brillantes, más profundos.

Algunos parecían contener niebla. Otros guardaban pequeñas chispas que se movían como luciérnagas encerradas.

Alira avanzó hasta una hornacina donde nunca antes se había detenido.

Había un cristal cubierto por un velo de polvo.

Eso tampoco era normal.

El Salón no acumulaba polvo común. Sus superficies permanecían limpias por una especie de respiración interna. Si un cristal estaba cubierto, era porque llevaba mucho tiempo fuera de la atención de los guardianes.

Alira sopló suavemente.

El polvo no se movió.

Lo tocó.

Entonces el velo se deshizo como ceniza blanca.

Debajo apareció un cristal transparente con una grieta dorada en el centro.

No estaba apagado.

No estaba dormido.

Estaba esperando.

Alira apoyó la palma.

La emoción llegó con tanta fuerza que tuvo que cerrar los ojos.

Una voz sin palabras la envolvió.

No era una voz conocida, pero traía una ternura antigua, una tristeza contenida y una firmeza que le recordó a su abuela.

Apareció una imagen borrosa: una mujer joven entregando una llave de cristal a otra persona.

Un Salón más pequeño. Una ciudad menos brillante.

Una noche sin luna. Y, al fondo, una figura oscura alejándose por un puente.

La imagen se quebró.

El cristal dejó una sola sensación en la mano de Alira.

Advertencia.

Después, en su superficie, aparecieron tres palabras.

Busca a Nadrin.

Alira retiró la mano.

Conocía ese nombre.

Todo Vitrium lo conocía.

Nadrin, el vendedor de espejos rotos.

El muchacho que se reía de los guardianes.

El que decía que el Salón no guardaba la verdad, sino solo las verdades que la ciudad estaba dispuesta a soportar.

Alira había discutido con él más de una vez en el mercado. Lo consideraba insolente, injusto, demasiado orgulloso de su desprecio. Pero ahora un cristal olvidado del ala sur acababa de escribir su nombre.

La joven sintió que la historia se abría bajo sus pies.

No como una puerta.

Como una grieta.

Desde el círculo central llegó una campanada interior.

El Consejo de Guardianes estaba entrando en el Salón.

Alira guardó la lámina, cubrió de nuevo el cristal con cuidado y salió del ala sur sin correr, aunque todo en ella quería hacerlo.

Mientras regresaba al centro, una certeza empezó a formarse en su interior.

Los cristales no solo recordaban lo que la ciudad había sido.

También recordaban lo que la ciudad había decidido no mirar.

Y si el nombre de Nadrin había surgido desde una zona olvidada del Salón, quizá el muchacho de los espejos rotos no era una amenaza para la verdad.

Quizá era una parte de la verdad que Vitrium había dejado fuera.

Cuando Alira llegó al círculo central, tres guardianes mayores la esperaban junto al Cristal Mayor.

Sus túnicas grises reflejaban la luz con severidad. El más anciano, llamado Maeron, sostenía un bastón de cristal negro. A su lado estaban Selbia, guardiana de los registros, y Orant, custodio del ala norte.

Maeron miró la lámina que Alira llevaba en la mano.

—Has vuelto al Salón antes de la ronda oficial.

No era una pregunta.

Alira inclinó la cabeza.

—Sí.

—¿Por qué?

Ella levantó la vista hacia el Cristal Mayor.

La pequeña opacidad seguía allí.

—Porque los cristales están intentando recordar algo que nosotros hemos olvidado.

Los tres guardianes guardaron silencio.

Durante un instante, Alira creyó que la reprenderían.

Pero fue peor.

Maeron miró el Cristal Mayor, luego la lámina, luego a ella.

Y dijo con voz baja:

—Entonces ya ha empezado.

El Salón entero pareció escuchar aquellas palabras.

Y, en algún lugar profundo del ala oeste, el cristal apagado emitió un sonido mínimo.

No llegó a ser luz.

No llegó a ser música.

Pero fue suficiente para que Alira comprendiera que incluso lo que parecía perdido seguía buscando una forma de regresar.