14. El archivo #2
—No. Lo he llamado porque sospecho que usted ya estaba en esta historia antes de que yo supiera siquiera que existía.
León no respondió de inmediato.
—Eso, por desgracia, no excluye a nadie.
Inés dejó escapar una exhalación lenta.
—Quiero saber si estoy interpretando correctamente lo que tengo delante o si llevo horas obedeciendo a una inteligencia que me aventaja.
León apoyó la mano sobre la libreta.
—Lo incompleto obliga a continuar. Ésa es su forma favorita de control.
—¿Y hacia dónde conduce?
León miró hacia la puerta otra vez, con esa atención lateral de los hombres que se han acostumbrado a desconfiar sin hacer de ello un espectáculo.
—A alguien. O a algo que se sirve de alguien. A estas alturas, no me atrevería a ser más generoso con la precisión.
La respuesta no tranquilizó a Inés, pero le ofreció algo mejor: una medida honesta de la oscuridad.
—¿Ha conocido usted a alguien así? —preguntó.
León dudó apenas.
—He conocido a alguien que no necesitaba figurar en ningún sitio y que, sin embargo, aparecía donde hacía falta. O donde convenía.
—¿Cómo se hacía llamar?
León sostuvo el auricular con firmeza.
—Strappo.
El silencio cayó con tal densidad que hasta el zumbido de la línea pareció retroceder.
—¿Como la técnica de desprendimiento mural? —dijo Inés, asombrada—. Eso no parece un nombre.
—No lo es. O no del todo.
—Entonces puede que no estemos siguiendo a una persona.
León se pasó la mano por el cabello otra vez.
—Puede que estemos siguiendo un rastro que aprendió a comportarse como una persona. O puede que estemos siguiendo a personas que hace tiempo renunciaron a merecer el singular.
La frase quedó suspendida con un filo que ninguno de los dos intentó limar.
Inés permaneció unos segundos en silencio después de oír en la voz de León esa gravedad contenida con la que algunos hombres intentan domesticar el desconcierto sin conseguirlo del todo.
Ya no estaba hablando con un desconocido al que se le pide orientación por gentileza profesional: estaba con alguien que, aun desde el otro lado del océano, comenzaba a respirar dentro del mismo mecanismo opaco que la había venido cercando desde hacía días.
Ambos habían sido empujados hacia un punto de cruce cuya existencia ignoraban hasta el momento exacto de pisarlo.
Apoyó la mano sobre la mesa, cerca de la carta que había dejado abierta desde la mañana, y sintió otra vez esa irritación casi física que le producía su sola presencia.
Se trataba de uno de esos objetos que renuncian muy pronto a la neutralidad y pasan a instalarse en la percepción con una persistencia ofensiva y amenazante.
El verdadero contenido parecía estar escrito más en el modo en que alteran la respiración de quien los mira que en la propia tinta.
—No encontré sólo su nombre entre los papeles del profesor —dijo al fin, con un acto de confesión de quien ya ha entendido que toda vacilación empieza a parecer una forma de complicidad—. Antes de eso recibí una misiva en el taller.
León no dijo nada, pero su silencio ya no era cautela, era atención plena.
—No llegó por correo —continuó Inés—, no hubo sello, ni sobre con trayecto verificable, ni siquiera el consuelo vulgar de una procedencia. Estaba ahí, apoyada contra la puerta, con una presencia casi insolente.
León sostuvo el auricular con más firmeza, sin nerviosismo, porque ciertas frases exigen una forma física de sostén, aunque uno no crea demasiado en esas teatralidades del cuerpo.
—¿Y qué decía?
Inés dejó que la mirada descendiera hacia la hoja. No necesitaba releerla, sólo comprobar hasta qué punto la recordaba de memoria.
—Era breve —dijo—, demasiado breve para ser casual y demasiado aguda para ser un simple desvarío. No estaba escrita para explicar nada. Estaba para empujar. Mencionaba el norte argentino. Mencionaba a la familia Pedersen. Decía que custodian obras que reclaman atención.
La palabra quedó suspendida entre ambos con un peso particular.
—¿Custodian? —repitió León, y en la forma en que pronunció el verbo hubo algo más que interés: una reminiscencia antigua, la sensación desagradable de volver a encontrarse con una palabra que ya había escuchado antes, aunque no lograra recordar dónde, perteneciente a ese vocabulario turbio que, poco a poco, comenzaba a organizar su realidad utilizando términos que nunca había elegido aprender.
—Sí —respondió Inés—. Y no decía “poseen”, ni “guardan”, ni “tienen”. Decía “custodian”, que es una palabra bastante menos inocente de lo que parece cuando se la deja sola en una frase.
León dejó pasar unos segundos antes de responder.
—Custodiar no implica pertenencia —dijo al fin—. Implica responsabilidad, o simulacro de responsabilidad. A veces también implica encierro.
Inés cerró los ojos un instante, porque eso era exactamente lo que la había irritado de la carta desde el primer momento, aunque no hubiera logrado formularlo con esa claridad.
—Eso pensé —murmuró—. O, mejor dicho, eso me molestó pensar.
Porque una cosa es tropezar con una pista, con una rareza, con una mención excéntrica que uno decide investigar por oficio o por obstinación.
Y otra muy distinta es recibir una frase que ya organiza el campo antes de que una pueda decidir si quiere entrar.
León apoyó la mano libre sobre la mesa, al lado de la libreta, para que el simple contacto con los objetos que ya habían entrado en esa historia lo ayudara a no perder el hilo de lo que se estaba revelando.
—¿Había algo más?
Inés soltó una exhalación lenta.
—Sí. La carta terminaba con una frase que, en otro contexto, habría sonado casi bíblica, casi ridícula, si no fuera porque a esa altura ya no me quedaban ganas de burlarme de nada. Decía: “Busque y encontrará”.
León se volvió hacia la ventana porque a veces la inteligencia necesita una superficie exterior donde fingir que se apoya mientras reorganiza el desastre por dentro.
—Eso no es una promesa —dijo—. Es una orden formulada con todo el esmero por hacerla sonar bonita.
Inés sintió una punzada amarga de aprobación.
—Exactamente. Y ésa fue una de las cosas que más rabia me dio, aunque admito que la competencia por ese puesto estuvo bastante reñida.
No era una invitación ni una sugerencia, ni siquiera era una amenaza digna de ese nombre.
Era peor. Era una frase construida para presuponer obediencia sin necesidad de exigirla.
León no pudo evitar una mueca leve, una de esas casi sonrisas que carecen de humor y cargan una forma sofisticada de fastidio.
—La autoridad verdadera suele permitirse ese lujo.
Inés apoyó los dedos sobre el borde de la carta y sintió otra vez la irritación, como un estallido, como un residuo obstinado.
—Lo insoportable es que funcionó —dijo—.
No la obedecí de inmediato, claro. Primero me enojé, después intenté mantenerme dentro de lo razonable, después discutí con un colega que creyó oportuno tratarme como si la serenidad fuese una vacuna contra la evidencia, y finalmente terminé haciendo exactamente lo que esa carta quería que hiciera: seguir el rastro, revisar papeles de Rodari, encontrar su nombre y llamarlo.
León permaneció en silencio. La imagen de la foto que se le había aparecido en el Café de las Ruinas se hizo aún más presente, como un imaginario al que se lo puede palpar, oler y escuchar.
Sin decir nada, comprendió el modo en que la voluntad cree avanzar por decisión propia mientras en realidad va aceptando, con la dignidad maltrecha de los adultos, que alguien ha dispuesto antes las piezas del tablero.
—Entonces la misiva no la informó —dijo al fin—. La orientó.
—Sí —respondió Inés, y en esa sílaba había algo más que asentimiento: había una forma de cansancio—.
Y eso es precisamente lo que me resulta intolerable.
Porque yo puedo aceptar una prueba, un documento, incluso una manipulación si está bien hecha.
Lo que no soporto es la sensación de estar siendo conducida con buenos modales.
León dejó caer la vista sobre la libreta cerrada.
—Quizá porque la carta no estaba pensada para convencerla. Quizá estaba pensada para encontrarla a usted en el punto exacto donde ya no pudiera fingir indiferencia.
Inés no respondió enseguida. Afuera, en la calle, un vehículo pasó con un rumor hueco y cansado, y durante un segundo el taller entero pareció replegarse sobre sí mismo, e incluso el espacio necesitaba escuchar la conclusión de aquello.
—Puede ser —dijo finalmente—. Y si eso es cierto, entonces ya no estamos hablando de información ni de coincidencias. Esto es bastante más irritante.
—¿De qué?
Inés miró la tarjeta con el nombre de León, luego la carta, luego la mesa. Y en esa pequeña geografía del taller empezó a dibujar una puesta en escena ajena que hasta entonces sólo intuía.