El rey sin rostro Capítulo 12. La última declaración
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Capítulo 12. La última declaración

Étienne no durmió aquella noche. La frase encontrada sobre su mesa había convertido la investigación en algo distinto, porque hasta entonces había trabajado con la convicción de que el pasado, por muy fragmentado que estuviera, podía reconstruirse siguiendo las huellas dejadas en los documentos.

Ahora sabía que algunas de aquellas huellas habían sido colocadas deliberadamente para conducirlo en una dirección determinada y que otras habían desaparecido antes incluso de llegar a los archivos donde esperaba encontrarlas.

Permaneció sentado junto a la ventana, con una vela encendida sobre la mesa y el cuaderno abierto delante de él, mientras la ciudad comenzaba a despertar lentamente bajo una lluvia fina.

Volvió a escribir los nombres que ya conocía y añadió otros que Madeleine había mencionado sin explicar del todo su importancia.

Después trazó líneas entre ellos, tachó algunas y volvió a dibujarlas.

Cuando terminó, la página parecía más confusa que al principio, pero una cosa había cambiado: ya no estaba intentando averiguar quién era el hombre muerto.

Estaba intentando descubrir quién había decidido durante años qué debía creer el resto del mundo sobre él.

La primera luz del amanecer encontró a Étienne todavía despierto.

Había comprendido que necesitaba regresar al lugar donde todo había comenzado, no a la Conciergerie, sino al archivo de registros administrativos donde había encontrado la primera anomalía.

Allí esperaba hallar alguna referencia al documento original que nunca había llegado a Versalles.

Sin embargo, antes de salir recordó las palabras de Madeleine y decidió buscar primero a Charles Renard.

Si alguien podía comprender la importancia de aquella ausencia, era el antiguo funcionario que había dedicado años a estudiar los documentos de la antigua administración real.

Lo encontró poco después del amanecer, en una habitación estrecha donde el frío se filtraba por las ventanas y obligaba a mantener una pequeña estufa encendida.

Renard estaba inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y levantó la cabeza con expresión cansada cuando Étienne entró.

—Ha vuelto demasiado pronto —dijo.

—Necesito una respuesta.

—Entonces probablemente ha venido al lugar equivocado.

Étienne colocó sobre la mesa la nota encontrada en su casa.

Renard la leyó una sola vez.

—¿Quién se la dio?

—La encontré en mi mesa.

El anciano levantó la mirada.

—Entonces alguien ha entrado en su casa.

—Sin llevarse nada.

—Eso es precisamente lo preocupante.

Étienne le contó lo sucedido en Saint-Roch y le habló de Madeleine.

No reprodujo todas sus palabras, pero sí las suficientes para que Renard comprendiera que la mujer había decidido revelar una parte de la historia.

Cuando terminó, el anciano permaneció unos instantes en silencio y después se levantó para cerrar la puerta.

—Nunca debió hablar con ella.

—¿Por qué?

—Porque Madeleine no sabe toda la verdad.

—Ella estuvo allí.

—Eso no significa que la conozca.

Renard regresó a la mesa y abrió un cajón. Sacó una carpeta muy deteriorada y la dejó delante de Étienne.

—Hay algo que no le he contado.

Étienne sintió que aquella frase se había convertido en una costumbre entre las personas que rodeaban la investigación.

—¿Qué es?

—Yo vi al niño.

Étienne lo miró fijamente.

—¿En la torre?

—No. En Versalles.

Renard comenzó a hablar con una lentitud que parecía deliberada, como si necesitara recuperar cada recuerdo antes de pronunciarlo.

En 1792 había recibido una orden para revisar determinados documentos relacionados con miembros menores de la familia real y personas vinculadas a ella.

Entre aquellos papeles apareció una referencia a un muchacho cuya existencia no figuraba en los registros ordinarios.

El documento no decía que fuera heredero, ni príncipe, ni siquiera noble.

Lo describía simplemente como un menor cuya identidad debía mantenerse reservada.

Renard había pensado entonces que se trataba de uno de tantos hijos ilegítimos o parientes secundarios que habían sido mantenidos fuera de la vida pública.

Pero unos días después lo vio personalmente.

—¿Dónde?

—En una habitación pequeña, cerca de los antiguos aposentos de servicio.

—¿Quién estaba con él?

—Una mujer.

—¿Madeleine?

Renard negó con la cabeza.

—No.

Étienne se inclinó hacia él.

—¿Quién?

—No llegué a conocer su nombre. Era una mujer joven, vestida como alguien de la pequeña nobleza, pero no llevaba ninguna joya ni símbolo que permitiera identificarla. Lo único que recuerdo con claridad es que el niño tenía miedo.

—¿Le dijo algo?

—Sí.

—¿Qué?

Renard tardó en responder.

—Me preguntó si iba a llevarme su nombre.

Étienne sintió un escalofrío.

—¿Su nombre?

—Eso dijo.

—¿Cuál era?

Renard negó lentamente con la cabeza.

—No me lo dijo. O quizá yo no quise escucharlo.

—¿Por qué?

—Porque comprendí que aquel niño había aprendido demasiado pronto que un nombre podía convertirse en una condena.

Étienne permaneció en silencio. Renard abrió la carpeta y sacó una hoja doblada varias veces. El papel estaba deteriorado, pero la escritura todavía podía leerse.

—Esta es una copia de la declaración que hice años después.

Étienne la examinó.

—Aquí dice que nunca vio al niño.

—Exactamente.

—Pero acaba de decirme que lo vio.

—Lo vi.

—Entonces alguien modificó su declaración.

—No. Yo la modifiqué.

Étienne levantó la cabeza.

Renard no apartó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque me obligaron.

—¿Quién?

—El hombre que tenía autoridad sobre mí.

—¿Nombre?

—No importa.

—Sí importa.

—Ahora sí.

Renard apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Aquella noche entendí que no estaban intentando proteger solamente al niño.

Estaban protegiendo a todos los adultos que habían participado en su ocultación.

Algunos habían cometido delitos. Otros habían mentido.

Otros simplemente habían obedecido. Si la verdad salía a la luz, no habría una sola persona responsable. Habría decenas.

Étienne recordó la explicación de Madeleine. Una conspiración sin centro. Una red formada por decisiones individuales.

—¿Y el hombre de la Conciergerie?

Renard bajó los ojos.

—Él sabía quién había dado la primera orden.

—¿Quién?

—No puedo decírselo.

—¿Porque tiene miedo?

—Porque no estoy seguro de que el hombre que dio aquella orden fuera realmente quien creemos.

Aquella respuesta sorprendió a Étienne.

—¿Qué significa?

Renard abrió otra carpeta. Dentro había una copia de un registro de 1792.

Étienne reconoció inmediatamente el formato, pero no el nombre que aparecía en la parte superior.

Era una orden de protección de un menor.

La firma pertenecía a un funcionario relacionado con la antigua administración real.

Sin embargo, junto a ella había una anotación posterior, escrita por otra mano: “La orden se mantiene por razones de Estado.”

—Eso es imposible —dijo Étienne.

—¿Por qué?

—Porque en 1792 ya no existía esa autoridad.

—Exactamente.

Étienne volvió a leer la frase.

—Entonces alguien continuó utilizando el lenguaje de la monarquía después de su caída.

—Sí.

—¿Para qué?

—Para que los documentos parecieran proceder de una autoridad que ya no existía.

Étienne comprendió la profundidad de la manipulación.

No se trataba solamente de borrar nombres.

También habían creado documentos que imitaban el lenguaje y los procedimientos de la antigua administración para hacer creer que determinadas decisiones pertenecían al pasado, cuando en realidad habían sido tomadas después de la Revolución.

Así podían ocultar la responsabilidad de quienes continuaban protegiendo al niño.

—¿Quién tenía acceso a los sellos?

—Muchas personas.

—¿Y quién sabía utilizarlos?

—Muy pocas.

Renard señaló una pequeña marca situada junto a la firma.

—Esta.

Étienne la reconoció inmediatamente. La misma corona que había visto en la llave. La misma que aparecía en los documentos de traslado. La misma que estaba presente en las copias que Madeleine había conservado.

—No era un sello real —dijo Renard—. Era una marca privada utilizada por quienes participaban en aquella operación.

—¿Operación?

—Así la llamaban.

—¿Proyecto Arca?

Renard levantó la cabeza de golpe. Por primera vez Étienne vio auténtico miedo en su rostro.

—¿Quién le ha hablado de ese nombre?

—Estaba escrito en un documento.

—¿Dónde?

—En una declaración que me dio Madeleine.

Renard cerró los ojos.

—Entonces ya sabe demasiado.

—¿Qué era el Proyecto Arca?

El anciano tardó unos segundos en responder.

—No era el nombre de una conspiración.

—¿Qué era entonces?

—El nombre que utilizaron para referirse al conjunto de documentos, personas y lugares destinados a proteger al niño.

Étienne sintió que la palabra adquiría un significado diferente.

—¿Quién lo creó?

—No lo sé.

—¿Quién lo dirigía?

—Tampoco.

—Entonces, ¿qué sabe?

Renard abrió lentamente la última carpeta. Dentro había una hoja que parecía más antigua que todas las demás.

—Sé que el Proyecto Arca sobrevivió a la caída de la monarquía.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que murió el último hombre que conocía su verdadero propósito.

Étienne pensó inmediatamente en el cadáver de la Conciergerie.

—¿El hombre que murió?

Renard asintió.

—Él era el último.

—Entonces, ¿por qué lo mataron ahora?

—Porque alguien descubrió que había empezado a hablar.

La respuesta fue seguida por un largo silencio.

Étienne volvió a examinar la hoja. Allí aparecía una relación de nombres, algunos tachados, otros sustituidos.

Uno de ellos era el de Julien Moreau. Junto a su nombre había una anotación que no estaba escrita en la misma tinta que el resto: conservar. Puede ser necesario.

—Moreau no era el responsable —dijo Étienne.

—No.

—Era un instrumento.

—Quizá.

—¿Y quién lo utilizaba?

Renard cerró la carpeta.

—Eso es lo que debe descubrir.