Capítulo 35
Entre las tres y las cuatro de la madrugada hay una franja de tiempo que no pertenece ni a la noche ni al día, y es en ella cuando por fin nos preguntamos qué somos, aunque ninguno de los dos pronuncie la pregunta.
Marcus ha vuelto a venir. Ya no le hace falta excusa, ni la busca; ha asumido, igual que lo he asumido yo, que esta casa es un sitio al que él llega cuando el reino le pesa demasiado para cargarlo solo, y que la puerta, a estas alturas, se abre antes de que él llame.
Esta noche no trae sangre en la ropa. Trae solo cansancio, del que no se cura durmiendo, y nos hemos sentado los dos en el saloncito azul con una sola vela encendida, sin más compañía que el reloj de mi abuela midiendo el silencio.
Me he acostumbrado a estas horas suyas sin darme cuenta de cuándo dejaron de sorprenderme.
Al principio venía con un pretexto cosido a la visita: una información que traer, un asunto que consultar, algo que justificara su presencia ante un mundo que no lo invitaría jamás.
Después dejó de traer pretextos, y yo dejé de esperarlos.
Ahora llega cuando no puede dormir, y yo bajo cuando lo oigo, y mi padre, que tiene el sueño ligero y la prudencia recién aprendida, ha decidido no oír nada de lo que ocurre en su casa después de medianoche.
Es un arreglo que ninguno de los tres ha pactado en voz alta y que funciona como funcionan las verdades que no se nombran: mejor por no nombrarse.
—Bowen tenía un perro —dice de pronto, sin que venga a cuento, que es como vienen las cosas verdaderas—.
Un chucho feo que lo seguía por los muelles.
Esta tarde, cuando he ido a ver a la viuda, el perro estaba en la puerta, esperándolo.
No sabe que no va a volver. Lo he mirado y he pensado que ese animal y yo teníamos algo en común esta semana.
No le ofrezco consuelo. Hace tiempo que aprendí que a Marcus el consuelo le resbala y la verdad lo sostiene.
—Los perros aprenden —respondo—. Tardan, aunque aprenden. Tú también vas a aprender a vivir con este hueco, no porque se cierre, sino porque uno se acostumbra a rodearlo. Yo todavía rodeo unos cuantos.
—¿Te has ocupado del perro? —pregunto.
—Me lo he traído. —Lo dice como quien confiesa una debilidad—.
Está en la casa de los muelles, durmiendo delante de un fuego que no es el suyo, esperando a un hombre que no va a venir.
No sabía qué otra cosa hacer con él. Pagar a la viuda sabía hacerlo.
Quedarme con el perro de Bowen ha sido lo primero en mucho tiempo que he hecho sin que tuviera ninguna utilidad.
—Esa —observo— es la cosa más reveladora que me has contado de ti en seis meses. Más que lo de Wapping.
—No te acostumbres. La cuota de sentimentalismo de este año la he gastado entera esta semana.
—¿Cuáles?
—No te los voy a enumerar a las tres de la madrugada.
—Sirvo dos dedos del coñac de mi padre, que esta noche sí toca—.
Solo te digo que sé de qué hablo. Una no llega a los veintiocho soltera y con mi reputación sin haber enterrado algunas cosas por el camino.
La diferencia es que las mías no salen en los muelles.
Salen en los salones, que matan más despacio y con mejores modales.
Se ríe, bajito, con esa risa rara suya que se gana una de cada cien frases. Y en ese sonido, en mitad de la madrugada, con un hombre muerto entre los dos y una vela a punto de rendirse, cae por fin la pregunta que llevamos semanas rodeando como dos gatos a un plato caliente.
—¿Qué somos, Isolde? —Lo dice mirando la vela, no a mí, que es como se preguntan las cosas que dan miedo—.
Porque el trato terminó hace mucho. La deuda de tu padre está saldada.
Las clases acabaron. No queda un solo acuerdo en pie entre nosotros, y sin embargo aquí estoy, a las tres de la mañana, en tu salón, contándote lo del perro de un muerto.
Eso no tiene nombre comercial. Y yo solo sé ponerles nombre comercial a las cosas.
Podría responderle con una de mis frases.
Tengo varias preparadas, afiladas, de las que cierran una conversación sin contestarla.
Es lo que haría la Isolde de hace seis meses: desviar con ingenio, proteger el flanco, no dejar que nadie me viera nombrar lo que siento, porque nombrarlo es entregarlo.
Solo que son las tres de la madrugada, y este hombre me ha traído lo peor de su mundo y lo mejor de su silencio, y se merece algo más que una de mis frases.
—No lo sé —digo, y es la verdad más desnuda que he pronunciado en años—.
No sé qué somos. Sé lo que no somos. No somos un trato, eso lo enterramos hace tiempo.
No somos dos personas que se conocen y se entretienen, porque lo que hay aquí no entretiene, pesa.
Y no somos seguros el uno para el otro, eso tenlo claro: tú me has traído a Greave a la puerta de casa y yo te he metido en unos salones que podrían destruirte por gusto.
—Doy un sorbo—. Lo único que sé seguro es que llevo cinco años decidida a no necesitar a nadie, y que esa decisión, contigo, ha dejado de funcionarme.
Llámalo como quieras. Yo he renunciado a ponerle nombre.
Los nombres son para las cosas que una controla.
Y mira —añado, y me sorprende oírme—, eso es lo que me asusta de verdad, más que Greave, más que los salones: no que te necesite, sino que haya dejado de querer no necesitarte.
Llevo cinco años convencida de que la solución a lo que me hizo Mordaunt era blindarme: no depender, no esperar, no darle a nadie el poder de dejarme tirada otra vez delante de toda la ciudad.
Y funcionaba. Era infeliz de una manera muy ordenada, muy a salvo.
Tú has venido a desordenarme la única paz que había sabido construirme, y lo peor es que no quiero que te vayas a ordenar otra cosa.
Marcus me mira al fin, apartando los ojos de la vela.
—Esa es la respuesta menos tranquilizadora que me han dado nunca —dice.
—Lo sé. —Sostengo su mirada—. Es también la más sincera. Si querías que te tranquilizaran, has llamado a la puerta equivocada. En esta casa solo servimos verdad y coñac, y a estas horas se nos está acabando la vela.
—Te doy una verdad a cambio, entonces, ya que pagas en esa moneda.
—Deja el coñac sin probarlo—. Yo tampoco sé qué somos.
Lo que sé es que llevo treinta y cuatro años construyendo un sitio donde nadie pudiera alcanzarme, y que eres la primera persona a la que he abierto yo mismo la puerta sabiendo lo que hacía.
No es que te hayas colado. Te he dejado entrar.
Y un hombre que se ha pasado la vida sin dejar entrar a nadie no hace eso por alguien que solo le entretiene.
Lo hace una vez. Por una persona. Y se aguanta las consecuencias.
—Eso ha sonado casi a declaración.
—Casi. —Vuelve la vista a la vela—. Es lo más cerca que voy a estar esta noche. Las declaraciones enteras las reservo para cuando no haya un hombre de Greave esperando para matarnos a los dos. Soy romántico dentro de un orden.
No nos tocamos. No esta noche. Esta noche es de otra clase de intimidad, una que no había conocido antes y para la que tampoco tengo nombre: la de dos personas que se cuentan en voz baja lo que no le cuentan a nadie, sabiendo que mañana volverán a ser, cada uno en su orilla, los seres temibles que el mundo conoce.
Es la primera vez en mi vida adulta que dejo que alguien me vea sin la armadura y no me arrepiento a la mañana siguiente.
Con Mordaunt me la quité una vez, en un jardín de Kensington, delante de gente, y aprendí en carne propia lo que cuesta dejarse ver: tomó cada cosa que le mostré y me la devolvió convertida en herida pública.
Decidí entonces no volver a desnudarme ante nadie.
Y aquí estoy, cinco años después, a oscuras, contándole a un rey del hampa que he dejado de querer no necesitarlo, y lo nuevo, lo que no sé encajar, es que no siento que me esté exponiendo a una cuchilla.
Siento que me estoy quitando un peso. Hablamos de lo que viene, porque viene.
Greave herido es más peligroso que Greave entero; un animal acorralado muerde sin cálculo, y el suyo es un acorralamiento del que saldrá con una sola idea: hacernos el máximo daño posible antes de caer.
—No lo veo venir —admite Marcus, y en él, que vive de verlo todo venir, es una confesión grave—. Greave va a hacer algo, y por primera vez no sé por dónde. Le he quitado el dinero, las rutas, los hombres. Le queda una jugada, y es la que no consigo anticipar, porque es la que yo nunca usaría.
—Entonces será por ahí —digo, y un escalofrío que no enseño me recorre la espalda—. Por donde tú nunca irías. Greave no es tonto, Marcus. Si le queda una sola carta, será una que ni tú ni yo sepamos jugar. Y eso, a estas horas, es lo único que de verdad me quita el sueño.
—¿Y si no es contra los muelles? —pienso en voz alta, hilando—.
Llevas semanas defendiendo el río porque es donde te ataca.
¿Y si la última carta de Greave no se juega en el río?
Eres invulnerable en tu mundo. Lo has hecho a prueba de todo: a prueba de dinero, de hombres, de violencia.
Hay un solo sitio donde no eres invulnerable, y es justo el que no controlas.
—¿Cuál?
—El mío. El de las leyes, los títulos, los magistrados. El mundo respetable que te enterró de niño sin mirarte. —Se me seca la boca al decirlo—. Si yo fuera Greave y quisiera acabar contigo, no te buscaría en los muelles. Te buscaría donde nunca has aprendido a defenderte: en un juzgado.
Marcus no contesta enseguida. Mira la vela como si en la llama hubiera un nombre.
—Lo había pensado —dice al fin, muy bajo—. No quería que lo pensaras tú también. Decirlo los dos en voz alta lo vuelve más real.
La vela se apaga sola, sin ceremonia, y nos quedamos un rato más en la penumbra, sin hablar, dos siluetas que han dejado de fingir que esto tiene marcha atrás, esperando un golpe que sabemos que llega y que todavía no sabemos de dónde.