Capítulo 16
Un rey del hampa con antifaz es la única clase de rey que esta gente recibe con los brazos abiertos: la que no sabe que tiene delante.
El baile de máscaras de la condesa de Halverne es el más concurrido de la temporada, y por una noche el antifaz me concede lo que el dinero no compra: pasar inadvertido entre la misma gente que de día cruza la calle para no saludarme.
Aquí, con media cara cubierta de seda negra, soy solo un caballero alto y oscuro más, uno de tantos.
Nadie baja la voz a mi paso. Nadie encuentra de pronto fascinante el dibujo de la alfombra.
Es, descubro con cierta sorpresa, un descanso.
Llevo diez años siendo lo que la gente teme.
Pasar una noche siendo nadie tiene un sabor que casi había olvidado.
Hay una libertad extraña en el anonimato, una que no probaba desde niño, cuando aún era un crío de los muelles al que nadie temía porque nadie sabía todavía en qué iba a convertirse.
Bajo este antifaz no soy el rey de nada.
No tengo cuatro pilares que sostener, ni un reino que defender, ni una reputación de monstruo que mantener afilada para que el miedo siga haciéndome el trabajo.
Soy un hombre en una fiesta. Resulta ridículo cuánto pesa eso que me acabo de quitar de los hombros, y cuánto va a costar volver a ponérselo después de haber probado a andar sin ello una sola noche.
La encuentro junto a la cristalera, o me encuentra ella a mí, que con esta mujer nunca sé quién caza a quién.
Lleva un antifaz de plata y un vestido del color del peltre, y aun cubierta la conozco antes de que abra la boca: por cómo está de pie, por cómo lee la sala desde el borde, por esa quietud suya de tasadora que ningún disfraz disimula.
Sabe que soy yo. Lo sé porque no se sorprende.
Y los dos, sin pactarlo, decidimos en el mismo instante no decirlo.
—Está usted sola en un baile, caballero —observa, con una voz que finge no ser la suya—. Mala señal. O no conoce a nadie, o lo conocen demasiado bien.
—Las dos cosas. —Le sigo el juego—. ¿Y usted? Una dama sola junto a la ventana suele ser una dama que prefiere la vía de escape a la compañía.
—Una dama sola junto a la ventana —responde— es una dama que ha aprendido que se ve mejor el baile desde donde no bailan.
—Una filosofía solitaria.
—Una filosofía segura. Desde el centro de la pista no se ve venir a nadie; desde el borde se ve venir a todos. —Ladea la cabeza—. ¿Bailamos, o seguimos diciéndonos verdades? Porque las dos cosas a la vez, en esta sala, sería pedir demasiado.
—No sé bailar. —Bajo el antifaz la confesión cuesta menos—. Aprendí hace poco lo justo para no espantar a una marquesa. Más allá de eso, soy una amenaza para los pies ajenos.
—Entonces, verdades. —Hay una sonrisa en su voz que el antifaz no oculta—. Salen más baratas y duelen más. Es un cambio que acepto encantada.
Y así, sin nombres, sin caras, empieza la conversación más sincera que hemos tenido nunca.
Es el antifaz. Detrás de una máscara, un hombre dice lo que jamás diría con su propia cara, porque las palabras no parecen suyas; se las atribuye al desconocido que finge ser.
Lo descubro en mí mismo a los pocos minutos, oyéndome contarle a esta extraña que no lo es cosas que no le he contado a nadie con mi nombre puesto.
—Le voy a contar algo que no le he dicho a nadie —me oigo decir, y es verdad—.
Construí todo lo que tengo para no volver a depender de nadie.
Cada libra, cada favor, cada puerta que cierro.
La gente cree que un hombre acumula poder por codicia.
Yo lo acumulé por miedo: el de que alguien con título y sin alma decidiera otra vez, con una firma, si yo comía o me pudría.
Llevo diez años levantando un muro tan alto que ya no recuerdo qué dejé fuera al construirlo.
—Lo de fuera —responde ella, en voz muy baja— suele ser la gente.
Lo sé porque yo levanté el mío con piedras distintas y dejé fuera lo mismo.
Es lo que tienen las fortalezas, caballero.
Protegen tan bien que, pasado un tiempo, ya no queda dentro nada que merezca la pena proteger.
Solo el muro, cuidándose a sí mismo, vigilando un tesoro que hace años que no existe.
—Le voy a hacer una pregunta de máscaras —dice ella, girando su copa—. De esas que solo pueden hacerse cuando nadie sabe quién pregunta. ¿Qué es lo que más teme un hombre como usted? Y no me diga que nada. Los hombres que dicen no temer nada son los que más esconden.
—Que me vean. —Me sorprende la rapidez con que sale, y la verdad que pesa dentro—.
Toda mi vida la gente me ha mirado y ha visto una amenaza o una oportunidad.
Nunca a un hombre. Llegué a creer que ya no había hombre debajo, que lo había gastado para construir lo demás.
Y hace poco alguien empezó a mirarme distinto, y resulta más aterrador que cualquier enemigo que haya tenido.
Un enemigo sabe uno qué hacer con él. Con eso, no.
¿Y usted? Le devuelvo la pregunta, ya que jugamos.
—Que tenían razón. —No duda; lo lleva dentro, listo, desde hace años—.
Hace tiempo un hombre me dijo, delante de todo el mundo, que yo no servía para que me quisieran.
Construí una vida entera sobre demostrarle que me daba igual, que no necesitaba a nadie, que estaba mejor sola.
Y funciona. Funciona tan bien que mi mayor miedo, detrás de este antifaz donde puedo confesarlo, es que aquel hombre acertara.
Que de verdad no sirva. Que haya pasado cinco años fortificando una casa porque en el fondo temo que, si dejara entrar a alguien, descubriera que dentro no hay nada que valga la pena.
Me quedo callado. No por táctica, esta vez. Porque acaba de decir, con voz de extraña, lo que yo no sabía que necesitaba oír, y porque conozco esa fortificación desde dentro: tengo una igual, con estanterías en lugar de murallas.
—El que se lo dijo —respondo al fin— era un cobarde que confundió el miedo que usted le daba con un defecto suyo.
Un hombre mediocre, ante una mujer que lo supera, tiene dos opciones: crecer hasta su altura o convencerla de que es ella la que sobra.
Los mediocres siempre eligen lo segundo.
Es más barato. —Bajo la voz—. No acertó.
Acertó en que es usted peligrosa. Se equivocó en todo lo demás, y lo sabe, y por eso aún se molesta en mantenerla caída cinco años después.
Uno no se ensaña con lo que no le importa.
—Habla usted de él como si lo conociera —murmura ella.
—Conozco a los de su especie. He hecho negocios con cien hombres así.
Son los más fáciles de romper, porque su crueldad nace del miedo, y el miedo es la palanca más larga que existe.
—Me acerco un paso—. Si alguna vez quisiera que ese hombre, sea quien sea, atravesara una temporada muy difícil, conozco a alguien que podría encargarse.
De forma que nadie lo relacione con usted jamás.
Por pura simpatía hacia una desconocida con antifaz de plata.
—Lo tendré presente. —Algo se le quiebra y se le recompone en la voz dentro de la misma frase—. Aunque empiezo a sospechar que esa desconocida y usted no lo son tanto, y que a ese hombre, sin yo saberlo, ya le duele algo esta semana.
Detrás del antifaz de plata, sus ojos cambian.
Y entonces hace lo que ninguno de los dos esperaba que hiciera.
Levanta las manos y se desata el antifaz, despacio, y deja que caiga, descubriéndose primero, rompiendo ella la regla del juego, mostrándome la cara a la que llevo media hora hablándole como si no la conociera.
Isolde. Sin máscara, en mitad del baile de los Halverne, mirándome con una franqueza que no le había visto nunca, esperando a ver si yo me atrevo a lo mismo.
Y yo me quedo callado.
Cuatro segundos. Sé que son cuatro porque la veo contarlos, esa costumbre suya de medirlo todo, los ojos fijos en los míos mientras llevan la cuenta del tiempo que tardo en reaccionar.
Cuatro segundos en los que no encuentro una sola palabra, yo, que tengo respuesta para todo, que negocio con la vida y la ruina de media ciudad sin que me tiemble la voz.
Cuatro segundos en los que se me cae encima, de golpe, todo lo que llevo semanas sin nombrar, y por una vez en mi vida no tengo dónde esconderme: ni en el antifaz, que ella me invita a quitarme, ni en el silencio, que se me está alargando, ni en el negocio, que aquí no me sirve de nada.
En esos cuatro segundos entiendo lo que llevo semanas negándome a entender, lo que escribí en un margen sin saber por qué, lo que me hizo aplastarle los dedos a un hombre contra una mesa de caoba: que esta mujer dejó de ser, en algún punto que no sé fechar, una pieza de un trato, y se convirtió en la única persona del mundo ante la que no sé fingir.
En términos de negocio, es una catástrofe.
Un rey con un punto débil con cara y nombre es un rey al que ya se le ha empezado a dibujar el mapa, y yo sé mejor que nadie lo que Greave hace con los mapas.
Lo sé. Y al cuarto segundo descubro que no me importa, que es lo más temerario que he sentido en diez años, y lo más parecido a estar vivo.
Al cuarto segundo, me llevo la mano a la cara y me desato el antifaz yo también.
—Cuatro —dice ella en voz baja, confirmando la cuenta—. Cuatro segundos, Marcus. Para un hombre que nunca se queda sin palabras, es toda una confesión. La he contado entera. Pienso guardármela.
—Cuéntela, si quiere. —Dejo caer la máscara junto a la suya—. Es la única deuda que voy a reconocer en público sin que me obliguen.
—Dos máscaras en el suelo de los Halverne. —Las mira, una de plata y otra de seda negra, caídas juntas sobre el parqué—. Mañana algún criado las recogerá sin saber lo que valían esta noche. Casi me da pena. Han trabajado bien.
—Han trabajado de más. —La miro—. Llevábamos semanas sin ellas puestas y no nos habíamos dado cuenta.
No nos movemos. A nuestro alrededor el baile sigue girando, ajeno, lleno de gente con la cara cubierta diciéndose mentiras corteses, y en mitad de todo ello dos personas que acaban de quitarse lo único que de verdad las protegía se miran a cara descubierta, sin saber ya cuál de los dos antifaces era el disfraz.