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Para olvidar los problemas y ser feliz, no hay nada como alcanzar un estado de relajación lo más cercano a la paz absoluta.
Por eso, cuando la crudeza de la realidad te acecha, lo mejor es escapar hacia ese lugar donde todo es del color que uno quiere; y hasta el viento, que antes arreciaba con fuerza, ahora acaricia con sutileza tu cuerpo provocándote un escalofrío de placer que te transporta hasta esa paz absoluta; un estado imposible de describir ni usando todas las palabras que hay en un diccionario.
Cayetano se siente así de feliz, y ninguno de los problemas que minutos antes lo acechaban, son capaces ahora de inquietarlo.
El viaje lo ha llevado hasta el lugar donde siempre le ha gustado estar.
Tumbado en una hamaca observa el lago de aguas cristalinas con el que siempre ha soñado, y las montañas colmadas de vegetación que le rodean. El verde es el color que más le relaja.
El sonido de la naturaleza y el trinar de los pájaros penetran por sus oídos y le envuelven en un estado de éxtasis que le hacen levitar sobre la tierra.
La brisa le acuna, le acaricia, le susurra.
La barca situada a unos metros se mece al son del vaivén de las pequeñas olas, en una singular armonía en la que todo parece perfecto.
Si por él fuera, permanecería allí toda la vida.
Sin hambre ni sed; sin sueño ni cansancio, y junto a aquella cabaña de madera perdida en mitad del bosque esmeralda que todo lo inunda.
El sol de media tarde se refleja en el agua turquesa con la intensidad justa y precisa; esa que no daña, sino que relaja.
En ese lugar donde ahora se encuentra no hay problemas, ni ansiedad, ni siquiera inquietud.
Todo es plano, y solo hay sitio para la belleza y la paz.
No recuerda la primera vez que llegó allí, aunque cuando lo encontró, supo que jamás podría dejar de visitarlo.
Por esa razón, cuando el viaje termina y tiene que marcharse, su cuerpo le pide regresar de nuevo.
Fuera de ese paraíso vive inquieto e intranquilo.
Su corazón se acelera, sus nervios se crispan, y todo él vive excitado hasta que es capaz de regresar allí.
Pero para qué pensar en ello. Ahora mismo es el amo de la paz, y todo a su alrededor se bambolea con una relajante armonía.
Pero en esta ocasión, algo raro comienza a suceder.
Por el horizonte, y entre las montañas que circundan el lago, ve aproximarse nubes negras.
Jamás antes había observado en este lugar una tormenta.
Entonces escucha un trueno y los pájaros se callan.
Se inquieta por primera vez desde que está allí, porque este patrón es la primera vez que aparece en su mundo de realidad inventada.
Segundos después, la puerta de la cabaña situada a su espalda se abre, y el gemido de las bisagras le obliga a mirar hacia atrás.
Quiere levantarse, pero le resulta imposible hacerlo; ni sus pies, ni sus brazos, ni el resto de su cuerpo le obedecen.
Del interior de la cabaña aparece un hombre que nunca ha visto.
En una de sus manos lleva una jeringa llena de líquido.
El hombre camina hacia él con el rostro crispado.
En su camisa hay sangre y también cosas rosas pegadas que parecen sesos de persona, o al menos eso es lo que él imagina.
El cielo se ha oscurecido por completo y la brisa se ha transformado en un viento molesto y frío cuando el hombre llega hasta la hamaca en la que él continúa tumbado.
Las aguas del lago se agitan impetuosas.
Ya no son cristalinas, sino oscuras y tenebrosas.
Cuando regresa la mirada hacia el hombre, este ya ha clavado la aguja en su brazo, a la altura de la fosa cubital, aunque en lugar de extraer la sangre de su cuerpo, lo que hace es introducir el líquido que contiene la jeringa.
Después, el hombre se aleja y regresa al interior de la cabaña.
Él mira su brazo de nuevo, y la jeringa que cuelga del mismo comienza a desaparecer, al igual que lo hacen las nubes negras que cubren el cielo, o el viento frío y molesto que ha agitado las aguas del lago.
Y en pocos segundos, aquel hermoso lugar ideal para perderse vuelve a ser el mismo de siempre.
Un lugar del que jamás volverá a alejarse.