El reto (Losers 0.5) Epílogo
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Epílogo

La casa estaba muy tranquila por el día. Los invitados a la fiesta se habían quedado dormidos en los sofás, en las habitaciones de invitados y acurrucados en el suelo con mantas y cojines.

Daniel, con resaca y quejándose, deambulaba por la casa con una bata azul, tirando botellines de cerveza y latas vacías a una enorme bolsa de basura negra cuando Manson y yo bajamos las escaleras.

—Joder. —Se detuvo al vernos y parpadeó con rapidez—. ¿Esto es lo que creo que es?

Señaló nuestras manos entrelazadas. Yo solo sonreí, todavía demasiado adormilada como para preocuparme por los cotilleos y los escándalos.

—Calma, colega —dijo Manson—. No vayamos a empezar rumores inoportunos.

Pero le guiñó un ojo cuando nos dimos la vuelta.

—Y una mierda… —oí murmurar a Daniel.

La pobre Ashley había pasado la mañana en el baño, sintiendo los efectos de todo lo que se había bebido. Se arrastró hasta el coche delante de mí, murmurando que necesitaba algo grasiento para desayunar y mirando de reojo a Manson.

—¿Seguro que no quieres venir con nosotras? —le pregunté a Manson cuando me acompañó al coche.

El aire de la mañana era fresco y hacia un poco de viento, así que me había prestado su enorme sudadera con capucha. Me cubría las manos y me llegaba hasta los muslos.

—Tengo que ayudar a Daniel a limpiar.

Se volvió hacia mí cuando llegamos al coche y me abrazó.

Respiré hondo y cerré los ojos un segundo. Seguía oliendo tan bien…

—Además, no creo que Ashley me acepte lo suficiente como para eso.

—Ya se le pasará.

—Con el tiempo —sonrió, dándome un beso en la frente al separarse de mí—. Pero ir a desayunar en otro momento me parece una buena idea.

—Bien. ¿El próximo fin de semana entonces?

No quería separarme de sus brazos. Su cercanía me trajo recuerdos fugaces de la noche anterior: la intensidad, la pasión, la brutalidad.

Se me puso la piel de gallina.

—Acepto. —Me dio una palmada en el culo cuando me alejé—. Pórtate bien.

—Oh, no sé. —Me detuve con la puerta entreabierta. Ashley me gruñía desde el asiento del copiloto, jurando que nunca volvería a beber—. Cuesta portarse bien.

—Supongo que tendré que seguir dándote lecciones —dijo con un suspiro exagerado—. Qué suplicio.

Esbocé una sonrisa dulce y me despedí con la mano.

—Adiós, perdedor.

Sonrió, burlón.

—Jess… —me advirtió.

Tenía que saber en lo que se estaba metiendo. Podía conmigo, pero eso no significaba que se lo fuera a poner fácil.

—Lo siento, lo siento. Puedes castigarme la próxima vez… —bajé la voz, lo justo para que solo él me oyera—, amo.