El regreso del Highlander (Los indomables Kincaid 6) Capítulo 13 #4
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Capítulo 13 #4

No había estado entumecido durante todos aquellos meses por un corazón roto.

Había sido la frustración, el orgullo herido, un sentimiento de desesperanza lo que le había llevado a cerrarse emocionalmente.

Pero nunca había tenido el corazón roto.

Ahora lo sabía porque nunca antes había amado de verdad a nadie.

Y amaba a Fenella. Con toda su alma. Y, sin embargo, le asustaba pensar en ello, y mucho menos susurrar la palabra.

Nunca había salido nada bueno de decirlo en voz alta, pero se prometió en silencio demostrarle su amor.

Sería bueno con ella, la mantendría a salvo y le haría el amor con tanta dulzura que la idea de dejarlo nunca se le pasaría por la cabeza.

Fenella levantó la mano y le acarició la línea de la mandíbula, rozando el suave vello. Sus ojos color avellana se clavaron en los de él, con una leve sonrisa tocando sus labios.

—¿En qué estás pensando?

Gavin se apoyó en un codo y la miró. No quería que ella supiera lo vulnerable que se sentía e inclinó la cabeza para besarla. Dos pequeños dedos lo detuvieron.

—¿Era Kenneth?

—Sí —mintió, solo algo aliviado de que, por una vez, ella no hubiera adivinado la verdad de lo que estaba pensando.

Fenella se giró hacia un lado y extendió la mano para acariciar su hoyuelo.

—Conozco las razones por las que quieres mantener tu ejército en secreto, pero en algún momento tendremos que explicar tu plan a Kenneth y a Iona.

Gavin le cogió la mano y le besó lentamente los dedos.

—Tú todavía no conoces mi plan.

Fenella frunció el ceño y liberó sus dedos de su agarre.

De repente se dio cuenta de que tenía razón.

Había visto a varios hombres entrenando, la mayoría de los cuales parecían expertos, pero utilizarlos iba en contra del no derramamiento de sangre sobre el que él le había advertido.

Si tenía algún ejército, era para un propósito más allá de lo que ella imaginaba y deseaba con todas sus fuerzas exigirle que le dijera cuál era. Eran marido y mujer.

El brillo desafiante en los ojos de Gavin acalló sus preguntas. Él esperaba que ella le suplicara una explicación. Pues bien, ella se negaba a hacerlo. No le daría esa satisfacción. Ahora se permitía el lujo de confiar en Gavin y eso era precisamente lo que iba a hacer.

Bueno, mientras pudiera.

—¿Y si Cedric va tras ellos?

Gavin frunció los labios.

—No lo hará.

Él se aseguraría de que Cedric viniera a por él. Y Gavin lo esperaba con ansias.

—Entonces, ¿es una solución duradera? ¿Impedirá que alguien más intente lo que Cedric ha planeado?

Gavin hizo una mueca y se dejó caer sobre la cama. Levantó el brazo y apoyó el dorso de la muñeca en la frente.

—El ejército le dará a mi hermano los medios para protegerse a sí mismo y a Strathmore, pero si decide utilizarlos mal, entonces...

no. Kenneth debe proteger a este clan. Nada de lo que le deje —ni siquiera un ejército— podrá hacerlo sin su liderazgo.

Y no puedo predecir qué hará una vez que nos hayamos ido.

—Sí que puedes.

—Y tú también —respondió Gavin con tono firme, pues ambos conocían la verdad—. Siempre hay quienes buscan el poder y no tardarán en aprovecharse de las debilidades de Kenneth.

—De ti no se aprovecharían.

Gavin suspiró profundamente.

—Nadie es infalible. Pero prefiero manejar las cosas al estilo Kincaid. Cualquiera que intentara destruirlos, destruir su reputación o su clan, probablemente moriría en el intento. Todos lo saben, así que nadie lo intenta.

Fenella se mordió el labio inferior.

—Quizá, con los hombres que has reunido, nadie se atreva a enfrentarse a Kenneth.

Gavin se pasó la mano con brusquedad por la cara.

—Se necesita algo más que hombres, Fenella. Al igual que hay formas de usar eficazmente un arma, hay reglas a la hora de lidiar con quienes se oponen a ti.

Fenella ladeó la cabeza hacia un lado y su cabello cayó en una ondulación sobre un hombro. Él se lo colocó detrás de la oreja y estudió su expresión. Su interés era sincero, lo que le animó a continuar.

—En primer lugar, nunca muestres tus verdaderas emociones a tus enemigos.

Haz que se pregunten qué estás pensando y tendrás la ventaja.

Lo siguiente es la estabilidad. Un líder inconsistente carece de control.

Todo lo que está fuera de control se considera una debilidad.

Por lo tanto, ante una confrontación, un líder debe aparentar tener la situación bajo control, aunque no sea así.

—¿Eso es todo? —preguntó ella, inclinándose para besar su hoyuelo derecho y luego el izquierdo—. ¿Solo esas dos reglas?

Gavin captó el brillo pícaro en los ojos de Fenella. Ella se movió contra él de forma provocativa y él supo al instante que estaba poniendo a prueba su propia capacidad para mantener el control. Él sonrió y comenzó a hablar, aceptando implícitamente su desafío.

—Al enfrentarse a un oponente, hay otras dos reglas básicas.

Fenella se inclinó y susurró:

—Sigue. Te escucho.

Comenzó a mordisquearle la oreja y él sintió cómo su cuerpo exhausto volvía a cobrar vida.