El regreso del Highlander (Los indomables Kincaid 6) Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

Cerró la puerta y colocó el cerrojo de madera para evitar que nadie más hiciera lo que él acababa de hacer.

Entrar en sus aposentos sin permiso. Pero en realidad no le importaba que lo pillaran.

No le importaba si Iona se acercaba o incluso si Rab gritaba, haciendo que se supiera que estaba en los aposentos de Fenella.

Ella no había bajado a cenar y, tras pasar horas despierto, Gavin sabía que no podía esperar hasta la mañana siguiente para asegurarse de que estaba bien.

Fenella dormía en su cama. Llevaba el pelo suelto y, al dormir sin trenzarlo, estaba revuelto.

Tenía los brazos al descubierto y él pudo ver que el izquierdo estaba vendado.

Solo llevaba una camisa de dormir, que se le había enredado hasta las rodillas, dejando al descubierto sus pies y pantorrillas.

Gavin se quedó allí de pie, mirándola con deseo a la luz del fuego.

Era tan hermosa que le dejó sin aliento.

Dio otro paso hacia ella y el ruido la hizo moverse. Abrió los ojos y parpadeó como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

—¿Gavin?

Él asintió.

—Sí.

Estaba a punto de darle una reprimenda furiosa por el infierno por el que lo había hecho pasar cuando la vio hacer una mueca de dolor al incorporarse.

— Mo chreach , Fenella. Me prometiste que me dirías si esto era más que un rasguño.

—Es un rasguño.

Gavin se sentó a su lado y comenzó a desenrollar la venda. Por la cantidad de sangre que había en la tela que estaba quitando, se daba cuenta de que era mucho más que un rasguño, pero no iba a discutir.

—¿Te duele mucho?

—Solo un poco, Gavin, de verdad.

Sus palabras decían una cosa, pero el hecho de que no se resistiera a sus cuidados no era buena señal.

—Entonces, ¿por qué no has bajado a cenar esta noche?

Tiró ligeramente del último trozo, que se había secado parcialmente sobre la herida, y ella se contuvo para no gritar.

Sin embargo, las lágrimas se le escaparon de los ojos.

Gavin se las secó con los pulgares y luego le besó la frente.

Se sintió aliviado. No tenía fiebre. Con suerte, había llegado a tiempo y no...

—Te sentirás mejor pronto, aingeal . Te lo prometo.

Fenella observó cómo cogía una bolsa muy pequeña que debía de haber dejado cuando se sentó a su lado.

—¿Qué es eso?

—Algo para ti.

Fenella se echó hacia atrás. El corte le dolía y era más largo de lo que había pensado, pero, afortunadamente, no era muy profundo. Sin embargo, no estaba segura de que Gavin estuviera de acuerdo. Si tenía aguja e hilo en aquella bolsa, de ninguna manera iba a dejar que la tocara.

Gavin podía ver cómo crecía en sus ojos el espíritu de la rebeldía.

—Solo voy a echarle un vistazo, aingeal , así que más vale que te rindas ahora.

Antes de que ella pudiera detenerlo, Gavin extendió la mano, la agarró por la cintura y la atrajo hacia él. Fenella se retorció para liberarse.

— Mo chreach-sa a thàinig , Fenella. Estás herida y voy a echarle un vistazo a ese brazo.

Fenella señaló la pequeña bolsa con su brazo sano.

—¿Qué hay en la bolsa? —exigió con sarcasmo.

Poniéndole los ojos en blanco, la soltó y la abrió. Se la acercó a la nariz para que pudiera olerla.

—Son solo unas hierbas que me dio Annora antes de marcharme.

Es algo que ella usa para curar a todos los soldados de Kincaid y lo llevamos con nosotros porque nunca se sabe cuándo te puede alcanzar una espada.

No estoy seguro de qué es, pero te puedo decir por experiencia que acelera la curación y suele evitar la fiebre.

Fenella tragó saliva.

—Eso es todo. ¿Hierbas y nada de... agujas?

Él la miró con curiosidad y volvió a fijarse en su brazo. No parecía una herida muy profunda, pero si ella tenía miedo de que hubiera que coserla, tal vez lo fuera.

—¿Necesitas que te la cosan?

—¡No! ¡Para nada!

Gavin sonrió. A Fenella le daban miedo las agujas. Joder, a él tampoco le gustaban aquellas malditas cosas.

—Sin agujas —prometió.

Se acercó al cuenco pequeño que había sobre la mesa y vertió un poco de agua en él. Cogió un pequeño paño cuadrado que había junto al cuenco y lo agitó.

—¿Has usado esto para algo?

Fenella negó con la cabeza.

—Acaban de lavarlo.

Asintió, lo sumergió en el agua hasta empaparlo y luego miró a su alrededor. Había una taza sobre la mesa. La olisqueó y se alegró de que contuviera agua, no cerveza. Vació el contenido y echó algunas de las hierbas en la taza antes de añadir agua fresca. La removió con el dedo.

—¿Dónde hay un paño limpio con el que pueda vendarte el brazo?

Fenella señaló un baúl abierto. En su interior había varias tiras de tela de lino.

Cogió una, el paño mojado y la taza, y luego se sentó a su lado.

Le secó la herida con toques suaves y la examinó más detenidamente.

No era tan profunda como temía, pero si Annora estuviera allí probablemente insistiría en que le pusieran puntos.

Él no creía que fueran necesarios. Sin embargo, la cataplasma sí lo era y ayudaría a reducir el riesgo de fiebre.

Untó rápidamente la pasta y luego utilizó la tira de lino para vendar la herida.

Fenella movió el brazo. Se sentía mucho mejor.

Ella misma se la había vendado antes y se la había apretado demasiado.

—Gracias.

Gavin le apartó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Siento mucho haberte hecho daño, aingeal .

Fenella lo miró. Tenía los ojos muy abiertos y él no vio en ellos ira ni resentimiento.

—Lo que hiciste... lo que me mostraste, significa mucho para mí, Gavin.

Gavin tragó saliva. Era hora de dejar de negar la verdad. Cuando ella no le había respondido durante el enfrentamiento, supo sin lugar a dudas a quién le tenía miedo Fenella.

—¿Qué te hizo Cedric, Fenella? ¿Te hizo daño?

Fenella se puso tensa.

—Cedric no me hizo nada.

Él no la creyó.

—Entonces dime quién.

—No puedo.

Intentó alejarse de él, pero Gavin no se lo permitió.

—Y probablemente dentro de unas semanas ya no importará. Tu plan funcionará y todo irá bien.

—¿Y si no va todo bien?

Fenella bajó la mirada hacia la manta que retorcía con la mano derecha.

—Entonces ya podré protegerme sola.

Gavin quería decir: No habrá necesidad. Yo te protegeré. Pero no pudo. No sería cierto, pues se marchaba y no volvería.

De repente, Fenella giró la cabeza y lo miró directamente a los ojos.

—Bésame, Gavin. Una última vez. Bésame para que nunca olvide lo que se siente estar en tus brazos. Por favor. Solo una vez más.

Ella estaba derribando todas sus defensas cuidadosamente construidas.

Él quería a Fenella. La quería más de lo que jamás había deseado nada ni a nadie.

Pero tocarla y conocerla como lo hacía en sus sueños los atraparía a ambos.

Un beso. Eso fue lo que dijeron la última vez y había sido casi mucho, mucho más.

Y, sin embargo, no se atrevía a alejarse de su lado.

Lo único en lo que podía pensar era que, si Fenella nunca quería olvidarlo, él se aseguraría de que nunca lo hiciera.

Los labios de Fenella se entreabrieron con expectación.

Cuando él le tomó el rostro entre las manos, ella contuvo la respiración mientras esperaba sentir el calor de sus labios contra los suyos.

Y cuando lo hicieron, despertaron en lo más profundo de ella un anhelo que sabía que nunca se extinguiría.

Gavin no era suave ni tierno. Su boca era voraz, su lengua se hundió en su interior, saboreándola, provocándola, bebiendo su esencia.

Aquel beso no estaba destinado a derretirle las entrañas al recordarlo con cariño.

Era descaradamente erótico, exigía todo lo que ella tenía y Fenella se rindió a su dominio.

Todo su ser vibraba de deseo. Su mente estaba inundada de necesidad y solo podía formar una palabra: más .

Sus manos se deslizaron alrededor de su cuello en un intento por acercarse más.

Gavin accedió, profundizando el beso mientras sus propias manos se desplazaban de sus mejillas al lado de su cuello, donde sus pulgares acariciaban su pulso desenfrenado.

Sus suaves gemidos eran a la vez un bálsamo y un tormento para su alma.

No hacían más que besarse y, sin embargo, su respuesta inocente pero ansiosa a cada una de sus caricias era un tormento.

No quería parar nunca. Necesitaba más. Anhelaba más. Quería saber qué se sentía al tener a una mujer completamente deshecha en sus brazos. Que se deleitara con su tacto y no pensara en nada más.

Lentamente, bajó la mano por su nuca, rozando su suave piel, hasta que por fin encontró su pecho.

Lo ahuecó con vacilación, casi con reverencia, detectando el duro capullo a través del fino tejido de su camisola.

Su pulgar lo acarició mientras su lengua se fundía con la de ella.

La doble sensación les arrancó un gemido a ambos.

Cuando Gavin cubrió su pecho con la mano, todo el cuerpo de Fenella se estremeció en respuesta.

Entonces él comenzó a provocar y a acariciar cada pezón por turnos, lo que hizo que el deseo entre sus piernas se intensificara.

Su piel ansiaba su tacto y ella instintivamente se arqueó hacia su palma, pidiendo más.

Gavin continuó su doble asalto hasta que pudo sentir que Fenella se volvía loca de deseo.

Ella no estaba sola. En el fondo, él sabía que un beso no sería suficiente.

Nunca sería suficiente. Soñaba con ella todas las noches.

Besándola, tocándola, saboreándola. Ella era mejor que sus fantasías más vívidas.

Y él no necesitaba fingir. Fenella estaba allí, con él, y podría estar con él para siempre si él simplemente aceptara lo que ella le ofrecía: a sí misma.

Y él quería hacerlo. Dios, cómo lo deseaba.