Capítulo Cuatro #3
Gruñendo, él le devolvió el beso y la recostó contra la colchoneta, viendo su hermoso cabello extenderse, con los diferentes tonos de púrpura en marcado contraste con el azul opaco de la colchoneta.
Ella era vibrante y apasionada. Le estaba pidiendo que se abriera a ella de la única manera que él podía en este momento.
—No deberíamos hacer esto —rezongó mientras olía su cuello y la besaba detrás de la oreja.
No deberían hacer esto. Cierto. Él era su entrenador. Y ella necesitaba que él tuviera el control de su entrenamiento. Pero él estaba perdiendo rápidamente todo el control cuando se trataba de la joven belleza debajo de él.
—Si no quieres hacerme el amor, no tienes que hacerlo. —Sus ojos se abrieron con confusión cuando él se apartó—. Pensé... no lo sé. ¿Qué quieres tú?
Ella era demasiado vulnerable. —Maldición, no quiero que te arrepientas de esto.
—Me arrepiento de cada maldita cosa que he hecho en los últimos dos años. De esto no me arrepentiré. Hazme el amor. —Ella lo agarró de la parte delantera de la camisa y lo tiró sobre ella.
No podía lastimarla así. No aquí, no ahora. Ninguno de los dos estaba listo para un revolcón rápido. Esto era solo un rebote emocional. Gruñendo, con cuidado apartó los dedos de ella del cuello de su camisa y se zafó de su apretado agarre. —Esto no es apropiado...
El rostro de ella se ensombreció, rodó sobre su costado y se sentó, haciéndole un gesto de desdén con la mano. —Sí, como sea. Mañana tengo un turno temprano en la cafetería. Dejémoslo por hoy, ¿está bien? —Poniéndose de pie para ajustarse el leotardo, apartó la cara.
Él todavía pudo ver el tinte rosado en sus pómulos y orejas. La había avergonzado de nuevo. Imbécil . —Lo siento, sí, te veré mañana.
Ella agarró con rigidez su bolso de lona y caminó hacia la salida.
—Wren, espera.
Al darse la vuelta para mirarlo, él vio en ella una chispa de esperanza.
—Olvidaste tu botella de agua.
Sus cejas se juntaron y un músculo en su mandíbula se tensó mientras trotaba para quitársela.
Su expresión se endureció y la mirada de Wren estaba de vuelta.
Tras un rápido giro de sus ahora tormentosos ojos azules y un encogimiento de hombros enojado, salió por la puerta antes de que él pudiera formular una respuesta.
Mierda . La había regado otra vez. Bueno, ya dominaba ese movimiento, ¿no?
Enamorarse de una mujer joven y hermosa con un gran sentido del humor y una ética de trabajo férrea; y luego, cuando llegaba el momento de actuar, convertirse en un viejo imbécil e impotente.
Su pene no estaba de acuerdo con él. Cada vez que estaba cerca de ella, cobraba vida, exigiendo acción...
la acción de ella. Sus manos, su boca, su garganta, su trasero, Dios, cada parte de su cuerpo.
Quería enterrarse tan profundo en ella que no pudiera pensar con claridad. Maldición .
Siguió los pasos habituales de limpieza, poniendo todo en su lugar, sintiéndose como un maldito robot. Sus movimientos mecánicos y fríos lo hacían sentirse más fatigado con cada paso. ¿Por qué era tan difícil con ella?
No era por su edad. Ella había crecido. Ahora era toda una mujer y él no temía corromperla.
Era más que eso. La forma en que lo miraba, con sus ojos brillando con confianza y adoración; la forma en que se sometía a sus órdenes, incluso cuando fingía que no quería; ella lo veía como un hombre bueno, un hombre que no podía hacer nada malo, un hombre sin fisuras que podía ayudarla a alcanzar sus metas.
Pero él no era nada de eso. Y cuando ella lo descubriera, se le rompería el corazón.
No podría vivir con el dolor y la traición que vería en sus ojos.
Dejar el equipo, traicionarla... todo eso le había dejado un sabor amargo en la boca.
Preferiría morir viejo y solo antes de dejar que la mujer que amaba lo viera por quien realmente era. Y le había fallado.
Al dejar la última colchoneta en su lugar, se sentó y se pellizcó el puente de la nariz.
Eso era, ¿no? El sexo crearía más intimidad entre ellos, y ya tenían una química que se podía cortar con un cuchillo de mantequilla.
Cualquier idiota podía verlo. Pero el sexo complicaría las cosas.
Demasiado. Por mucho que amara a esta pequeña fiera con cabello púrpura, actitud de hierro y un hermoso lado sumiso, necesitaba darle algo de espacio.
Eso era lo que ella necesitaba. Se lo agradecería algún día, cuando encontrara al hombre adecuado; un hombre que la protegiera, incluso de sí misma.
Maldita sea, él quería ser ese hombre. La furia creció en su pecho, dificultándole la respiración.
Dificultándole la vista. Bueno, si no iba a ser el hombre adecuado para ella, se aseguraría muy bien de que estuviera protegida hasta ese momento.
Y si eso requería un arsenal de palmetas y azotes en el trasero desnudo, sesiones nocturnas en las que la haría trabajar hasta que colapsara, eso es lo que le daría.
Ella necesitaba que él la cuidara; nada más.
Y eso era lo que más dolía de todo.