El Refugio Capítulo 6
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Capítulo 6

Lo que ya no se puede detener

Javier llegó a El Refugio por la puerta de atrás cuando el sol ya se había puesto. El local aún no había encendido las luces rojas. Solo el neón discreto de la entrada parpadeaba.

Mercedes lo esperaba en el despacho. La caja fuerte estaba abierta. La carta original, sobre la mesa. Se miraron un segundo largo. Luego él cerró la puerta.

—Merche…

—No me llames así ahora. Siéntate.

Javier obedeció. Se sentó frente a ella con las manos sobre las rodillas, como un hombre que por fin no tiene dónde esconderse.

—Perdóname —dijo—. De verdad. No por lo que hice, porque eso no tiene perdón. Por lo que no hice. Por dejarte sola. Por casarme con Esperanza cuando te había prometido otra cosa. Por convertirme en el cobarde que juré no ser.

Mercedes respiró hondo. Los ojos le brillaban, pero no dejó caer ninguna lágrima.

—Crié a Raquel sola. Trabajando de noche, mintiéndole de día.

Le decía que su padre había muerto. Cada vez que me preguntaba por qué no tenía fotos, me dolía el pecho.

Te odié tanto que a veces me costaba respirar.

Y aun así… en algún rincón roto, todavía te quiero.

Porque fuiste el único que me miró como persona y no como servicio.

Javier bajó la cabeza.

—No quiero que los chicos repitan lo nuestro.

—Tampoco yo.

Hubo un silencio denso.

—Entonces hay que separarlos —dijo él.

Mercedes lo miró fijamente.

—¿Y si ya es demasiado tarde?

—No lo es. Todavía podemos evitar que se hagan el mismo daño.

Mercedes cerró la caja fuerte con un clic seco.

—Hablaré con Raquel. Tú habla con tu hijo. Pero sin gritos. Sin amenazas de internado. Sin repetir lo que nos hicieron a nosotros.

Javier asintió.

—De acuerdo.

Se levantó. Antes de salir, se detuvo en la puerta.

—¿Raquel es…?

—No —cortó Mercedes—. No es hija tuya. Ya me hubiera gustado, a veces. Pero no. Javier cerró los ojos un segundo. Luego salió.

Esa misma noche, en casas distintas, las dos conversaciones fueron parecidas y distintas a la vez. Javier se sentó frente a José Ignacio en el salón.

—Te alejas de ella. No es una petición. Es una orden. Por tu bien y por el de ella. —No puedo, papá.

—Sí puedes. Y lo vas a hacer.

José Ignacio levantó la vista.

—¿Tú pudiste?

Javier no respondió.

En El Refugio, Mercedes habló con Raquel en el despacho.

—Se acabó. No quiero que te destroces la vida por un chico.

—No es un chico, madre. Es él.

—Y yo también dije lo mismo una vez.

Raquel se quedó callada. Las dos sabían que la conversación había terminado en tablas.

Al día siguiente, Raquel y José Ignacio se encontraron en un rincón del aparcamiento de la universidad. Hablaban bajo, sin tocarse.

—Nos van a separar —dijo él.

—Ya lo están intentando.

—No lo voy a permitir.

Raquel lo miró.

—¿Y qué propones?

Él tardó en contestar.

—Que nos veamos fuera. De verdad. Sin cámaras. Sin padres. Sin nadie.

Quedaron en un motel barato a las afueras. Habitación 17. Paredes finas, olor a desinfectante y a promesas rotas.

Entraron cogidos de la mano. Se besaron con urgencia contenida. Se quitaron la ropa despacio, como si cada prenda fuera una despedida. Se tumbaron en la cama estrecha.

Esta vez no se detuvieron.

Él la penetró con cuidado, temblando. Ella jadeó contra su cuello y le clavó las uñas en la espalda.

Fue torpe, intenso, lleno de culpa y de necesidad. El crucifijo de él rozaba el pecho de ella con cada movimiento. Llegaron juntos, ahogados, abrazados con fuerza, como si el mundo pudiera arrebatárselos en cualquier momento.

Después se quedaron en silencio, sudorosos, la frente apoyada el uno en el otro. —Te amo —susurró José Ignacio.

—Y yo a ti —respondió Raquel—. Aunque nos cueste todo.

Se vistieron en silencio. Antes de salir, él le apretó la mano.

—Mañana volvemos. Si hace falta, todas las veces que haga falta.

Raquel asintió.

No sabían que alguien los había visto entrar.

Ni que esa misma noche el teléfono de Javier y el de Mercedes iban a sonar casi al mismo tiempo.