CAPÍTULO OCHO
TESSA
Joder, se me está congelando la nariz. Como tiemble más fuerte, seguro que despierto al gigante dormido de al lado.
Siendo sincera, una parte de mí pensaba que intentaría tirarse encima de mí durante la noche… y todavía no he descubierto por qué esa idea me resultó tan excitante.
El último hombre con el que estuve a punto de acostarme —si es que se puede llamar hombre a alguien que todavía está pasando la pubertad— fue Chuck, de la clase de química.
Todas mis amigas ya habían visto a un hombre desnudo, menos yo, así que lo invité a casa con la excusa de estudiar.
El idiota no pillaba las indirectas; iba en serio con lo de estudiar.
Cuando por fin, literalmente, le bajé los pantalones, fue una decepción total.
Lo único peor fue nuestro patético intento de meterla.
Como me explicó Sarah después, si no está dura, solo sirve para mear…
Después de Chuck, decidí quedarme solo con tías.
No tenía ni idea de lo que un tío enorme de montaña, talla XXL, sería capaz de hacerme comparado con un Chuck que apenas llegaba a la M. Dios, la fuerza bruta con la que me follaría… pero bueno.
Vale. Por mucho que esperaba que estas fantasías guarras me calentaran el cuerpo, no estaba funcionando. Seguía a punto de morir congelada.
Pero ¿qué más da si tiene razón…? O sea, voy a volver a casa pronto de todos modos, y no lo voy a ver nunca más. No tiene sentido hacerme la tímida con él, y además, está durmiendo tan profundamente que me podría morir congelada y le daría igual…
Aunque no veía ninguna lógica en que quitarme ropa fuera a darme menos frío, empecé a quitarme las mallas y la sudadera con mucho cuidado.
No tenía ni idea de cómo funcionaba esto, así que no sabía hasta dónde tenía que desnudarme.
El saco de dormir crujía cada vez más fuerte mientras me sacaba la camiseta por la cabeza. Me sentía como una imbécil…
Esto era una locura total, y poco a poco iba perdiendo la capacidad de distinguir si temblaba de frío o si alguna parte retorcida de mí encontraba increíblemente erótico estar aquí completamente desnuda junto a un desconocido…
Solo había una cosa que no me esperaba: que de repente decidiera reclamar su mitad del saco de dormir reconvertido en manta justo cuando me había quedado en cueros.
Soltó un suspiro profundo, como si estuviera soñando con algo, mientras se acurrucaba y se acercaba más. Contuve la respiración, rezando para que, si me quedaba completamente quieta, volviera a dormirse sin más.
Su respiración se fue calmando poco a poco, y yo también empezaba a sentirme un poco mejor. Al final, puede que tenga que admitir que no iba de farol.
Me desperté sintiendo un dedo enorme trazando círculos alrededor de mi clítoris.
¿Pero qué cojones?
No tenía ni idea de qué hacer. ¿Resistirme, o simplemente hacerme la muerta y esperar a que parara?
Me quedé completamente paralizada, pero podía sentir sus dedos bajando más, esparciendo mi propia humedad por todo el clítoris. Joder, ¿cuándo me había mojado tanto?
Intenté no moverme ni un milímetro, con los ojos bien cerrados, pero a él parecía darle igual. Siguió masajeándome el clítoris, cada vez más fuerte y con más ritmo. Joder, si no paraba pronto, me iba a correr, y entonces sería evidente que estaba despierta.
Lo sentí deslizarse un poco hacia abajo para colocarse mejor. Me metió dos dedos dentro, y allí, bajo la manta, se llevó mi pezón a la boca. Dios mío, la succión. Era como si con cada tirón quisiera demostrar lo mucho mejor que era que Chloe… y al ritmo que iba, estaba a punto de conseguirlo.
Podía oír cómo su respiración se volvía entrecortada, pero no me soltó el pezón ni un segundo.
De pronto estaba encima de mí, arrodillado en la oscuridad. Su lengua recorrió mi cuello, subió por la mandíbula hasta mis labios, y entonces me metió la lengua en la boca con tanta pasión salvaje que cualquier pensamiento de resistirme se esfumó por completo.
—Nena —gruñó, y podía sentir su polla dura, resbaladiza de preseminal, palpitando contra mi estómago desnudo—. Voy a follarte ahora. Como un hombre de verdad. Y a partir de ahora, mi polla va a ser lo único que desees.
Abrí los ojos y tragué saliva, incapaz de articular palabra.
—¿Me entiendes? —gruñó, aunque era más una orden que una pregunta.
Me mordí el labio y asentí, sin voz. Todo mi cuerpo ardía. Ya no había duda de si iba a resistirme o no. Lo único que quería era que me la metiera de una vez.
Fue entonces cuando bajé la mano, envolví su polla palpitante con los dedos, y el tamaño me dejó alucinada.
—Fraser… eso no puede…
—Entrará, tranquila, nena —jadeó.
Eché la cabeza hacia atrás contra la colchoneta mientras un pensamiento salvaje me cruzaba la mente: quizá debería haber fantaseado con un tío de talla L normal.