El Quinto Azulejo (Los Misterios de Elena Vidal 6) Capítulo 4 — La fuente de Alfama
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Capítulo 4 — La fuente de Alfama

La fuente de Alfama

E l día siguiente amaneció cubierto por una niebla ligera que se deslizaba entre las calles de Alfama como un rumor que no termina de llegar. Elena llegó antes de que los primeros tranvías subieran la colina, cuando las calles aún estaban mojadas por el rocío y las persianas seguían cerradas.

Callejeó entre fachadas encaladas, ascendiendo y descendiendo por calles empinadas que a veces se convertían en escaleras, hasta llegar a una plazuela escondida entre dos edificios.

No había cartel ni nombre. Solo una fuente de piedra antigua, contra la pared del fondo, con un hilo de agua que caía sobre una pila cubierta de musgo.

El muro que la rodeaba era un panel de azulejos, con varias piezas arrancadas y otras colocadas después, en un patrón que no se ajustaba al resto del conjunto.

Elena se arrodilló para verlo mejor. Un barco.

Una ciudad en llamas. Una figura arrodillada, con las manos cubriéndose el rostro.

Arriba, una inscripción en portugués antiguo que apenas podía descifrar:

"A água que apaga o fogo também esconde o que o fogo revelou."

—El agua que apaga el fuego también esconde lo que el fuego reveló.

La voz llegó desde atrás. Elena se giró. Una joven la miraba desde la entrada de la plazuela, con una mochila al hombro y una expresión que no era curiosidad, sino evaluación. Como si estuviera midiendo si Elena merecía estar allí.

—¿Quién es usted?

—Elena Vidal.

—Ya lo sé. Joaquim me habló de usted. Pero no me dijo que vendría tan pronto. Ni que traería el azulejo del Carmo en el bolsillo.

Elena llevó la mano instintivamente a la chaqueta. Mariana sonrió, pero no era una sonrisa cálida. Era la sonrisa de quien ha aprendido a desconfiar de todo el mundo y no va a cambiar de opinión por una extranjera con una libreta.

—¿Sabe lo que significa esa inscripción?

Elena no necesitó que Mariana la tradujera. Las palabras, aunque no las entendía del todo, le llegaron como un eco de algo que ya sabía: la ciudad se había reconstruido sobre lo que el terremoto dejó al descubierto, y lo que el fuego había revelado seguía allí, esperando.

—No. Pero tengo la sensación de que debería.

—Significa que la ciudad se reconstruyó sobre lo que el terremoto dejó al descubierto. Llevo tres años estudiando los azulejos de Lisboa y las recetas que se guardaron con ellos. He visto este panel una docena de veces. Nunca con este agujero.

Mariana señaló las piezas faltantes, los huecos que interrumpían la continuidad del dibujo.

—Antes del terremoto, algunos conventos escondían sus dulces más valiosos igual que escondían reliquias: detrás de un azulejo, dentro de un muro, bajo un altar.

Henrique estaba convencido de que la Custódia estaba oculta en uno de cinco paneles repartidos por la ciudad.

Yo pensaba que era una leyenda de restauradores. Hasta ahora.

—¿Cuántos paneles hay?

—Al menos cinco —dijo Mariana—. Podría haber más. Nadie lo sabe con certeza.

Mientras hablaban, un hombre se alejaba entre la niebla al otro lado de la plazuela. Llevaba sombrero y caminaba con una cojera ligera. Se detuvo un instante. No se giró. Pero levantó la mano, como si saludara a alguien que no podía ver. Luego desapareció.

—¿Quién era? —preguntó Elena.

Mariana no respondió. Pero sus dedos, apoyados en el borde de la fuente, se cerraron sobre la piedra con más fuerza de la necesaria.

—¿Qué miras? —preguntó Mariana.

—Nada. Pensaba en lo que has dicho.

—No me has contestado.

—Sí. Creo que tienes razón. Lisboa no está construida sobre el suelo. Está construida sobre todo lo que el terremoto no pudo llevarse.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Encontrar los paneles que faltan. Y averiguar quién los está protegiendo.

—¿Y si quien los protege tiene razón?

Elena no respondió. Pero el eco de esa pregunta la acompañó todo el camino de vuelta.