Capítulo 2 — El convento de los azulejos
El convento de los azulejos
Elena llegó antes de que la policía cerrara el acceso.
El cartel de "Restauración en curso — Prohibido el paso" seguía allí, aunque la cinta amarilla ya lo rodeaba todo.
El sol de la mañana apenas alcanzaba los arcos más altos, y las sombras se alargaban sobre el suelo de piedra.
El silencio del convento era diferente al de la ciudad: era un silencio antiguo, cargado de siglos, que parecía esperar.
Dos agentes tomaban declaración a un hombre mayor.
Vestía una chaqueta de lino ajada, con los codos desgastados.
Apoyaba un bastón de madera oscura, con el puño gastado por el lado derecho, como si quien lo usara llevara décadas apoyándose en él con la misma mano, con el mismo gesto, cada día de su vida.
No parecía un testigo. Parecía alguien que acababa de perder a un amigo.
Elena se acercó. El hombre levantó la vista sin sorprenderse.
—Usted es la española —dijo. No era una pregunta.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque Henrique esperaba su visita. Me habló de usted.
Dijo que vendría desde muy lejos por una receta que él pensaba que ya nadie recordaba.
Dijo que usted entendería. Y porque desde que llegó, los azulejos de la entrada han cambiado de color.
La luz, cuando alguien importante entra en un convento, se queda un momento más antes de irse.
Elena no supo si era una broma. Joaquim no sonreía.
—¿Quién es usted?
—Joaquim.
No dio más explicaciones. Giró la cabeza hacia el panel que Henrique había estado restaurando: un conjunto de azulejos que representaba un barco, un puerto, una multitud, y en el centro una figura que señalaba hacia el horizonte.
La luz de la mañana se posaba sobre el barco pintado como si el sol también quisiera embarcar.
—¿Cómo murió? —preguntó Elena.
—La policía dice que fue un accidente —respondió Joaquim, sin apartar la vista del azulejo.
—¿Y usted qué dice?
Joaquim no respondió. Se acercó al panel sin tocarlo, como si el contacto pudiera dañar algo más que la cerámica. Sus dedos se movieron ligeramente, como si acariciaran el aire frente a los azulejos.
—¿Ve esa pieza? —señaló una zona en la parte inferior izquierda.
Elena se inclinó. Un azulejo aparentemente igual a los demás, con la misma tonalidad azul y el mismo dibujo, pero algo en él no encajaba.
El azul era ligeramente más intenso, como si hubiera sido pintado con una mano distinta.
El borde, demasiado recto, como si no hubiera envejecido al mismo ritmo que el resto del panel.
—Alguien la colocó después de que él muriera. Y quien lo hizo no quería ocultar nada. Quería que se viera. Quería que alguien preguntara por qué.
—¿Cómo lo sabe?
Joaquim sacó una lupa de latón, con el cristal rayado por el uso y el mango desgastado, y se la tendió.
—Mire con atención.
Elena tomó la lupa. En el borde inferior, casi invisible, había dos letras grabadas con una precisión diminuta: H.S.
—¿Qué significa?
—Que la pieza fue restaurada por Henrique. Pero él nunca firmaba en el borde. Siempre lo hacía detrás, donde nadie la ve. Donde solo otro restaurador sabría buscar.
Elena guardó silencio.
—¿Sabía usted que yo venía a preguntarle por un dulce?
—Lo sabía todo el mundo que le conocía bien. La Custódia era su obsesión desde que yo era joven. —Joaquim se detuvo—. Henrique llevaba treinta años buscando esa pieza. Treinta años recorriendo conventos, fuentes y archivos.
Elena recordó entonces el fragmento que había encontrado al amanecer. Lo sacó del bolsillo y lo sostuvo entre sus dedos.
—¿Reconoce esto?
La expresión de Joaquim cambió. No era tristeza. Era reconocimiento. Una chispa en sus ojos que no había estado antes.
—¿Dónde lo encontró?
—Aquí mismo. Antes de que llegara la policía. En el suelo, junto a la verja de entrada.
Joaquim lo giró entre los dedos. La luz de la mañana se reflejó en la superficie lisa, revelando una pequeña marca que Elena no había visto antes: un círculo y una línea, como una firma incompleta.
—No es de este panel.
—¿De cuál es?
—Aún no lo sé. Pero sé que quien lo dejó aquí quería que usted lo encontrara. Quería que usted empezara el camino.
Le devolvió el azulejo. Su mano rozó la de Elena apenas un instante. El contacto fue breve, pero Elena sintió en él una calidez que no venía de la piel.
—Hay más paneles en Lisboa —dijo Joaquim—. Este es solo el segundo.
—¿Cuál es el primero?
Joaquim miró hacia el arco abierto, hacia la ciudad blanca y azul que se extendía más allá de las ruinas.
—Mañana, al amanecer, vaya a Alfama. Busque la fuente que nadie utiliza. Allí encontrará el primero.
Al salir, Elena sintió que alguien la observaba. Se volvió. No vio a nadie, pero entre los arcos de la entrada un reflejo metálico desapareció tras una columna. Se quedó inmóvil unos segundos, escuchando el silencio del convento, pero solo oyó el rumor del viento y el canto de los pájaros.
Aquella noche, mientras cenaba sola en un restaurante del Bairro Alto, el camarero le entregó un sobre sin remitente, colocado discretamente junto al pan.
Dentro había otro fragmento de azulejo, más pequeño que el primero, con una mano señalando hacia abajo.
Al dorso, escrita a mano con tinta negra, una sola palabra:
"Custódia."
Elena no había oído nunca esa palabra hasta esa mañana.
Y ya la habían dejado dos veces en su camino.
Guardó el fragmento junto al primero, y al hacerlo notó que las dos piezas, aunque de procedencia distinta, compartían la misma textura en el borde roto, como si hubieran sido partidas por la misma mano.