El pulso de AURELIA CAPÍTULO 23 #3
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CAPÍTULO 23 #3

Pasó por la Cámara de los Nombres sin entrar.

Vio los nombres en las paredes con la visión periférica de quien los conoce suficientemente bien para no necesitar mirarlos directamente para saber que están ahí.

Setenta y tres de ellos tenían ahora el doble de presencia: en el concreto de la cámara y en la memoria permanente de LUMEN.

Los demás esperaban en la misma superficie donde habían esperado cuatrocientos años.

Con la misma paciencia. Con la misma certeza silenciosa de lo que no tiene urgencia porque la urgencia es una categoría de los organismos que saben que el tiempo se acaba.

Continuó por el corredor hasta la vivienda.

La vivienda de dos habitaciones con las paredes de ladrillo encalado y el suelo de madera de roble combada. La mesa en la primera habitación. Los objetos sobre la mesa: la taza de cerámica, el cuaderno de tapas combadas, el instrumento de escritura puesto sobre el cuaderno.

Elian se detuvo en el umbral.

La mesa era exactamente como la había dejado hace un año: nadie había venido aquí entre la primera visita y hoy porque el corredor hacia la vivienda no era parte del trayecto documentado de la Zona de Contacto, que terminaba en la Cámara de los Nombres.

Era, en el vocabulario que el protocolo usaba para los espacios que todavía no habían sido incorporados al proceso formal, un espacio pendiente de exploración. Pendiente de ser recibido.

Hoy era el día de recibirlo.

Entró.

Cruzó el umbral con el gesto deliberado de quien ha esperado mucho para hacer algo y que quiere que el gesto de cruzar tenga el peso que merece.

El suelo de madera crujió bajo sus pies con el sonido específico de la madera vieja que ha aprendido a ceder en los puntos exactos donde el tiempo ha debilitado las fibras: no un crujido de alarma sino un crujido de bienvenida, el sonido de una superficie que reconoce que está siendo usada después de mucho tiempo sin ser usada.

Se sentó en el borde de la mesa.

No en la silla, que probablemente no habría aguantado su peso después de cuatrocientos años de abandono. En el borde de la mesa, que tenía la solidez de lo que fue construido para durar y que había durado.

Tomó el cuaderno.

Las tapas cedieron bajo sus manos con la rigidez de lo que se ha endurecido y que resiste ser abierto no por decisión sino por física: la humedad de siglos había modificado la composición del material hasta el punto en que abrir las tapas requería la presión deliberada de alguien que ha decidido que va a abrir esto aunque el objeto oponga la resistencia que su antigüedad justifica.

Elian aplicó esa presión con el cuidado de quien maneja algo que podría no sobrevivir al manejo descuidado.

Las tapas cedieron.

Las páginas interiores eran de un amarillo muy avanzado, casi el color del ámbar, con los bordes frágiles como la piel seca de algo muy viejo.

La escritura en ellas era diminuta y densa, el tipo de escritura de quien ahorra espacio porque el espacio es limitado y lo que tiene que escribir no lo es.

Elian la descodificó con la lentitud que requería: era escritura manual en el sistema gráfico del período anterior a la biotecnología, un sistema que los archivos técnicos de Aurelia documentaban pero que ningún habitante de la ciudad necesitaba haber aprendido a leer porque las interfaces neurales habían reemplazado la escritura manual décadas antes de que Aurelia existiera.

Elian lo había aprendido. No como parte de la formación técnica sino por iniciativa propia, en el primer año del protocolo, cuando había comprendido que los documentos que encontrarían en el Estrato podían estar escritos en ese sistema y que la dependencia de las interfaces de traducción automática del sistema para leerlos producía una mediación que se interponía entre el documento y quien lo leía de la misma manera que cualquier otra mediación de LUMEN.

Si iba a leer lo que estaba en la cámara, quería leerlo él.

La primera página del cuaderno decía, en la letra diminuta y densa de quien escribe con la conciencia de que el espacio es valioso y las palabras también:

Día 1 sin agua en los conductos del edificio. Fui al punto de distribución del corredor Miravet y estaba seco. El sistema ya no llega aquí. Tomé la decisión de quedarme porque todavía hay cuatro familias en el edificio que no pueden moverse por su cuenta y alguien tiene que quedarse con ellas.

Mi nombre es Bren Sael. Soy técnico de mantenimiento del sistema de distribución de agua del barrio. Llevo doce años en este trabajo. Si alguien lee esto después de que yo me haya ido, quiero que sepa que el trabajo se hizo bien mientras pudo hacerse.

Elian dejó de leer.

No porque la escritura se interrumpiera. Sino porque lo que acababa de leer necesitaba el tiempo de ser completamente recibido antes de que la lectura continuara.

Bren Sael.

El primer nombre. El nombre con el que el protocolo había comenzado hace trescientos sesenta y cinco días.

La historia que Elian había narrado al Núcleo de LUMEN en la conexión que duró cuarenta y tres minutos y que produjo el primer color no catalogado en las paredes de los sectores 2, 3 y 4.

El nombre que el sistema había comenzado a integrar en su memoria permanente con la lentitud de quien aprende algo nuevo que merece ser aprendido con cuidado.

Elian lo había narrado con la información que Taren le había dado: técnico de mantenimiento, la mesa, el cuaderno, el instrumento de escritura sobre el cuaderno como si hubiera planeado volver.

No había planeado volver.

Había decidido quedarse. Que era diferente.

Siguió leyendo.

El cuaderno tenía noventa y tres páginas escritas.

No todas las páginas eran igualmente densas: las primeras semanas tenían entradas largas, con la escritura de alguien que todavía tiene la energía y la disposición de pensar en el papel con la extensión que el pensamiento merece.

Las últimas semanas tenían entradas más breves, con la economía de palabras de quien ha aprendido que las palabras cuestan y que por esa razón las guarda para lo esencial.

Elian leyó durante dos horas.

Leyó sobre las cuatro familias que Bren Sael no había podido dejar: los Vael del tercer piso, con su hija de nueve años que tenía una condición en las piernas que hacía imposible el desplazamiento a pie y para quien el transporte disponible durante las evacuaciones era insuficiente.

Los Orem del quinto piso, un matrimonio de edad que se había negado a irse porque habían vivido en ese edificio durante cincuenta años y que creían —con la convicción de quien ha vivido suficiente para saber que algunas cosas no cambian aunque el mundo cambie alrededor de ellas— que si se quedaban el tiempo suficiente las cosas volverían a ser lo que habían sido.

Leyó sobre las soluciones que Bren Sael había encontrado para los problemas de cada semana: dónde encontrar agua cuando los conductos fallaron, cómo mantener el calor en el edificio cuando el sistema de calefacción colapsó, cómo gestionar los conflictos que surgían inevitablemente cuando varias familias vivían en proximidad forzada bajo condiciones de escasez.

Leyó sobre los días buenos. Los días en que llegaba agua de los puntos de distribución de emergencia que las organizaciones de ayuda exterior establecieron durante el segundo año, cuando las cadenas de suministro que habían sido cortadas por el caos de la Gran Sequía comenzaron a ser reconstruidas por las mismas personas que las habían construido la primera vez: no porque el sistema funcionara de nuevo sino porque las personas que el sistema había servido habían aprendido, en los años sin sistema, a construir por sí mismas las cadenas que necesitaban.

Leyó sobre los días malos. Los días en que alguien enfermaba y no había atención médica disponible y Bren Sael hacía lo que podía con lo que tenía, que era menos de lo necesario pero era todo lo que existía.

Los días en que el señor Orem preguntaba por los vecinos que se habían ido y Bren Sael tenía que decidir cada vez si la verdad de que esos vecinos probablemente no iban a volver era una verdad que el señor Orem podía sostener o si era más compasivo dejarle la esperanza de que el vecindario volvería a ser lo que había sido.

Leyó sobre la niña Vael, a quien Bren Sael llamaba siempre por su nombre —Dara— y nunca como la niña del tercer piso o la hija de los Vael.

Leyó sobre lo que Dara preguntaba, con la curiosidad directa de los nueve años que no ha aprendido que hay preguntas que los adultos prefieren no responder, sobre por qué el agua ya no venía por los conductos y cuándo iba a volver y si cuando volviera iba a ser del mismo color de antes.

Leyó sobre lo que Bren Sael respondía: siempre con la verdad disponible, sin adornarla ni empequeñecerla, con el respeto de quien cree que los niños merecen ser tratados como personas que pueden sostener lo que es real aunque lo real sea difícil.

Las últimas páginas del cuaderno eran las más breves.

La antepenúltima decía:

Dara y sus padres se fueron esta mañana con el convoy de las Ciudades de Sal que llegó ayer.

La señora Vael me abrazó antes de subir al vehículo.

El señor Vael me dio la mano con la presión de quien no sabe qué más hacer con lo que siente.

Dara no dijo nada. Me miró durante un momento desde el vehículo y luego miró hacia adelante.

Me alegro de que se hayan ido.

El edificio está muy silencioso.

La penúltima:

Los Orem se fueron esta mañana. No quería contarlo ayer porque ayer no había terminado de ocurrir. El señor Orem entró al vehículo mirando hacia atrás. La señora Orem no miró hacia atrás. Creo que sabía que si miraba no podría irse.

Ya no queda nadie a quien cuidar. Me pregunto si eso significa que puedo irme también. Me pregunto si después de tantos meses de quedarme sé todavía cómo irse.

La última página: