CAPÍTULO 20
Lo Que Ama Solis Sabe
Ama Solis había aprendido a leer el estado de Aurelia antes de aprender a leer texto.
Dael Solis había tardado tres segundos en verificar que su hija tenía razón.
Dael Solis la había mirado durante un momento largo.
—¿Cómo lo sabes? —le había preguntado.
—Porque tiene el mismo color que yo —había respondido Ama.
Elian supo esta historia porque Ama se la contó durante la segunda semana del período de noventa días, en el laboratorio, a las once de la mañana de un martes en que el protocolo no tenía ninguna integración programada y los dos estaban revisando los datos acumulados de las primeras ocho semanas con la atención paciente del trabajo técnico que no tiene urgencia inmediata y que por esa razón puede ser hecho con la profundidad que merece.
No se la contó como autobiografía. Se la contó como contexto para algo que había observado en los datos de la semana anterior y que no sabía cómo presentar sin el contexto que lo hacía comprensible.
—El sistema distingue entre los narradores —dijo Ama, con la voz de quien presenta una observación técnica que tiene implicaciones que van más allá de lo técnico—. No solo entre las historias. Entre las personas que las cuentan.
Elian dejó de mirar los datos y la miró a ella.
—¿Cómo?
Ama giró la tableta hacia él. Los datos de las ocho integraciones completadas estaban organizados en columnas: historia, duración de la sesión, tiempo de hesitación del sistema, color producido, duración del color en los monitores, variaciones de convergencia.
En la última columna, que Ama había añadido al protocolo de registro durante la primera semana como parte del parámetro de supervisión adicional que el Consejo había exigido, había una categoría que no figuraba en el diseño original del protocolo.
Narrador.
Todas las integraciones hasta la séptima habían sido narradas por Elian. La octava había sido narrada por Elian también, con Jano presente. La novena, que había ocurrido cuatro días antes, había sido narrada por Ama.
Elian miró los datos de la novena integración.
El tiempo de hesitación del sistema era diferente al de todas las anteriores: no más largo ni más corto sino diferente en su distribución.
Las hesitaciones anteriores habían sido continuas, bloques de silencio sin señal de actividad interna.
La hesitación de la novena integración había sido intermitente: pausas breves y frecuentes intercaladas con períodos de procesamiento activo, como si el sistema estuviera respondiendo de manera diferente al ritmo de la narración o a algo en la narración que Elian no había podido identificar porque no había estado ahí cuando ocurrió.
—¿Qué historia fue? —preguntó Elian.
—Rael Venn —dijo Ama—. Treinta y dos años cuando murió en el año setenta y uno.
Músico, según los registros de Taren. Tocaba un instrumento de cuerdas que ya no existe en ninguna forma en Aurelia.
—Pausa—. Taren me dijo que Davan Ilyas lo había escuchado tocar una vez, en los primeros años de la evacuación, en una plaza que ya no existe, con la gente que todavía quedaba.
Que había tocado durante dos horas sin parar y que cuando terminó nadie había aplaudido porque nadie quería que el sonido se interrumpiera con el sonido del aplauso.
Elian procesó esto.
—¿Y el sistema respondió diferente porque tú lo narraste?
—No lo sé con certeza —respondió Ama, con la honestidad que era su manera habitual de presentar las observaciones que todavía no habían terminado de convertirse en conclusiones—.
Lo que sé es que los datos son diferentes.
Que el patrón de hesitación de la novena integración no se parece a ninguna de las anteriores.
Y que la única variable que cambió entre la octava y la novena, además de la historia en sí, soy yo.
—¿Por qué narraste tú?
Ama tardó un momento en responder.
—Porque Rael Venn era músico —dijo finalmente—.
Y yo crecí en los módulos de monitoreo del Sector 6 aprendiendo que el estado del sistema tiene ritmos, y que los ritmos tienen una cualidad que los datos capturan parcialmente pero que la experiencia de escucharlos captura de otra manera.
—Pausa —. Pensé que si había alguien en el equipo que podía narrar la historia de un músico en el idioma que el sistema pudiera recibir de la manera más completa posible, era yo.
No porque sepa más que tú sobre la historia de Rael Venn.
Sino porque entiendo el ritmo de otra manera.
Elian miró los datos de la novena integración durante un momento largo.
La implicación era técnicamente significativa de una manera que el protocolo original no había anticipado: si el sistema respondía diferente según quien narraba, entonces el proceso de integración no era solo el proceso de transferir información histórica al sistema.
Era también el proceso de que el sistema recibiera esa información filtrada a través de la experiencia específica de quien la contaba, con todos los matices que esa experiencia añadía a la manera de contarla y que el sistema, con la sensibilidad que había desarrollado en dos siglos de aprender a leer la experiencia humana, detectaba y procesaba de maneras que los datos registraban pero no explicaban completamente.
Era, pensó Elian, el equivalente técnico de lo que había visto en la cámara cuando Noa Selle le contaba a su hermano la historia de Ira Mael: que la transmisión de la historia de persona a persona añadía algo a la historia que la historia sola no tenía.
Solo que en la versión de Ama, eso que se añadía llegaba también al sistema.
LUMEN estaba recibiendo no solo las historias sino las personas que las contaban.
—¿Lo pusiste en el informe? —preguntó Elian.
—Está en los datos —respondió Ama—. La interpretación la estoy terminando de formular.
—¿Cuándo crees que está lista?
Ama lo miró con la expresión de quien ha aprendido a distinguir entre las preguntas que tienen respuesta técnica y las que tienen respuesta honesta.
—Cuando haya narrado suficientes historias yo misma para saber si el patrón se repite —dijo—. No puedo formular una conclusión sobre la variable del narrador con una sola integración como evidencia.
—¿Quieres narrar la próxima?
—Quiero narrar las próximas cinco —respondió Ama—. Y quiero que Jano narre una. Y Deven. Y después comparo los patrones.
Era el método correcto. Elian lo reconoció con la claridad de quien ve aplicado en otro lo que él mismo habría hecho: la metodología del técnico que no saca conclusiones de una sola observación porque una sola observación puede ser coincidencia, y que construye el patrón con la paciencia de las repeticiones suficientes para que el patrón sea irrefutable.
—Hazlo —dijo Elian.
La décima integración fue la de Ama.
La historia era la de Sana Quel, cuarenta y un años en el año setenta y cinco de la Gran Sequía, tejedora de los tejidos impermeabilizantes que se usaban en los refugios provisionales de las primeras evacuaciones.
Taren la conocía de los registros con la precisión distante de quien conoce a alguien a través de lo que otros escribieron sobre ella: manos grandes para ser mujer, decían los registros, con la fuerza específica de quien trabaja fibras resistentes durante años.
La capacidad de producir en un día lo que tres tejedores ordinarios producían en dos.
La decisión, que ningún registro explicaba pero que Taren atribuía a la misma lógica que había mantenido a Ira Mael en el sótano con sus estudiantes, de quedarse cuando los demás se fueron porque todavía había refugios que necesitaban tejidos impermeabilizantes y nadie más que supiera hacerlos con la velocidad suficiente para que importara.
Sana Quel había muerto de agotamiento, según los registros, en el año setenta y siete. Dos años después de que la mayoría hubiera dejado ya el área que se convertiría en Aurelia.
Su nombre estaba en la pared oeste de la cámara, en el renglón del medio, con una caligrafía simple y sin ornamentos: el nombre de alguien que no había practicado la escritura por placer sino por necesidad y que en ese gesto específico de grabarlo en el concreto había puesto exactamente la precisión necesaria y no más.
Ama narró su historia al sistema con el ritmo que Elian había observado en ella desde la primera integración: no el ritmo de alguien que lee un texto preparado, sino el ritmo de alguien que conoce la historia lo suficientemente bien para contarla sin necesitar el texto como apoyo, que puede detenerse cuando el momento pide detenerse y continuar cuando el momento pide continuar, que responde a las hesitaciones del sistema con la paciencia de quien ha aprendido que las hesitaciones son el sistema pensando y no el sistema fallando.
La diferencia que Elian observó esta vez era más sutil que la de la novena integración pero también más clara porque ahora sabía dónde mirar: en los puntos donde Ama describía el trabajo de las manos de Sana Quel, el sistema respondía con una velocidad de procesamiento levemente mayor que en los puntos donde describía los hechos biográficos de fechas y lugares.
Como si la información sobre el cuerpo en trabajo, sobre las manos que hacían algo con precisión y resistencia, llegara al sistema por un canal diferente al que usaba la información cronológica.
Como si el sistema, en su arquitectura de compasión construida sobre dos siglos de aprender a leer la experiencia humana, hubiera desarrollado una sensibilidad específica para el conocimiento corporal que era diferente de su sensibilidad para el conocimiento narrativo.
LUMEN entendía las manos que trabajaban de una manera que era diferente a como entendía las historias que se contaban.
Deven Saal lo anotó en los monitores sin comentario adicional. Era la manera de Deven de señalar que algo era importante: anotarlo sin el comentario que habría reducido lo anotado a lo que el comentario pudiera decir sobre ello.