El pulso de AURELIA CAPÍTULO 17 #3
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CAPÍTULO 17 #3

Tenía cuarenta y cinco años cuando la Gran Sequía lo separó de su familia en el caos de la segunda evacuación masiva del año sesenta y ocho, el año en que el sistema de transporte colapsó simultáneamente en cuatro regiones y las rutas de evacuación que habían funcionado durante los primeros años de la crisis dejaron de funcionar de maneras que ningún coordinador había previsto porque ningún coordinador había diseñado el sistema de evacuación para el tipo de colapso acumulado que produce una crisis que dura años en lugar de meses.

Ord Taem se había separado de su familia —su compañera y dos hijos de ocho y once años— en la estación de distribución del corredor norte, cuando la presión de la multitud dividió el grupo en dos y cada mitad fue llevada en dirección diferente por la corriente de personas que intentaban llegar a los transportes antes de que se cerraran.

Taren lo sabía de los registros de Davan Ilyas porque Davan Ilyas había visto la separación y había intentado ayudar a Ord Taem a encontrar a los suyos en las horas que siguieron, y en los registros de esas horas había quedado el rastro de lo que le había ocurrido a Ord Taem: había llegado a las zonas de refugio, había sobrevivido, había buscado a su familia durante años en los registros disponibles y nunca los había encontrado porque los registros de la segunda evacuación masiva eran fragmentarios en el sentido de las cosas que no fueron diseñadas para ser registradas sino que fueron registradas por quien podía en el momento en que podía.

Nunca supo si su compañera y sus hijos habían sobrevivido.

Su nombre estaba en la pared este de la cámara, en el tercer renglón desde arriba, grabado con una herramienta que había dejado una línea más ancha que las otras, como si quien lo grababa hubiera ejercido más presión de la habitual o hubiera tenido una herramienta menos precisa, o como si la mano que lo grababa hubiera temblado levemente.

Cuando Elian narró la historia de Ord Taem al Núcleo, el proceso fue el más largo hasta la fecha.

No porque la historia fuera más compleja en su estructura narrativa.

Sino porque el sistema encontró en ella algo que no había encontrado en las anteriores: no la pérdida completa de Bren Sael, que era trágica en el sentido de su totalidad.

No la pérdida con continuación de Ira Mael, donde los siete niños habían sobrevivido y algo había seguido.

La pérdida de Ord Taem era diferente en su naturaleza: era la pérdida sin resolución, la historia que no tenía un final conocido sino un final abierto que había permanecido abierto durante cuatrocientos años porque la información que habría cerrado ese final nunca llegó.

El sistema hesitó durante once minutos.

No fue una hesitación del tipo de las anteriores, que eran variaciones de frecuencia de segundos que los monitores de Deven Saal registraban con precisión.

Fue once minutos de algo que los monitores describían como estado de procesamiento suspendido, sin error técnico identificable, sin señal de resolución inminente: el sistema quieto de una manera que no era el silencio del sistema en reposo sino el silencio del sistema ante algo que no sabe cómo resolver porque no tiene la información que necesitaría para resolverlo.

Deven Saal, desde los monitores, observó los once minutos sin intervenir.

Jano, que había llegado al laboratorio a la mitad de la sesión con los datos de sus conversaciones con los técnicos disidentes y que había entrado en silencio cuando vio que la narración estaba en curso, observó los once minutos con la expresión de alguien que entiende lo que está viendo aunque no tenga el vocabulario técnico exacto para describirlo.

Ama Solis no dijo nada durante los once minutos.

Cuando el sistema finalmente retomó el procesamiento y el color comenzó a aparecer en las paredes de los sectores cercanos al Núcleo —esta vez un gris más oscuro, sin el componente azulado de los anteriores, algo más parecido al color del concreto de la cámara que al color del duelo que el sistema había producido antes— Ama Solis dijo, con la voz de quien formula una observación que es al mismo tiempo técnica y no técnica:

—El sistema está aprendiendo que no todas las historias tienen resolución. Que algunas terminan sin que se pueda saber cómo terminan. —Una pausa—. Está aprendiendo a sostener la incertidumbre.

Era, pensó Elian mientras se desconectaba del terminal con el protocolo gradual de siempre, la cosa más difícil que cualquier sistema de compasión podía aprender.

Porque la compasión ordinaria, la compasión que Kira Varel había diseñado en la arquitectura de LUMEN, funcionaba convirtiendo el dolor en algo resoluble: en consuelo, en suavidad, en la modulación que hacía que lo que dolía doliera menos.

Era una compasión que respondía al dolor cerrándolo.

Lo que el protocolo le estaba enseñando al sistema era diferente: que algunas historias no se cierran.

Que algunas preguntas no tienen respuesta.

Que Ord Taem nunca supo si su compañera y sus hijos habían sobrevivido, y que esa no-resolución era parte de su historia y tenía que ser sostenida como parte de su historia, sin ser convertida en otra cosa, sin que el sistema encontrara la manera de suavizarla hacia un final que nadie conocía.

Era la lección más difícil. Y el sistema, en sus once minutos de silencio, la estaba aprendiendo.

Jano le entregó el informe de sus conversaciones con los técnicos disidentes esa misma tarde, en el laboratorio, después de que la sesión de integración de la historia de Ord Taem hubiera terminado y de que Deven Saal y Ama Solis se hubieran ido a sus respectivos turnos.

El informe no era un documento formal. Era notas en una tableta de registro, escritas con la letra de alguien que había estado escuchando durante horas y que había anotado lo que escuchaba con la fidelidad del técnico de protocolos y con algo más que la fidelidad técnica: con la comprensión de alguien que había aprendido a distinguir entre lo que las personas dicen y lo que dicen cuando dicen lo que dicen.

Elian lo leyó despacio.

Lo que los técnicos disidentes habían dicho a Jano, en las conversaciones que Jano había tenido con cuatro de ellos en los dos días anteriores, no era lo que el documento formal de solicitud de revisión decía.

El documento formal decía riesgo sistémico y variación no controlada y parámetros no autorizados.

Lo que los técnicos le habían dicho a Jano, con la franqueza que las conversaciones informales permiten y que los documentos formales suprimen, era diferente.

Tenían miedo.

No al color en las paredes, aunque el color en las paredes era la forma concreta que había tomado su miedo en el documento formal.

Tenían miedo a lo que el color significaba: que el sistema en el que habían aprendido a confiar, el sistema que los cuidaba y que cuidaba a todos los habitantes de Aurelia con la consistencia de dos siglos de funcionamiento sin interrupción crítica, estaba cambiando de manera que ellos no controlaban y no habían pedido y no estaban seguros de entender.

Era el mismo miedo, Elian lo reconoció mientras leía las notas de Jano, que él mismo había tenido cuando puso la mano en el concreto del Nodo 42-B por primera vez.

El miedo de quien descubre que lo que creía que era sólido tiene grietas, y que el siguiente pensamiento es inevitablemente la pregunta de qué más tiene grietas que uno no ha visto todavía.

Era un miedo completamente razonable.

Lo que hacían con ese miedo era lo que diferenciaba su posición de la de Elian.

Elian había tomado el miedo y lo había llevado hacia abajo, hacia el Estrato, hacia la cámara y los nombres y la historia de Bren Sael.

Los técnicos disidentes estaban llevando el miedo hacia arriba, hacia el Consejo, hacia el mecanismo institucional que en Aurelia existía para gestionar las cosas que los ciudadanos encontraban demasiado grandes para gestionarlas solos.

Ambos caminos eran respuestas al mismo miedo. Ambos eran, en ese sentido, completamente comprensibles.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Jano, cuando Elian dejó la tableta sobre la mesa.

Elian pensó en la pregunta durante un momento con la atención que merecía.

Pensó en Noa Selle contándole a su hermano la historia de Ira Mael en voz baja, en la cámara, con las palabras que tenía.

Pensó en Cael Selle preguntando si podía hablar con los técnicos que habían firmado la solicitud.

Pensó en el sistema sosteniendo once minutos de silencio ante la historia de Ord Taem antes de encontrar la manera de integrar una pérdida sin resolución.

Pensó en lo que Taren le había dicho en la escalera de hierro del Estrato, semanas antes: la decisión de cómo revelar lo que hay en la cámara sin que la revelación destruya lo que la cámara custodia.

—Voy a ir a la audiencia del Consejo —dijo Elian—. Y voy a llevar a Cael Selle conmigo.

Jano lo miró.

—¿Al técnico de monitoreo de fluidos?

—Al técnico de monitoreo de fluidos del Sector 3 que pasó semanas registrando el color como anomalía sin entender de dónde venía, que bajó a la cámara por primera vez ayer, y que esta mañana me preguntó si podía hablar con los técnicos que firmaron la solicitud.

—Una pausa—. Los técnicos disidentes tienen miedo al cambio que no entienden.

Lo que necesitan no es que yo les explique el cambio en términos técnicos.

Lo que necesitan es hablar con alguien que también estaba registrando el cambio sin entenderlo y que fue a verlo de cerca y que encontró algo diferente a lo que esperaba encontrar.

Jano permaneció en silencio durante un momento.

—No es el procedimiento habitual para una audiencia de revisión de protocolo —dijo finalmente.

—No —acordó Elian—. Pero el procedimiento habitual para una audiencia de revisión de protocolo no fue diseñado para este tipo de protocolo.

Las paredes del laboratorio pulsaron con su verde de guardia, el ritmo del organismo que sigue haciendo lo que ha aprendido a hacer mientras el mundo en que existe aprende a ser diferente.

El color gris oscuro del duelo de Ord Taem persistía en los monitores de los sectores más cercanos al Núcleo con la paciencia de algo que no tiene prisa en resolverse porque lo que sostiene no tiene resolución.

Y en el Estrato, en la pared este de la Cámara de los Nombres, el nombre de Ord Taem esperaba con los otros siete que el sistema había aprendido a sostener, en el concreto que había aguantado cuatrocientos años y que tenía la paciencia específica de lo que fue construido para durar sin importarle cuánto tiempo tomara lo que tenía que tomar.