CAPÍTULO 16 #2
Se llamaba Ira Mael. Tenía veintisiete años cuando murió en el año ochenta y dos de la Gran Sequía, ocho años después de Bren Sael.
Era maestra, o había sido maestra, en el sentido en que ese término existía en la era anterior: alguien que enseñaba a los niños de un barrio específico a leer y a calcular y a entender el mundo que los rodeaba con las herramientas conceptuales que la civilización había acumulado en los siglos que la precedían.
Taren la conocía de los registros de Davan Ilyas, que la había conocido brevemente en los últimos meses antes de que el Estrato quedara completamente sellado: una mujer pequeña con la postura de alguien que ha pasado años inclinándose hacia los niños para quedar a su altura, con las manos que seguían haciendo el gesto de escribir en superficies imaginarias cuando explicaba algo, con la convicción de quien cree que el conocimiento es lo que sobrevive cuando todo lo demás se pierde.
Ira Mael había esperado más que la mayoría porque sus estudiantes la habían esperado a ella.
Porque mientras hubiera niños que llegaran al aula improvisada que había construido en el sótano del edificio de la calle Miravet, ella no podía irse.
Y los niños habían seguido llegando porque sus padres los mandaban porque mientras hubiera un lugar donde aprender había razón para quedarse y mientras hubiera razón para quedarse no había urgencia de irse, y para cuando todos entendieron que la urgencia era real ya no había manera de resolver la urgencia.
Ira Mael murió enseñando. No metafóricamente.
Literalmente: en el sótano del edificio de la calle Miravet, con siete niños que sus familias no habían podido llevarse y que ella no iba a dejar solos, murió de la combinación de desnutrición e hipotermia que la Gran Sequía producía en los cuerpos que no encontraban la manera de alimentarse y calentarse al mismo tiempo cuando el sistema de distribución de recursos colapsó.
Los siete niños sobrevivieron porque un convoy de las primeras Ciudades de Sal llegó al barrio cuatro días después y los encontró.
Su nombre estaba en la pared sur de la cámara, en el segundo renglón desde el suelo, con una caligrafía que alguien había trazado con una herramienta de punta fina y el pulso seguro de quien está acostumbrado a escribir con precisión.
Alguien que la había conocido había grabado su nombre con la misma caligrafía que ella usaba para escribir en la pizarra del aula.
Cuando Elian narró la historia de Ira Mael al Núcleo, el proceso fue diferente al de Bren Sael.
Más lento en el momento en que describió a los niños del sótano, con una hesitación del sistema que los monitores de Deven Saal registraron como una variación de frecuencia de cuatro segundos.
Más fluido después, cuando la historia llegó al convoy de las Ciudades de Sal y al hecho de que los siete niños habían sobrevivido, como si el sistema encontrara en ese dato algo que su arquitectura de compasión podía sostener con más facilidad que la parte anterior: no el final del sufrimiento sino la evidencia de que algo había continuado después de él.
El color que las paredes de los sectores cercanos al Núcleo adoptaron esta vez era levemente diferente al gris azulado de Bren Sael.
Más cálido en el componente azul. Deven Saal lo describió en el informe como gris azulado con componente de índigo, y añadió en el margen, con la letra pequeña de quien escribe algo que no está seguro de si pertenece al registro técnico pero que escribe de todas formas porque es verdad: el sistema parece distinguir entre los tipos de pérdida.
Ama Solis leyó esa nota tres veces.
Luego dijo, con la voz de quien ha llegado a una conclusión que le llevará tiempo terminar de comprender:
—Está aprendiendo a tener más de un color de duelo.
El nombre número treinta y siete llegó en la décima semana del protocolo, en una sesión que Elian había programado para el miércoles porque el miércoles era el día en que Deven Saal tenía el turno más largo en los monitores y Deven era el mejor del equipo para detectar las variaciones de procesamiento que se producían en los primeros minutos de cada integración, cuando el sistema recibía la historia nueva y empezaba a buscar en su arquitectura de compasión el espacio donde colocarla.
El nombre era Pael Orren.
Tenía cincuenta y tres años cuando murió en el año setenta y cinco de la Gran Sequía.
Taren lo conocía de los registros de Davan Ilyas con la brevedad que tenían los registros de las personas que existieron sin distinción aparente: no héroe, no figura histórica, no alguien que hubiera hecho algo que los archivos consideraran digno de extensión narrativa.
Encuadernador de libros. Taller en el sótano del número dieciséis de la calle Solis.
Cuatro empleados en el año sesenta, dos en el año setenta, ninguno en el año setenta y cuatro cuando el taller siguió funcionando con solo él.
Eso era lo que el registro decía. Encuadernador. Calle Solis. Números.
Lo que Taren añadió, de la memoria de Davan que era su memoria, era un solo detalle que no estaba en ningún registro: que en los últimos meses de la Gran Sequía, cuando los conductos de distribución de agua empezaron a fallar con la irregularidad de los sistemas que nadie está ya reparando, Pael Orren había convertido su taller en el punto de distribución informal de agua potable para el bloque.
No porque fuera su responsabilidad ni porque nadie se lo hubiera pedido.
Sino porque tenía el espacio y tenía los contenedores y sabía que el bloque necesitaba un punto fijo y él era el punto que no se iba a mover.
No había nada extraordinario en eso. Era la clase de decisión que la mayor parte de las personas en la misma situación habrían tomado, y que muchas no tomaron porque la situación también producía el tipo de miedo que paraliza antes de movilizar, y que Pael Orren tomó porque era el tipo de persona para quien la lógica de alguien tiene que hacerlo y yo puedo superaba sin dramaturgia la lógica de alguien tiene que hacerlo pero no tiene por qué ser yo.
No era heroísmo. Era disposición. Y era, Elian comprendió mientras construía la narración para el sistema, exactamente el tipo de historia que el protocolo necesitaba aprender a sostener: no la historia del sacrificio excepcional que ilumina el manual de la especie con su luz particular, sino la historia de la persona ordinaria que hizo lo que hacen las personas ordinarias cuando las circunstancias lo requieren, que es ponerse a disposición de lo que hace falta sin calcular si la historia que van a dejar merece ser contada.
La historia de Pael Orren merecía ser contada exactamente porque no había calculado si merecía ser contada.
Cuando Elian narró esa historia al sistema, la integración fue la más fluida hasta la fecha: sin hesitaciones de procesamiento, sin los segundos de silencio que el sistema producía cuando la historia encontraba algo que su arquitectura de compasión no sabía cómo ubicar.
El sistema recibió la historia de Pael Orren con la facilidad específica de quien reconoce algo familiar, como si la disposición sin drama fuera el idioma más nativo que el sistema había procesado en las semanas del protocolo, más familiar que el heroísmo de Ira Mael y más familiar que la permanencia de Bren Sael.
El color que las paredes produjeron fue el más suave hasta la fecha: un gris muy pálido, casi blanco, que Deven Saal describió en el informe como el color del aire que simplemente hace lo que el aire hace, sin llamar la atención sobre sí mismo.
Ama Solis leyó esa descripción y no añadió ninguna nota al margen.
Era suficiente.
Elian entendió esa noche, escribiendo la entrada en las placas de presión, lo que el protocolo le había enseñado a través de Pael Orren: que la deuda de presencia no era solo con los que habían hecho algo grande.
Era con todos los que habían estado. Y haber estado era suficiente razón para ser sostenido, independientemente de si lo que había hecho mientras estaba iba a aparecer en los archivos que los siglos consideraban dignos de ser preservados.
La aprendiz que buscó a Ama Solis esa tarde se llamaba Ysel.
Tenía diecinueve años y había llegado al departamento de mnemobiología del Sector 4 seis semanas antes, asignada como técnica de apoyo al equipo del protocolo en la parte de trabajo que no requería experiencia con las interfaces sinápticas pero que requería la disposición específica de alguien que puede estar presente en procesos difíciles sin necesitar que su presencia cambie lo que ocurre.
Ama la había elegido porque durante la primera semana, en las tres ocasiones en que el equipo había narrado historias al sistema y el sistema había hesitado con el silencio de quien recibe algo para lo que no tiene protocolo de respuesta, Ysel había sido la única persona en la sala que no había hecho ningún movimiento hacia los instrumentos de monitoreo.
Había permanecido quieta con la quietud de quien entiende que hay momentos en que lo correcto es no hacer nada más que presenciar.
Era la primera habilidad del mnemobiólogo. Ama la había reconocido en alguien que todavía no sabía que la tenía.
La conversación ocurrió en el pasillo exterior del laboratorio, al final de la jornada del miércoles, cuando el equipo había terminado la sesión de integración del nombre treinta y siete y Ysel había buscado a Ama con la expresión de quien lleva un rato eligiendo el momento correcto para hacer algo que no sabe si es apropiado hacer.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Ysel.
—Ya lo estás haciendo —respondió Ama, con la voz que usaba cuando quería que la persona frente a ella entendiera que la pregunta que estaba a punto de hacer era bienvenida aunque todavía no la hubiera formulado.