El pulso de AURELIA CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

Entonces Jano exhaló. Era la exhalación de alguien que ha contenido la respiración durante más tiempo del que había planeado contenerla y que ahora puede dejar que los pulmones hagan lo que los pulmones saben hacer sin que nadie lo supervise.

—La suspensión técnica indefinida —dijo Ama, con la voz de quien verifica en voz alta algo que ya sabe para asegurarse de que es real— significa que los conductos permanecen abiertos.

—Y el grupo de trabajo —añadió Jano— significa que lo que está en la cámara tiene ahora existencia institucional. No puede ser enterrado de nuevo sin que quede en el registro que fue enterrado.

—El olvido —dijo Elian— acaba de volverse técnicamente más difícil que la memoria.

Los tres permanecieron en silencio durante un momento en la sala sin mediación, donde el aire era neutro y las paredes no respondían y el único pulso que existía era el de los corazones propios de cada uno de ellos, sin ayuda del sistema, sin calibración externa.

Era, pensó Elian, el mejor lugar de toda Aurelia para tomar decisiones.

Taren los esperaba en el corredor exterior de la Sala del Consejo.

El código 7-Gamma expiraba en doce minutos.

Él lo sabía, evidentemente, con la precisión de quien ha aprendido a medir el tiempo por otras señales que los marcadores que el sistema distribuye en el aire.

Estaba de pie junto a la pared del corredor, con las ropas de gris mate que no reaccionaban a la luz y sin el holograma del árbol, y su presencia en ese corredor tan cercano al corazón institucional de Aurelia tenía la calidad de algo que no debería ser posible y que sin embargo era simplemente real.

Elian se acercó a él.

—¿Cómo resultó? —preguntó Taren.

—No perdimos —respondió Elian—. Tampoco ganamos. —Hizo una pausa—. Quedamos en el espacio entre los dos.

Taren miró el corredor durante un momento.

Las paredes del corredor, fuera ya de la zona de neutralidad de la sala, pulsaban con su verde habitual.

Respondían a la presencia de Elian, de Jano, de Ama con los ajustes suaves del sistema en plena actividad.

Y respondían a la presencia de Taren con lo único que podían: el código 7-Gamma que le decía que lo tolerara sin intervenirlo.

En doce minutos, el código expiraría.

—¿Qué ocurre cuando expire el código? —preguntó Elian.

—El sistema intenta reanudar el protocolo de alerta inmunológica —respondió Taren—. Como siempre. Yo me muevo hacia el Borde o más abajo. Como siempre. —Una pausa—. Aunque esta vez el contexto es diferente.

—¿Diferente cómo?

Taren lo miró. En su cara, que llevaba cuatrocientos setenta y nueve años construyendo la expresión de quien no necesita que el mundo le responda para saber que está en él, había algo que Elian leyó como el equivalente de lo que en otro hombre habría sido una sonrisa: no el gesto muscular sino la disposición interna que lo produce.

—Diferente porque esta vez —dijo Taren— hay un grupo de trabajo técnico con mandato institucional para desarrollar un protocolo de integración de la Cámara de los Nombres.

Y ese protocolo, cuando exista, va a necesitar alguien que conozca la cámara mejor que nadie.

—Pausa—. Eso me da, por primera vez en cuatrocientos setenta y nueve años, una razón para estar en el centro en lugar de en el margen.

Elian pensó en eso durante un momento.

—El Consejo no sabe que existes —dijo—. No en los términos en que realmente existes. Jano lo sabe. Ama lo sabe. Pero el registro oficial tiene una entrada de presencia no procesable con cuatrocientos setenta y nueve años de historia, no un nombre con una identidad.

—Entonces —respondió Taren— quizás el primer nombre que el sistema aprende a procesar no tiene que ser uno de los de la cámara.

El corredor del Consejo recibió esa posibilidad con el pulso verde de siempre, sin registro, sin respuesta especial.

Solo el organismo haciendo lo que el organismo hacía: sostener la presencia de quienes lo habitaban con el cuidado impreciso y a veces demasiado ansioso de algo que ha aprendido a amar de una manera que no siempre pregunta qué necesita el amado.

El código 7-Gamma expiraba en siete minutos.

Elian miró el corredor. Miró a Jano, que estaba de pie junto a Ama con la expresión de alguien que ha cruzado un umbral y que todavía está mirando hacia atrás no con arrepentimiento sino con el asombro específico de quien nota que el umbral fue real. Miró a Taren.

—Quedan siete minutos —dijo Elian—. Antes de que tengas que moverte.

—Lo sé.

—El protocolo de integración va a necesitar tu memoria —dijo Elian—.

Lo que llevas en la estructura de identidad.

Los cuatrocientos setenta y nueve años de lo que viste y lo que Kira dijo y lo que Davan Ilyas discutió con ella durante tres años antes de que la ciudad comenzara a crecer.

Eso no está en ningún archivo. Solo está en ti.

—Lo sé —repitió Taren.

—¿Vas a quedarte en el rango de alcance?

Taren lo miró durante un momento con esa atención que no pedía nada y que sin embargo era, Elian lo comprendió ahora con más claridad que en ningún momento anterior del día, una de las formas más completas de presencia que había encontrado en ningún ser humano que hubiera conocido.

La atención de quien no necesita que el mundo lo sostenga para sostenerse, y que por eso puede poner toda su atención en el otro sin retener nada para sí.

—Estaré en el Depósito de Tránsito Inactivo 7 —dijo Taren—. Cuando el grupo de trabajo me necesite, sabrás dónde encontrarme.

Empezó a caminar hacia la salida del sector, con el paso de quien conoce el tiempo que tiene y no lo desperdicia.

Elian lo vio alejarse.

En el corredor, las paredes pulsaron con su verde habitual, el pulso del organismo que cuida y que no siempre sabe que está cuidando demasiado o de la manera equivocada pero que lo hace de todas formas porque es lo que sabe hacer.

Cuatro minutos antes de que el código expirara, Taren desapareció en el corredor lateral que llevaba hacia los niveles de tránsito.

El sistema lo registró como salida de zona. El código 7-Gamma expiró tres minutos después, a las doce en punto del ciclo. Las paredes del corredor no cambiaron de color porque Taren ya no estaba en su radio de detección.

Y en el corredor del Consejo Técnico, Elian, Jano y Ama quedaron de pie con el mandato de cuarenta y ocho horas y los nombres de los muertos aguardando en el concreto de la cámara y la ciudad entera pulsando sobre ellos con el ritmo de algo que todavía no sabe lo que está a punto de aprender pero que, por primera vez en su historia, no va a poder evitar aprenderlo.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó Jano.

Elian pensó en el nombre grabado en el concreto del nivel inferior. En la tapa fría del cuaderno en la vivienda abandonada. En el holograma del árbol apagado en el bolsillo de las ropas de gris mate.

—Por los conductos —respondió—. Necesitamos detener el fluido corrosivo antes de que llegue a las inscripciones. No con sellado. Con algo que el sistema no haya intentado todavía. —Hizo una pausa—. Con una pregunta.

Jano y Ama lo miraron.

—Le vamos a preguntar al sistema si puede detenerse —dijo Elian—.

No darle el comando de detenerse. Preguntarle.

Seren me enseñó que las preguntas producen respuestas más ricas que los comandos.

—Pausa—. Nunca le hemos preguntado a LUMEN si puede dejar de procesar algo.

Siempre le hemos dicho qué tiene que procesar.

—¿Y si no puede? —preguntó Ama.

—Entonces —respondió Elian— aprendemos juntos qué significa eso. Y qué hacer con ello.

Era, pensó Jano mientras los tres comenzaban a caminar hacia los laboratorios, exactamente el tipo de respuesta que el sistema no habría podido producir.

Sin certeza. Sin el protocolo de resolución que anticipaba el problema antes de que ocurriera.

Solo la disposición de estar presente en la incertidumbre sin necesitar que la incertidumbre se resolviera antes de tiempo.

Era el comienzo del idioma que Aurelia todavía no hablaba.

Y en la cámara del corazón de piedra de la ciudad, los nombres esperaban con la paciencia de los que no tienen prisa porque llevan el tiempo suficiente esperando para saber que la paciencia es lo único que el tiempo no puede disolver.