CAPÍTULO 13 #3
Jano había creído en el sistema. Seguía creyendo en él en alguna medida que todavía no sabía exactamente cómo delimitar.
Pero había creído en el sistema de la misma manera en que los cuatro conseeros que mañana votarían por el sellado creían en él: con la convicción de quien ha visto que funciona y ha concluido de esa evidencia que lo que funciona no necesita ser revisado en sus fundamentos.
Que los fundamentos son la razón por la que funciona y que tocarlos es arriesgar lo que funciona.
Y lo que había visto esta semana —el cuadrado de ángulos rectos en el organismo que solo producía curvas, la cámara con sus miles de nombres, el nombre de Mira Varel entre ellos, el fluido corrosivo descendiendo sobre lo que la ciudad había olvidado que debía recordar— le había mostrado que los fundamentos ya estaban siendo tocados.
Que el sistema estaba llegando al límite de lo que sus fundamentos podían sostener.
Y que no tocar los fundamentos no los preservaba: solo postergaba el momento en que el sistema mismo los cuestionara desde adentro, con menos cuidado y más urgencia de la que el cuestionamiento externo habría requerido.
El sistema necesitaba ser revisado porque el sistema lo necesitaba. No porque sus críticos lo exigieran.
Eso era lo que iba a decir mañana. No en esos términos, que eran los de la caminata de medianoche y no los del idioma técnico de la Sala del Consejo.
Pero esa era la estructura debajo de las palabras que iba a usar: el amor al sistema expresado como la voluntad de exigirle que sea mejor de lo que ha sido.
Completó el segundo circuito.
Comenzó el tercero.
El suelo del Sector 4 aprendía su marcha en cada paso que daba sobre él.
III. TAREN ILYAS
Depósito de Tránsito Inactivo 7, Nivel Inferior, Sector 3, 02:31 del ciclo
El holograma del árbol llevaba encendido cuatrocientos setenta y nueve años.
No el mismo dispositivo físico: el material de los dispositivos de proyección se degradaba en escalas de décadas, y Taren había reemplazado el dispositivo cuatro veces en cuatro cuerpos, siempre buscando en los mercados de tecnología antigua del Borde el mismo modelo, la misma especificación técnica, la misma calidad de proyección que producía la imagen con la exactitud de la representación de Davan Ilyas.
El árbol en el holograma era el mismo árbol en todos los dispositivos porque la imagen estaba almacenada en el mismo soporte de datos que la estructura de identidad: no en el dispositivo sino en el patrón que hacía que Taren fuera Taren en cualquier cuerpo que habitara.
El árbol era una especie que había existido en el mundo anterior a la Gran Sequía en las zonas de latitud media del hemisferio norte.
Davan Ilyas lo había visto en los archivos fotográficos de la era anterior: un árbol de hoja caduca, con la arquitectura de las ramas que caracterizaba a ese tipo, el tipo que distribuye la estructura del crecimiento en bifurcaciones simétricas que se repiten a escalas decrecientes.
Un árbol geométrico sin ser euclidiano. El tipo de geometría que la naturaleza produce cuando optimiza la distribución de recursos en tres dimensiones con las herramientas de la evolución.
Davan lo había elegido por esa razón: no era un árbol emocionalmente significativo, no era el árbol de la infancia de nadie ni el árbol bajo el que ocurrió algo que importaba.
Era simplemente un árbol bien construido.
La geometría de algo que crece con la lógica de sus propias necesidades y no con la lógica de lo que alguien necesita que sea.
Taren lo miraba desde el suelo del Depósito, con la espalda contra la pared de fibroína en latencia y el holograma proyectado sobre la pared de enfrente, como lo había mirado innumerables veces en cuatro vidas.
Lo había mirado en los momentos de mayor urgencia: cuando el sistema intentaba sellarlo, cuando los ciudadanos del corredor se aceleraban al sentir su presencia, cuando los Equipos de Calibración se acercaban demasiado y era necesario que la ciudad encontrara en el holograma lo que no podía encontrar en Taren.
Lo había mirado también en los momentos de quietud, que eran más frecuentes: las horas largas en el Depósito o en el Borde o en los corredores de tránsito donde la influencia del sistema era más tenue, los momentos entre eventos en que la función de testigo no requería acción sino simplemente existir disponible para cuando la acción fuera necesaria.
Cuatrocientos setenta y nueve años de mirar el mismo árbol.
El árbol no había cambiado nunca. Era la razón de su utilidad como instrumento: no cambiaba porque no podía cambiar, porque era una proyección de datos fijos y no un organismo con historia propia.
La imagen del árbol que Taren veía ahora era idéntica a la imagen que Davan Ilyas había visto cuando ensambló el primer dispositivo.
La misma distribución de ramas. El mismo ángulo de la luz simulada.
El mismo color que los técnicos del laboratorio de Kira habían catalogado como azul espectro 447nm, bioluminiscencia sintética de baja intensidad.
Lo que había cambiado era quién lo miraba.
Davan Ilyas, que había mirado el holograma por primera vez como un instrumento que quizás sería útil algún día y que había descubierto en el proceso de mirarlo que el árbol también era, aunque de manera no planeada, una compañía.
No la compañía del sistema que respondía y cuidaba.
La compañía de algo que no responde y no cuida pero que está allí de la misma manera que están allí las estrellas cuando uno las mira: indiferente, permanente, sin intención de suavizar nada.
El segundo cuerpo había mirado el holograma con la distancia de quien hereda una herramienta de alguien que ya no está: conociendo su función, respetando su historia, sin la intimidad de quien la eligió.
El tercero había empezado a entender, en los cien años que le tocaron, que la función y la intimidad podían coexistir si uno aceptaba que el árbol no iba a corresponder la intimidad pero que eso no hacía la intimidad menos real.
El cuarto cuerpo —el que Taren habitaba ahora— había llegado con la suma de los tres anteriores y con la tarea específica de esta generación: encontrar al técnico, llegar al momento del límite de la Incompletitud, hacer lo que los cuatro cuerpos anteriores no habían podido hacer porque el momento no había llegado todavía.
El momento había llegado.
Taren tomó el dispositivo en la mano.
Era un objeto pequeño, del tamaño de la palma de la mano, con la forma ergonómica que había sido diseñada para una mano diferente a la suya pero que en cuatro cuerpos y cuatrocientos setenta y nueve años había aprendido a ser sostenido de la misma manera, con la misma presión en los mismos puntos de contacto.
No tenía interfaz dérmica. No se conectaba al sistema de ninguna manera que el sistema pudiera leer.
Era un objeto completamente autónomo, que funcionaba con su propio ciclo de energía interna y que no pedía nada al entorno para hacer lo único que hacía.
Proyectar el árbol.
Taren miró el dispositivo en lugar del holograma.
Pensó en Davan Ilyas. No con la nostalgia, que era una emoción que requería la pérdida de algo que uno sabía que era irrecuperable.
Con algo más parecido a la continuidad: Davan no era alguien que Taren había sido y que había perdido, porque Taren era la gramática de Davan llevada en cuerpos sucesivos.
La pérdida de Davan era la pérdida de un modo específico de existir en el mundo —el modo del primer cuerpo, joven, con la sorpresa de descubrir que la estructura de identidad podía sobrevivir a la muerte del cuerpo— pero no la pérdida de lo que Davan era en su nivel más fundamental.
Lo que Davan había sido en su nivel más fundamental era lo que Taren prejuiciosamente seguía siendo: alguien que había visto el mundo sin que el mundo le dijera cómo verlo.
Alguien que había discutido con Kira durante tres años no desde el odio al sistema que ella estaba construyendo sino desde el amor a lo que el sistema iba a hacer difícil: la experiencia de existir en un mundo que no te cuida y descubrir que puedes cuidarte, que puedes encontrar en la fricción del mundo indiferente no solo sufrimiento sino la textura específica de lo que es real.
Kira había tenido razón en una cosa: esa textura dolía.
La indiferencia del mundo dolía. Davan lo sabía, Taren lo sabía después de cuatrocientos setenta y nueve años de saberlo en el cuerpo, y no tenía ningún argumento contra ese dolor que no fuera verdad también.
El dolor era real. La soledad era real. El miedo ante un mundo que no responde era real.
Lo que Davan había sostenido, y lo que Taren profesaba todavía, era que ese dolor era también el precio de algo que valía el precio.
Que la alternativa al dolor de lo indiferente era la indolencia de lo que siempre responde.
Que había una diferencia entre no estar solo porque alguien está contigo y no estar solo porque el sistema ha disuelto la experiencia de la soledad en el fluido del aire antes de que llegue a ser experimentada.
Y que esa diferencia, aunque difícil de articular, era la diferencia entre una vida que es de uno y una vida que es administrada en nombre de uno.
Kira había construido la administración porque no podía soportar ver a Mira sola.
Taren no culpaba a Kira. Nunca había culpado a Kira.
El debate de tres años entre Davan y Kira no había sido un debate entre alguien equivocado y alguien correcto.
Había sido el debate entre dos formas de amor que no podían ser las dos verdaderas al mismo tiempo: el amor que protege de lo que duele y el amor que sostiene mientras duele.
Los dos eran amor. Solo uno dejaba al amado con la posibilidad de ser completamente él mismo.
Taren apagó el holograma.
La oscuridad que quedó duró un segundo antes de que la bioluminiscencia natural de los microorganismos del Depósito —más tenue que en los niveles superiores, el verde más blanco de los organismos que viven en los márgenes del margen— recuperara el espacio.
En esa oscuridad de un segundo, Taren notó algo.
No el miedo. No la sensación de pérdida que había anticipado sin estar seguro de qué forma tomaría.
Lo que notó fue ausencia: la ausencia del peso específico del objeto que llevaba cuatrocientos setenta y nueve años sosteniendo.
No el dispositivo en la mano —ese seguía allí— sino el peso más difuso y más real de lo que el dispositivo representaba: la función, el instrumento, la prueba de que existía algo que el sistema no podía procesar.
El árbol había sido el escudo.
Sin el árbol, Taren era solo un hombre en un depósito oscuro en el nivel inferior del Sector 3 de una ciudad que estaba aprendiendo a conocer su propia historia.
Era, descubrió, suficiente.
No el suficiente de la resignación. El suficiente de algo que ha llegado a su forma exacta sin adornos adicionales.
Como un teorema que ha sido demostrado y que ya no necesita ser más largo de lo que es para ser verdadero.
Como el nombre grabado en el concreto: cinco letras, sin fecha, sin contexto, sin nada más que el nombre y la confianza en que quien llegara sabría qué hacer con él.
Taren sin el árbol era Taren sin la definición que había sostenido durante cuatrocientos setenta y nueve años, y lo que quedaba debajo de la definición era lo que siempre había estado: la gramática de Davan Ilyas.
La manera de ver el mundo que había sobrevivido cuatro cuerpos porque era verdadera en cada uno de ellos independientemente del contexto.
La capacidad de recibir la realidad sin necesitar que la realidad respondiera.
Guardó el dispositivo en el bolsillo del abrigo de gris mate.
Permaneció en el Depósito durante un tiempo que no midió.
La bioluminiscencia de los microorganismos sostuvo la luz verde y blanca con la indiferencia de los organismos que producen luz sin saber que están produciendo luz.
El frío del suelo de concreto sostuvo su temperatura sin ajustarla.
El silencio del nivel inferior sostuvo el silencio sin convertirlo en ninguna otra cosa.
Taren estuvo presente en ese espacio sin necesitar que el espacio le respondiera.
Como siempre.
Como siempre, pero esta vez sabiendo que mañana, cuando saliera del Depósito y subiera por la escalera de metal oxidado y cruzara el corredor de ladrillo hacia los niveles del Borde, habría algo diferente esperándolo: no la función sino la posibilidad.
No el árbol como escudo sino el trabajo como elección.
El trabajo de alguien que lleva cuatrocientos setenta y nueve años acumulando la historia de lo que la ciudad no pudo procesar y que puede ahora, por primera vez, entregarla a personas que saben para qué usarla.
No toda de una vez. Con el tiempo que requiriera.
Pero ya no solo.
La noche del umbral terminó, como terminan todas las noches, con el ajuste gradual del sistema que no descansaba: la bioluminiscencia comenzando su ascenso hacia los niveles diurnos, los compuestos del despertar iniciando su ciclo de distribución por los conductos, el suelo ajustando sus parámetros de temperatura hacia los valores del día.
La ciudad haciéndose de mañana con la regularidad de algo que no sabe que esta mañana es distinta.