CAPÍTULO 10 #2
Miró alrededor. El Estrato tenía exactamente lo que necesitaba: escombros del mundo anterior.
Pedazos de concreto desprendidos de techos y paredes durante dos siglos de presión.
Fragmentos de ladrillo. Biomasa calcificada —tejido orgánico que había intentado crecer aquí abajo y se había petrificado al contacto con la piedra vieja.
Apiló los fragmentos bajo la fisura. Construyó capas de diferente composición: primero ladrillo, luego concreto, luego biomasa calcificada como mortero irregular. Fue aplicando el sellador mineral de Ama en cada capa, presionando con las manos hasta que el compuesto se adhirió.
El material del mundo anterior protegiendo al material del mundo anterior.
Era lo único que tenía sentido.
El fluido encontró la barrera. Intentó disolverla. El concreto absorbió parte de la corrosión. El ladrillo aguantó. El sellador mineral frenó el resto.
Elian aplicó una segunda capa de sellador. Luego una tercera. Las manos grises hasta las muñecas, los filamentos dérmicos de sus dedos doloridos por el contacto prolongado con material inerte.
La filtración se detuvo.
Verificó los bordes. El fluido intentaba nuevas rutas, buscaba cualquier apertura. No encontró ninguna.
Por ahora.
Elian apoyó la espalda contra la pared opuesta del corredor. Respiró.
Funcionaría durante semanas. Tal vez meses. No para siempre. Nada en el Estrato duraría para siempre mientras LUMEN siguiera buscando.
Pero los nombres tenían tiempo.
Antes de subir, volvió a la Cámara.
No tenía razón técnica para hacerlo. La crisis estaba contenida. El fluido sellado. Lo que quedaba era subir, reportar, gestionar las consecuencias de lo que había hecho en las últimas horas.
Pero entró de todas formas.
La linterna iluminó las paredes. Miles de nombres en silencio, como habían estado siempre. Ciclos y días y ocupaciones grabados con herramientas diferentes, por manos diferentes, en distintos momentos de los veintiséis años que duró la sequía.
Elian se sentó en el suelo.
La piedra estaba fría contra sus palmas. No cedía. No ajustaba. No enviaba señal al sistema.
Solo estaba.
Recorrió la pared más cercana con la luz hasta detenerse en un nombre al azar. No uno de los que había leído antes. No Mira Varel. No Davan Ilyas. No ningún nombre que tuviera historia ya dentro de él.
SELA ORIM — Ciclo 70, día 11 — Maestra
No sabía nada de Sela Orim. No sabía si era joven o vieja cuando murió.
Si tenía hijos. Si alguien la había llorado o si murió en el Estrato sin nadie cerca.
Si había llegado a Aurelia desde algún otro lugar o si había nacido aquí, en la ciudad anterior, la que no tenía nombre porque no necesitaba nombre porque era simplemente el mundo donde vivía la gente.
Maestra.
Alguien que había enseñado algo a alguien antes de que la sequía lo vaciara todo.
Elian sostuvo el nombre durante un tiempo que no midió.
No tomó notas. No abrió las placas de presión. No hizo nada con él excepto leerlo en silencio en el único lugar de Aurelia donde el sistema no podía llegar.
Luego se levantó.
Salió de la Cámara. Cerró la puerta de piedra detrás de él.
Ama seguía en el umbral cuando Elian llegó a la superficie del conducto.
Se miró las manos. Grises hasta las muñecas. Compuesto mineral seco en las marcas de los filamentos dérmicos. El mismo polvo que llevaba bajo las uñas desde la primera vez que había metido la mano por la fisura de la biomembrana, semanas atrás.
—¿Aguantó? —dijo Ama.
—Por ahora.
Ama cerró la caja de herramientas. Apagó su linterna. Miró el umbral del conducto una vez más, como alguien que comprueba que tomó la decisión correcta al no cruzarlo.
Elian pensó en preguntarle si se arrepentía de no haber bajado. No lo preguntó.
—Hay miles de nombres —dijo en cambio—. No 215. Miles. Taren lo sabía.
Ama no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, fue mirando el corredor de servicio que llevaba de vuelta al laboratorio.
—Entonces tendrás que preguntarle por qué te dijo 215.
—Sí.
—Esa conversación no va a ser sencilla.
—No.
Caminaron en silencio hasta la intersección donde el corredor de servicio se separaba: el laboratorio a la derecha, el archivo a la izquierda.
Ama se detuvo.
—Lo que hiciste esta noche viola tres protocolos de acceso, dos normativas de uso de recursos del Núcleo y al menos una ley de intervención no autorizada en infraestructura crítica. —Pausa—. El Consejo va a saberlo.
—Lo sé.
—¿Y?
Elian miró sus manos una vez más. El polvo gris. El sellador mineral seco. Los restos de la ciudad anterior incrustados en la piel.
—Los nombres aguantan.
Ama asintió levemente. Se fue hacia el archivo sin decir nada más.
Elian caminó hacia el laboratorio. El pavimento reconoció su paso y ajustó su firmeza. Las paredes modularon su luminosidad. El aire cambió de composición para ofrecerle lo que su cuerpo necesitaba después del esfuerzo.
Aurelia lo cuidaba.
Seguía cuidándolo.
Él le había robado horas al sistema, había sangrado en su Núcleo, había sellado una fisura con los huesos de la ciudad que existió antes de que ella naciera.
Y la ciudad lo seguía cuidando de todas formas.
Elian no sabía qué hacer con eso todavía.
Subió al laboratorio. Se sentó frente al terminal. No abrió ningún reporte.
Afuera, la ciudad respiraba.
En el nivel -5, detrás de una puerta de piedra que llevaba abierta veintiséis años grabados en su superficie, miles de nombres permanecían en la oscuridad sin que nadie los leyera.
Por ahora, el concreto aguantaba.