El Primer Velo (El Sistema de los Velos 1) Chapter 11 #2
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Chapter 11 #2

Serren caminaba al lado de Erian, tropezando con cada irregularidad de la sal.

No dejaba de mirar hacia atrás, hacia la columna de humo negro que marcaba el lugar donde la montaña había sido perforada por la luz orbital.

—El silencio... —susurró Serren, con la voz quebrada por el aire seco—.

Erian, el silencio de aquí fuera no es como el del Templo.

El del Templo era sólido. Este parece que va a devorarnos.

—Es el sonido del espacio, Serren —respondió Erian, manteniendo la vista al frente, buscando las luces del asentamiento—. Acostúmbrate. No hay muros que reboten tus pensamientos. Ahora tus ideas son tan grandes como el desierto.

A lo lejos, una hilera de antorchas comenzó a parpadear.

Eran la gente de Varek, que acudían al encuentro del grupo.

Al verse, los cronistas se detuvieron en seco, agrupándose instintivamente.

Para ellos, los habitantes de Oshra siempre habían sido "ruido cognitivo", seres degradados por la falta de Registro.

Verlos ahora, moviéndose con una gracia animal sobre la sal, armados con bastones de metal y pieles curtidas, les resultaba aterrador.

Varek se adelantó al grupo de rescate. Al ver a Erian, una sonrisa sombría cruzó su rostro curtido. —Has traído la cosecha de la ceniza, cronista.

—Son los únicos que se atrevieron a mirar la grieta —dijo Erian, exhausto—. El resto... el resto prefirió la Consonancia hasta el final.

Varek asintió con gravedad y miró a los supervivientes. Con un gesto de su mano, los suyos ofrecieron odres de agua y mantas de lana pesada. Los cronistas aceptaron los objetos con una desconfianza infantil, mirando el agua como si fuera un veneno antes de beberla con una avidez desesperada.

El asentamiento de Oshra, bajo el Segundo Cielo —ahora despojado del Velo ionizado—, se revelaba en toda su cruda realidad.

Sin la interferencia de los satélites, las estrellas reales brillaban con una ferocidad que bañaba la sal de un blanco azulado.

No había sombras suaves; todo era contraste, aristas y luz fría.

Erian guio a su grupo hacia una de las cúpulas de sal más grandes.

Allí, Kael y otros observadores estaban trabajando para estabilizar el Astrolabio de Desecho, que había sufrido daños por la onda de choque de la explosión de Lharenn.

—¿Está hecho? —preguntó Kael, sin levantar la vista de una bobina de cobre que intentaba enderezar.

—Lharenn ya no emite —respondió Erian—. El Registro Central ha colapsado.

Kael finalmente lo miró. En sus ojos no había triunfo, sino una sobria aceptación.

—Entonces Aelion es oficialmente un huérfano.

Sin el Velo, la temperatura del planeta caerá diez grados antes del próximo ciclo.

El calor que sentisteis en la montaña era la última exhalación de la máquina. Ahora nos toca el frío de la verdad.

Erian acomodó a los supervivientes en el interior de la cúpula.

El calor de los cuerpos y el olor a sopa de líquenes empezaron a ablandar la rigidez de los cronistas.

Pero la transición mental era mucho más lenta.

Uno de ellos, llamado Kelis que había sido responsable de la catalogación de minerales, comenzó a llorar en silencio, rascando el suelo de sal con las uñas.

—No tengo estilete —sollozaba—. ¿Cómo voy a saber qué día es si no puedo grabarlo?

¿Quién va a decirnos cuándo termina la vigilia?

Erian se acercó y se sentó frente a él. Tomó las manos del anciano, cuyas yemas estaban sangrando por el esfuerzo inútil de escribir en la sal.

—El tiempo ya no es una vigilia, Kelis. El tiempo es el hambre en tu estómago y el cansancio en tus piernas.

Ya no necesitas grabar el día para que exista.

El día está ocurriendo sobre tu cabeza, lo escribas o no.

—Es una anarquía —replicó otro cronista, con la voz llena de veneno—. Nos has traído a morir a un desierto sin reglas. No hay orden, no hay Canto... solo este ruido constante de viento.

Erian sacó su cuaderno de papel, el que había empezado en Oshra, y lo puso en medio del círculo.

—El orden del Templo era una jaula que se estaba quemando.

Aquí no hay reglas porque aún no las hemos escrito.

El Canto no era para protegernos, era para que no oyéramos el crujido de la estructura.

Ahora podéis elegir: podéis sentaros aquí a esperar un Instructor que no vendrá, o podéis aprender a leer la sal con Varek.

Varek entró en la estancia con un cuenco de agua y lo dejó junto a Erian.

Miró a los cronistas con una mezcla de lástima y respeto.

—En Oshra no pedimos obediencia —dijo Varek con su voz profunda—.

Pedimos observación. La sal recuerda lo que el aire olvida.

Si queréis sobrevivir, tendréis que aprender que la memoria no está en las tablillas, sino en la piel.

Cada cicatriz que os haga este desierto será vuestro nuevo registro.

Esa noche, Erian salió de la cúpula y caminó hacia la periferia del asentamiento.

El aire estaba tan frío que cada aliento le quemaba los pulmones, pero se sentía más vivo que nunca.

Miró hacia arriba. Sin el Velo, el universo se sentía peligrosamente cerca.

Podía ver las galaxias lejanas como manchas de polvo luminoso.

Ya no había "interferencias semánticas".

Solo había datos puros, inabarcables, hermosos.

Sacó su cuaderno y comenzó a escribir de nuevo un Capítulo.

La descompresión es dolorosa , anotó. Mis compañeros buscan la cadena en sus cuellos y, al no encontrarla, sienten que les falta el aire.

Han sido educados para ser procesadores biológicos de una mentira, y ahora la verdad les parece un vacío insoportable.

Pero la luz del Segundo Cielo no es opresiva; es honesta.

Por primera vez, el sol que saldrá mañana no será una lámpara de aceite en el techo, sino un fuego antiguo que no nos debe nada.

Se detuvo al ver a Serren salir de la cúpula. El joven cronista se acercó y se sentó a su lado, mirando también hacia las estrellas. —¿Crees que podremos hacerlo, Erian? ¿Vivir sin que nadie nos diga qué es real?

Erian cerró el cuaderno y miró a su amigo. —No lo sé, Serren. Pero por primera vez, la respuesta a esa pregunta no está escrita en una tablilla. Tendremos que inventarla nosotros mismos cada mañana.

A lo lejos, el resplandor de los últimos restos de la red orbital se desvanecía en la atmósfera, como luciérnagas apagándose en un bosque inmenso.

El Primer Velo había caído, y aunque el frío que venía era letal, Erian sabía que era preferible morir congelado en la verdad que vivir tibio en la mentira.