Chapter 10
IX
EL RETORNO DEL RUIDO
El camino de regreso a Lharenn fue una marcha a través de una geografía en agonía.
A medida que Erian y el pequeño grupo de rastreadores de Varek se acercaban a las estribaciones de la montaña, el aire dejó de ser una mezcla seca de sal y viento para convertirse en una sopa densa de ozono ionizado.
El Velo, en su desesperación por disipar la carga estática de los satélites que perdían órbita, estaba proyectando campos de inducción hacia la superficie.
La sal bajo sus pies ya no crujía; vibraba con un zumbido eléctrico que hacía que el vello de los brazos de Erian se erizara.
Lharenn se alzaba ante ellos no como el templo inexpugnable de su infancia, sino como una inmensa chimenea de basalto que intentaba contener una explosión interna.
A través de la bruma violácea, Erian pudo ver que las grandes lentes de la cima, aquellas que concentraban la luz "armonizada", emitían un resplandor intermitente y rojizo.
Era la señal de que los filtros de luz estaban sobrecargados.
—El sistema está intentando purgar el exceso de datos térmicos —dijo Kael, consultando su sensor de mano—. Si no entras pronto, los conductos de ventilación se sellarán para siempre para proteger el Nodo Central del calor exterior.
Varek se detuvo al pie del talud de escombros.
Su rostro, iluminado por el parpadeo de un satélite que se desintegraba sobre el horizonte, parecía tallado en la misma roca que la montaña.
—Este es el punto de no retorno, cronista.
Una vez que atravieses esa compuerta, volverás a ser una variable dentro del Registro.
Si te capturan antes de transmitir la señal, borrarán tu existencia y nosotros no podremos hacer nada para rescatarte.
Erian apretó el dispositivo de inducción contra su pecho, sintiendo el cuaderno en el otro bolsillo. —Ya no soy una variable, Varek. Soy la constante que el sistema no pudo eliminar. Nos vemos en el Segundo Cielo.
El ascenso hacia la Galería de la Purga fue una lucha contra la gravedad y el pánico.
Erian conocía los intervalos de apertura de las compuertas, pero el ciclo se había vuelto errático.
El Templo estaba "jadeando". Al llegar a la cornisa de la compuerta este, se encontró con una escena que no esperaba: el metal plateado de la esclusa estaba cubierto de una escarcha química azulada, producto de la condensación de gases refrigerantes que se filtraban desde el interior.
Esperó, oculto tras una formación de basalto, hasta que el gemido hidráulico de la montaña rompió el silencio del desierto.
La compuerta se deslizó hacia arriba, pero esta vez no expulsó ceniza.
Expulsó un vapor espeso y caliente que olía a circuitos quemados y a miedo.
Erian se lanzó al interior justo antes de que el metal volviera a sellarse, sumergiéndose de nuevo en la penumbra de Lharenn.
El cambio sensorial fue brutal. Tras días de horizonte infinito y luz cruda, los pasillos del Templo le parecieron claustrofóbicos y enfermizos.
Las luces de los pasillos, antes de un blanco estéril, ahora parpadeaban con un tono amarillento y febril.
El silencio absoluto había sido sustituido por un rumor constante, un latido metálico que recorría las paredes como el pulso de un animal herido.
Se movió por los niveles de servicio, evitando las rutas principales.
Al pasar cerca del Nivel de las Prensas, el calor se volvió casi insoportable.
Vio que las paredes de basalto estaban húmedas; la montaña estaba sudando.
Los operarios que antes trabajaban en silencio ahora se movían en un caos desorganizado, intentando apuntalar conductos que escupían vapor a presión.
—¡El Registro dice que la presión es normal! —oyó gritar a un supervisor, cuya voz estaba al borde de la histeria—. ¡Seguid las lecturas de la consola!
—¡La consola miente! —respondió un siervo, señalando una tubería al rojo vivo—. ¡Si no abrimos la válvula manual, el nivel se colapsará!
Erian no se detuvo. Comprendió que el Templo estaba en guerra consigo mismo: la realidad física contra la verdad institucional.
Subió por las escaleras de emergencia hacia el nivel del Scriptuarium.
Necesitaba llegar al Nodo Central, el lugar donde el Registro se convertía en frecuencia radiada, donde el Canto se generaba para toda la montaña.
Al asomarse al Gran Salón desde una galería superior, vio algo que le heló la sangre.
El Canto estaba en marcha, pero ya no era la letanía armónica que recordaba.
Cientos de cronistas y fieles estaban arrodillados, sus voces intentando competir con el ruido de las máquinas que fallaban.
Las lámparas de aceite se habían apagado y la única luz procedía de los filamentos de luz sólida del techo, que vibraban con una frecuencia errática, lanzando sombras distorsionadas sobre el mármol negro.
Malek estaba en el centro del salón, sus brazos extendidos, su voz resonando por los altavoces de cristal con una urgencia fanática. —¡No escuchéis el ruido de la piedra! ¡La fricción es una ilusión del Criterio! ¡Concentraos en la Consonancia! ¡El Velo es eterno!
Erian se agazapó, oculto tras una estatua de un Primer Velado.
Sacó el dispositivo de Kael. Sabía que la antena de transmisión principal estaba justo encima del Nodo Central, en una cámara acorazada detrás del estrado de los Instructores.
Para llegar allí, tendría que cruzar el espacio más vigilado del Templo.
Pero entonces, ocurrió la primera gran falla.
Una de las inmensas lentes del techo estalló.
No fue un fallo mecánico lento; fue una implosión de cristal producida por la presión atmosférica exterior.
Fragmentos de vidrio cayeron sobre el Gran Salón como lluvia de diamantes negros.
El Canto se rompió en un grito colectivo.
Por la abertura, el cielo violáceo de Aelion entró en el Templo, una columna de luz real que iluminó la mentira de Lharenn con una crudeza insoportable.
—¡Es una prueba de fe! —gritó Malek, aunque sus ojos nublados reflejaban un terror genuino—. ¡No miréis hacia arriba!
Erian aprovechó el pánico. Se deslizó por la sombra de las columnas, moviéndose con una agilidad que sus días en Oshra le habían otorgado. Ya no era el cronista que caminaba con la cabeza baja; era el intruso que conocía la debilidad del gigante.
Llegó a la puerta de acceso al Nodo Central.
Dos guardias del Templo, armados con varas eléctricas, custodiaban la entrada, pero sus ojos no estaban fijos en el pasillo, sino en el agujero del techo.
Estaban paralizados por la visión del cielo que sangraba.
Erian pasó junto a ellos como un fantasma informativo, aprovechando un parpadeo de las luces para deslizarse por la rendija de la puerta que se cerraba automáticamente.
Estaba dentro del santuario técnico de Lharenn.
Aquí, las paredes no eran de piedra, sino de servidores de cristal y bancos de memoria de una tecnología que Aelion no debería poseer.
El zumbido aquí era ensordecedor, el sonido de millones de datos intentando ser armonizados en tiempo real mientras el mundo exterior los bombardeaba con caos.
Erian se acercó a la consola principal, el lugar donde el estilete se convertía en código.
Sacó su cuaderno y el dispositivo de inducción.
Miró las pantallas de luz sólida, donde las gráficas de estabilidad mostraban líneas rectas y perfectas, mientras el suelo bajo sus pies se inclinaba por el calor.
—El Registro termina aquí —susurró para sí mismo.
Conectó el dispositivo de Kael a la ranura de entrada del flujo de audio. Por un segundo, nada ocurrió. Luego, las pantallas de cristal parpadearon. La línea recta de la estabilidad comenzó a ondular, rompiéndose en picos de frecuencia salvajes.
A través de los altavoces de todo el Templo, el Canto de Malek fue sustituido súbitamente por un sonido que Lharenn no había escuchado en milenios: el sonido del viento de Oshra, el trueno de los satélites al caer y la frecuencia pura y desordenada del núcleo de la tierra.
El ruido había vuelto a casa.
Erian se apoyó en la consola, sintiendo cómo la vibración de la verdad recorría sus propios huesos.
Este nuevo episodio de la Crónica de la Fricción terminaba con el silencio roto para siempre.
Ya no había forma de armonizar lo que estaba ocurriendo.
El Templo estaba escuchando, por fin, la canción de su propia destrucción.