Chapter 2 #2
Se sentó en su puesto habitual, frente a una pequeña lámpara que emitía un calor constante.
A su lado, Serren, un cronista de su mismo rango, trabajaba en un informe sobre la cuota de sal de los sectores del sur.
Serren era un individuo que personificaba el ideal de Lharenn: eficiente, carente de curiosidad y profundamente devoto de la norma.
Para él, el Registro no era una carga, sino un alivio; le proporcionaba todas las respuestas que necesitaba para no tener que hacerse preguntas.
—Han vuelto a informar de retrasos en las caravanas de Oshra —susurró Serren, sin levantar la vista de su tarea—.
Dicen que las tormentas de arena han modificado la topografía del camino.
Es absurdo. El mapa oficial dice que el camino es recto y estable.
Deberían ser castigados por su incapacidad para seguir la ruta marcada.
Erian miró su propia tablilla. En ella, él mismo había escrito que los caminos estaban despejados y la visibilidad era óptima, siguiendo la directriz de la mañana.
—Quizás las tormentas son más fuertes de lo que el Velo prevé —aventuró Erian, su propia voz sonándole extraña en aquel santuario de la certeza.
Serren se detuvo y lo miró con una mezcla de lástima y reproche.
—El Velo no prevé, Erian. El Velo determina.
Si los conductores de Oshra no encuentran el camino, el problema no es la arena, es su percepción.
Quizás han pasado demasiado tiempo fuera de la influencia del Canto.
La periferia siempre ha sido un nido de ruidos cognitivos.
Por eso necesitamos centralizar cada vez más el Registro.
Para salvarlos de sus propias alucinaciones.
Erian volvió a su trabajo, pero la palabra "alucinación" se quedó grabada en su mente.
¿Qué era una alucinación? ¿Era ver el destello en el techo del Templo o era escribir que el aire era puro mientras el humo de las lámparas le irritaba la garganta?
La distinción entre la verdad sensorial y la verdad institucional comenzaba a desdibujarse.
En Lharenn, se enseñaba que los sentidos eran traidores, que el ojo podía ser engañado por la luz y el oído por el eco, y que solo la palabra escrita en el Registro poseía la estabilidad necesaria para sostener una civilización.
Era un sistema perfecto: si la realidad contradecía al Registro, la realidad estaba equivocada.
Al final de la jornada, cuando los cronistas se retiraban a sus celdas de descanso, Erian no pudo evitar realizar un pequeño acto de rebelión silenciosa.
En lugar de dirigirse directamente a su dormitorio, se desvió hacia uno de los miradores clausurados del ala este.
Eran pequeñas aberturas en la roca, selladas con gruesos cristales opacos que apenas permitían el paso de la luz.
Se decía que en los tiempos antiguos, antes del Gran Velo, los seres podían mirar a través de esos cristales y ver el horizonte de Aelion en toda su extensión.
Ahora, solo servían como recordatorios de lo que se había perdido.
Apoyó la frente contra el cristal frío. El material era tan grueso que distorsionaba cualquier imagen, pero pudo distinguir una mancha de color violáceo en lo que debía ser el exterior.
No era el amarillo de las lámparas ni el blanco del Registro.
Era un color vibrante, casi doloroso de observar, que parecía latir con una vida propia.
Recordó el olor que había sentido en el pasillo, el olor a sal y tierra, y por un momento, sintió una punzada de un sentimiento que no tenía nombre en el léxico del Templo: nostalgia por algo que nunca había conocido.
—El horizonte es una tentación para los débiles —dijo la voz de Malek detrás de él.
Erian se sobresaltó, apartándose del cristal como si hubiera sido quemado.
Malek estaba allí, envuelto en sus túnicas grises, su figura casi fundiéndose con las sombras del corredor.
—Solo estaba... comprobando la integridad del sellado, Instructor —mintió Erian, odiando la rapidez con la que la sumisión brotaba de sus labios.
Malek se acercó al cristal, pero no miró a través de él.
Se limitó a tocar el marco de basalto con sus dedos largos y secos.
—La integridad del sellado es lo único que nos separa de la disolución, Erian.
Fuera de estos muros no hay nada más que caos, una naturaleza que no reconoce leyes ni propósitos.
Los Velados nos dieron la estructura para que no tuviéramos que enfrentarnos a esa inmensidad vacía.
El Registro es nuestro hogar. El mundo exterior es solo el ruido que intentamos silenciar.
Vuelve a tu celda. Mañana comienza el ciclo de armonización del sur, y necesitaremos que tu estilete sea más firme que nunca.
Erian caminó hacia su dormitorio, sintiendo que las paredes del Templo se cerraban un poco más a su alrededor.
Se acostó en su camastro de piedra, cubriéndose con la manta de lana áspera, pero el sueño no acudía.
En la oscuridad de su celda, el destello que había visto en el techo del Gran Salón volvía a parpadear en su memoria.
No era un ruido. No era una alucinación. Era una señal.
Comprendió que su vida como cronista de tercer grado había terminado en ese instante, aunque todavía no lo supiera.
El Primer Velo, esa red de palabras y sombras que lo había protegido desde su nacimiento, empezaba a mostrar sus primeras costuras.
Y Erian, el recipiente, el conducto, el cronista entrenado para no ver, había empezado a buscar la grieta.
Sabía que el camino que se abría ante él lo llevaría lejos de la seguridad de Lharenn, hacia los desiertos de sal de Oshra y más allá, hacia el corazón mismo del engaño que sostenía su mundo.
Pero en ese momento, rodeado por el silencio de la montaña, solo podía pensar en una cosa: el color violáceo que había visto tras el cristal, y cómo ese color no figuraba en ninguna de las tablillas que había escrito.
El Canto del Primer Velo seguía vibrando en sus oídos, pero ahora sonaba distinto.
Ya no era un himno de protección, sino el zumbido de una jaula.
Erian cerró los ojos y, por primera vez, se permitió imaginar un registro que no estuviera dictado, una crónica que comenzara con las palabras prohibidas por el Templo: Yo vi .
Y con ese pensamiento, la primera semilla de la duda echó raíces en el suelo fértil de su conciencia, preparándose para romper la piedra de Lharenn y buscar la luz de un cielo que el Registro juraba que no existía.