El primer día de trabajo, me casé con el CEO Capítulo Dos
2%

Capítulo Dos

— ◆ —

(Lily)

Owen encendió un cigarrillo. Tras una pausa, carraspeó.

—Siempre han sido así —dijo—. Ya estamos todos acostumbrados. No le des más vueltas.

Me volví hacia él con una sonrisa.

—Siempre han sido así... ¿Qué significa eso exactamente?

Hablé con tono desenfadado. Owen parpadeó, como si no supiera qué responder.

Alguien que estaba cerca intervino antes de que pudiera hacerlo.

—Eh, ¿te enteraste de lo de la excursión del mes pasado? Nora llegó a mitad del sendero, dijo que tenía las piernas muertas y se sentó en medio del camino. Se negó a moverse. Dijo que Blake tenía que bajarla en brazos o no se movía de allí.

Lo miré.

—¿Y lo hizo?

—Sí —el tipo se encogió de hombros—. No es para tanto. Todos tratamos a Nora como a una más del grupo. Blake también. Es lo que hay.

—Ya veo —asentí despacio—. Nunca había visto una amistad así. Me alegra saber que existe.

Lo dije igual que todo lo demás: con suavidad, sin aspereza. Nadie a mi alrededor pareció notar nada. Dirigí la mirada hacia el sendero por donde Blake y Nora habían desaparecido y no añadí nada más.

El campamento de la cima era uno de esos chiringuitos de montaña.

Una hilera de carpas abiertas con largas mesas de madera dentro, hornillos portátiles y parrillas encima, todo preparado: costillas adobadas, carne para hamburguesas, mazorcas de maíz, salchichas, unas cuantas latas de cerveza fría y una bolsa de nubes arrinconada en una esquina.

La cordillera se extendía frente a nosotros, verde y ondulante, las cumbres difuminadas bajo una fina capa de nubes.

Me recosté en la silla y contemplé el paisaje. Por un instante, me sentí en paz.

Entonces la voz de Nora lo rompió todo.

—Owen, dale la vuelta a esas hamburguesas, se están quemando por un lado —señaló la parrilla sin levantar la vista. Luego se volvió hacia Blake—. ¿Y dónde está la falda de ternera? Te dije expresamente que trajeras falda de ternera.

Blake cogió su cerveza.

—Se me olvidó.

—Se te olvidó —Nora dejó caer las pinzas sobre la mesa—. Llevas dos años con novia y ahora no eres capaz de recordar una sola cosa que te pedí. ¿Se te ha fundido el cerebro o qué?

Dejé la bebida y me levanté.

—Voy a dar una vuelta.

Nora levantó la vista hacia mí.

Blake echó la silla hacia atrás y se levantó también.

—Voy contigo.

—No hace falta —le sonreí—. Solo voy a estirar las piernas.

Se detuvo. La mandíbula se le tensó un instante antes de que su rostro volviera a quedar inexpresivo.

Nora lo agarró del brazo.

—No, quédate. Quedamos en que cada uno hace una ronda de brochetas antes de comer. Lily ya ha terminado, puede irse. Tú no.

Blake me miró.

—En serio —dije—. Vuelvo enseguida.

Volvió a sentarse.

Me di la vuelta para irme. Al hacerlo, mi mirada se cruzó con la de Nora un instante. Me estaba observando, y su mano se había cerrado sobre el brazo de Blake sin que pareciera darse cuenta.

No dejé de caminar.

A mi espalda, silencio. Pero notaba la mirada de Nora clavada en mí.

Ella no dijo nada. Yo no miré atrás.

No había mucho que ver en la cima. La zona delantera era todo carpas de comedor abiertas, ruidosas y abarrotadas. Detrás, una hilera de tiendas para dormir, un par de puestecillos de comida, una parrilla, turistas por todas partes armando jaleo.

Me abrí paso entre la multitud hasta llegar a una explanada de hierba detrás del campamento. Ya me había fijado en ella antes: casi nadie llegaba hasta allí. Era justo lo que necesitaba. Llevaba días dándole vueltas a mil cosas y necesitaba cinco minutos de silencio para poner orden.

Solo que ya había alguien allí.

Estaba de pie bajo un árbol grande, a unos diez metros. Camiseta negra, pantalones informales, alto, pasaría del metro ochenta. Tenía la cabeza agachada, mirando el móvil. La pantalla le iluminaba el rostro con una luz blanca. Todo lo demás estaba oscuro y en calma.

Aflojé el paso. Pensé en darme la vuelta sin hacer ruido.

Entonces la comisura de su boca se movió. Solo un poco. Como si lo que estaba viendo casi le hubiera arrancado una sonrisa.

Apagó la pantalla. Levantó la vista.

Sus ojos se clavaron en mí.

Me quedé quieta.

—Perdona —dije—. No quería molestarte.

Me miró. Despacio, de arriba abajo, hasta detenerse en mi cara. Arqueó una ceja.

—¿No te acuerdas de mí? —dijo.

Su voz era grave y neutra.

Entorné los ojos para verlo mejor. La luz era escasa y aún estábamos bastante lejos. No conseguía distinguirle bien la cara.

—Lo siento —dije—. ¿Quién eres?

El amago de sonrisa desapareció. Su boca se tensó en una línea recta, y la expresión que la sustituyó me hizo sentir que había metido la pata.

Me quedé allí plantada sin saber qué hacer.

Eso es lo que pasa cuando creces como yo: padres que se separan pronto, que te pasan de uno a otro, que ninguno quiere realmente hacerse cargo.

Te deja una marca. Aunque algo no sea culpa tuya, tu primer instinto es mirarte a ti misma y buscar qué has hecho mal.

Lo sabía. Intentaba corregirlo. Pero allí de pie, en la oscuridad, viendo cómo la expresión de aquel hombre se volvía fría, sentí que el mecanismo se activaba igualmente.

Estaba decidiendo si marcharme sin más o decir algo cuando él se acercó.

Se detuvo a unos metros.

Alcé la vista hacia su rostro. La luz de la carpa del comedor llegaba justo hasta allí.

Se quedó allí mirándome, tranquilo, y tras un segundo dijo:

—Lo siento. Te confundí con otra persona. Te pareces mucho a una amiga mía.

Ah.

—No pasa nada —dije. La tensión de mis hombros se aflojó—. No te preocupes.

Se quedó callado un momento. Parecía que se preparaba para algo.

—¿Puedo pedirte un favor? —dijo.

—Claro.

—Tengo un pésimo sentido de la orientación —hizo una pausa—. ¿Vuelves al campamento? ¿Puedo ir contigo?

Lo miré. Luego miré hacia la hilera de carpas a unos cuarenta metros detrás de mí, las luces claramente visibles, el murmullo de la gente llegando hasta allí sobre el césped.

—Has estado aquí parado —dije— ¿porque te perdiste?

Asintió. Completamente serio.

Apreté los labios para no reírme.

—Vale —dije—. Vamos.

—Gracias —dijo.

❦ ❦ ❦