Barcelona, 1945
Clara Durán pasó el año que siguió intentando escribir un informe académico sobre el objeto.
Lo intentó de doce maneras diferentes. Empezó por la procedencia, que era la parte más documentable: los registros de la colección Von Richter, el expediente del Ministerio de Cultura del Reich, los archivos del MNAC que ya había consultado antes de ir a Berlín.
Escribió ocho páginas de procedencia en el espacio de dos semanas, con el método de siempre, con las notas del cuaderno y las referencias cruzadas y las citas en pie de página.
Luego intentó escribir la descripción técnica del objeto. Paró después de tres párrafos.
No porque le faltaran palabras técnicas.
Le sobraban: tenía seis años de vocabulario técnico y los documentos del Ministerio que describían el estado de conservación con una precisión que ella habría usado de otra manera pero que era utilizable.
Lo que no podía era hacer que el texto que producía dijera lo que había visto en la cripta del castillo de Königsberg.
Cada vez que intentaba describir el efecto del objeto con el lenguaje académico que correspondía, el texto quedaba correcto y vacío.
Como si el lenguaje académico y el objeto existieran en categorías que no podían tocarse.
Como si la escultura se resistiera a ser documentada.
Clara archivó los borradores en una carpeta que puso en el cajón izquierdo del escritorio del despacho.
Luego archivó el fragmento en una caja de madera que puso en el fondo del armario del dormitorio, detrás de los abrigos de invierno.
Pasaron los años.
Barcelona en 1945 era Barcelona después de seis años de posguerra española que habían seguido a tres de guerra civil y que producían una ciudad que sabía que había sobrevivido a algo sin saber todavía qué habría sido si no hubiera sobrevivido.
El MNAC abría con los mismos horarios de siempre.
Los coleccionistas privados seguían vendiendo y comprando.
Las restauraciones se hacían o no se hacían según los fondos disponibles, que nunca eran suficientes para todo lo que necesitaba ser restaurado.
Clara trabajaba. Documentaba. Verificaba. Aplicaba el método con la misma consistencia de antes.
La diferencia era que ahora el método tenía un vacío en el centro que antes no tenía: el espacio donde debería haber estado el informe sobre el objeto, que seguía sin escribirse, y el espacio donde debería haber estado algo que Clara no tenía nombre para llamar pero que Friedrich Adler había llenado durante las semanas de Berlín y de Königsberg con su manera de escuchar y de asentir y de decir suficiente por ahora.
Los hombres que Clara conoció en los años siguientes eran buenas personas.
Lo eran. El problema no era su calidad sino la comparación implícita con alguien que había muerto a los treinta y cinco años en un carro en las afueras de Königsberg, que era una comparación fundamentalmente injusta porque los vivos siempre compiten en desventaja con los muertos a los que el tiempo ha dejado exactamente como eran en el mejor momento.
Clara lo sabía. Lo sabía con la misma claridad con que sabía el vocabulario técnico de la conservación o los años de producción de los distintos estilos del románico catalán. Saberlo no cambiaba el resultado.
Los años pasaron.
Un día, en el verano de 1961, el conservador jefe del MNAC le propuso incluir el fragmento en la colección permanente del museo.
Habían tenido esa conversación tres veces en quince años. Las dos primeras veces Clara había dicho que no sin explicar el porqué. Esta tercera vez dijo que todavía no.
¿Cuándo?, dijo el conservador jefe, con la paciencia de alguien que lleva quince años esperando esa respuesta.
Cuando entienda algo que todavía no entiendo, dijo Clara.
¿Qué cosa?
Clara pensó en la carta que había encontrado en los cimientos de la Sagrada Familia, que Valeria y Marco habían abierto en 1651 y que según el diario estaba fechada en 1943. La carta en alemán que había esperado trescientos años en los cimientos de algo que todavía no existía.
Hay una carta, dijo Clara. Que necesito traducir antes de decidir qué hago con el fragmento.
¿Una carta de quién?
De alguien del siglo diecisiete que sabía cosas que no podría haber sabido, dijo Clara.
El conservador jefe la miró con la expresión de quien lleva años trabajando con esta mujer y que sabe que sus respuestas tienen siempre más capas de las que parecen a primera vista.
¿Y cuándo la traducirás?
Cuando esté lista, dijo Clara.
El conservador asintió.
Todavía no estaba lista.
Pero lo estaría.
El informe académico que Clara intentó escribir durante el año que siguió a su regreso tenía el problema específico de todos los informes que intentan describir con el lenguaje de la verificación objetiva algo que solo puede describirse completamente con el lenguaje de la experiencia subjetiva.
Clara lo intentó doce veces.
El intento número uno empezó por la procedencia: ocho páginas en dos semanas con las referencias cruzadas y las citas en pie de página y el método de siempre.
Las ocho páginas eran correctas. Eran también incompletas de una manera que Clara podía identificar pero no corregir: faltaba algo que no era información sino algo más difícil de nombrar, la diferencia entre describir un objeto y describir lo que el objeto hace cuando se lo mira.
El intento número dos empezó por la descripción técnica. Paró después de tres párrafos porque los tres párrafos eran exactamente los tres párrafos que habría escrito cualquier conservadora competente que hubiera estudiado las fotografías sin haber estado en la cripta.
Los intentos del tres al doce variaron el punto de entrada, el tono, el nivel de detalle técnico.
Todos tuvieron el mismo problema: el texto que producían era correcto y vacío.
Como si el lenguaje académico y el objeto existieran en categorías que no podían tocarse sin que una de las dos perdiera lo que la hacía lo que era.
Clara archivó los doce borradores en una carpeta en el cajón izquierdo del escritorio del despacho en el MNAC.
Luego archivó el fragmento en la caja de madera en el fondo del armario del dormitorio.
Los años que siguieron tuvieron la calidad específica de los años que ocurren en paralelo a algo que no ocurre: el informe que no se termina, el duelo que no se procesa del todo porque procesarlo del todo requeriría admitir que lo que se perdió no va a volver, la pregunta sobre la carta de Aldrovanti que Clara leía y volvía a guardar sin traducir porque todavía no estaba lista.
El trabajo en el museo seguía siendo el trabajo en el museo: documentar, conservar, verificar. Lo hacía bien porque llevaba haciéndolo bien desde antes de Berlín y Königsberg y porque el trabajo bien hecho no requiere que quien lo hace esté bien, solo que sepa lo que hace.
Los hombres que conoció en los años cincuenta y en los sesenta y en los setenta eran buenas personas.
Interesantes. Capaces. El problema no era su calidad sino la comparación implícita con alguien que había aprendido el nombre de Friedrich Adler en un sobre sin remitente y que dos semanas después estaba en un compartimento de tren con él hablando de canteros de Silesia y de la temperatura de la piedra antigua.
Clara sabía que la comparación era injusta. Lo sabía con la misma claridad con que sabía cualquier otra cosa que sabía: completamente y sin que eso cambiara nada.
En 1961, cuando el conservador jefe propuso incluir el fragmento en la colección permanente, Clara dijo todavía no.
El conservador jefe preguntó: ¿cuándo?
Cuando entienda algo que todavía no entiendo, dijo Clara.
¿Qué cosa?
Clara pensó en la carta. En el alemán antiguo. En la fecha que había leído como 1943 y que llevaba años sin poder resolver.
Hay una carta en alemán que necesito traducir, dijo.
¿Una carta de quién?
De alguien del siglo diecisiete, dijo Clara.
El conservador jefe la miró con la expresión que tenía cuando Clara decía algo que no encajaba del todo en las categorías que él tenía disponibles.
¿Y la traducirás pronto?
Cuando esté lista, dijo Clara.
El conservador asintió.
No era todavía.
Pero lo sería.
Los años siguieron su curso con la indiferencia específica del tiempo respecto a las personas que viven en él: la posguerra española lenta, el final del franquismo, la transición, los ochenta que llegaron con algo diferente en el aire de Barcelona, algo que tenía que ver con la ciudad que recuperaba capas de sí misma que habían estado guardadas durante cuarenta años.
Clara cumplió setenta años.
Setenta y uno.
El invierno de ese año entró por la ventana del piso de la calle Provença con el frío específico del viento del Mediterráneo en diciembre, que es más húmedo que el frío del interior y que se instala en los huesos de una manera que el frío del interior no se instala.
Clara fue al armario del dormitorio.
Sacó la caja de madera.
La puso sobre la mesa del dormitorio.
La abrió.
El fragmento estaba donde había estado siempre. El ojo de alabastro miraba hacia arriba con la luz del invierno de Barcelona que entraba por la ventana y que hacía que las venas de cuarzo produjesen desde dentro el efecto que siempre producían.
Clara lo miró durante un tiempo que no calculó.
Luego puso la mano en el fondo de la caja, donde debajo del fragmento había un segundo objeto envuelto en un paño: la carta de Aldrovanti, que había llevado cuarenta años en la misma caja sin ser traducida completamente.
La sacó.
La desplegó.
Fue al escritorio donde tenía el diccionario de alemán antiguo que había traído del MNAC hacía semanas, cuando había empezado a sospechar que el invierno de ese año sería el invierno en que estaría lista.
Empezó a traducir.
Tardó tres semanas.
Había una cosa que Clara no había podido escribir en ninguno de los doce intentos del informe y que tardó quince años en formular, cuando la estudiante doctoral llegó con su tesis sobre la familia Serra-Durán y le hizo preguntas que nadie le había hecho antes.