El prestigio de los reyes: El ángel que hizo temblar a Europa El culto que sobrevivió
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El culto que sobrevivió

El culto que había seguido el objeto desde el siglo diecisiete tenía, según el informe de Himmler, tres características que Clara anotó en el cuaderno con la misma precisión con que anotaba cualquier otro dato verificable.

La primera: no era alemán. El informe lo describía como de origen mediterráneo, posiblemente catalán o italiano, con ramificaciones en distintos países europeos que habían sobrevivido a los cambios de poder durante tres siglos precisamente porque el culto no era político sino ritual, y las organizaciones rituales tienen la capacidad de cambiar de lenguaje y de forma sin cambiar de sustancia.

La tercera: sabía que Clara existía. El informe no decía cómo lo sabía, solo que lo sabía, y que estaba rastreando su paradero desde al menos el año anterior.

Clara procesó estas tres características en el sótano de la calle Admiralstraße mientras Friedrich escuchaba.

El culto del castillo, dijo Clara cuando terminó de explicarlo. El que Anselmo mencionó a Valeria en las catacumbas de Roma. El que pintó los frescos del siglo doce en la cripta del Barón de Cabrils. El que siguió el objeto de posesión en posesión durante trescientos años.

Friedrich asintió.

¿Y qué quieren exactamente?

El ritual que los frescos representaban, dijo Clara. En la cripta del castillo de Cabrils había frescos de figuras en círculo alrededor de una figura central femenina. La figura central no lideraba el ritual: trabajaba. Y el trabajo producía el efecto que los frescos documentaban.

¿Y ese efecto es el que produce el objeto?

No exactamente, dijo Clara. Según el diario de Valeria, el objeto produce ese efecto de forma amplificada.

La figura central sola, sin el objeto, produce el reconocimiento.

La figura central con el objeto presente produce algo que los frescos no podían representar exactamente pero que intentaban representar: el efecto completo de la condición, que es diferente al terror y diferente al reconocimiento y que los textos más antiguos llaman simplemente la libertad que libera.

Friedrich la miró.

¿Y por qué eso requiere a una descendiente directa?

Porque la condición es hereditaria, dijo Clara. Valeria la tenía. Y yo soy la descendiente directa de Valeria.

¿Tú tienes la condición?

Clara pensó en esto.

No de la manera en que la tenía Valeria, dijo. Valeria tallaba piedra. Yo conservo objetos que otros tallaron. Pero hay algo que reconozco cuando estoy cerca de ciertos objetos que mis colegas no reconocen. La temperatura del mármol del siglo doce que hay en el fondo del sótano, por ejemplo.

Friedrich la miró en silencio durante un momento.

Entonces el culto te necesita a ti, dijo. No solo el objeto. Los dos juntos.

Sí.

¿Y si sacan el objeto del castillo antes de que lo hagamos nosotros?

Clara pensó en esto.

Sin una descendiente directa de la línea, el objeto produce el efecto menor, dijo. El terror. El reconocimiento. Pero no el efecto completo. Que es lo que el culto quiere.

¿Y los nazis?

Los nazis quieren que no produzca ningún efecto, dijo Clara.

Lo que ya tienen no lo conseguirán nunca: el objeto produjo lo que produjo en Hitler precisamente porque Hitler no podía no escucharlo.

—Pausa—. El problema con los objetos que te dicen la verdad es que los que no pueden vivir con la verdad no pueden tampoco vivir con el objeto.

Friedrich guardó silencio durante un momento.

Entonces no debemos salvar solo la escultura, dijo finalmente.

No, dijo Clara.

Debemos asegurarnos de que ni los nazis ni el culto la obtengan.

Sí.

¿Y nosotros?

Clara lo miró.

Nosotros la escondemos, dijo. En el lugar que ya te dije.

¿Y si no es suficiente?

Clara pensó en los cimientos de la Sagrada Familia. En trescientos años de espera. En la carta que había estado ahí desde 1651 sin que nadie la encontrara porque nadie había tenido razón suficiente para buscar.

Ha sido suficiente durante trescientos años, dijo. Puede serlo trescientos más.

Friedrich asintió.

¿Y si el culto sabe dónde está Barcelona?

El culto sabe que yo existo, dijo Clara. No sabe que yo sé lo que sé. Y mientras no sepa que yo sé lo que sé, no sabe adónde voy a ir cuando salga de Königsberg.

Friedrich la miró con los ojos azules que tenían esa vigilancia permanente.

¿Y sabes que sabes lo suficiente?

Clara pensó en el diario de Valeria. En los archivos del Ministerio. En el bloque de mármol del siglo doce que guardaba su temperatura específica en el fondo del sótano.

Sé lo que necesito saber para hacer lo que hay que hacer, dijo. Que es diferente a saber todo.

Friedrich asintió.

Era suficiente por ahora.

Lo que el informe de Himmler describía con la precisión burocrática de los documentos que intentan racionalizar lo que no se puede racionalizar era, en el fondo, lo mismo que Anselmo le había contado a Valeria Serra en las catacumbas de Roma: que había personas que llevaban siglos siguiendo el rastro de algo que no podían nombrar del todo pero que reconocían cuando lo encontraban.

La diferencia era que Himmler lo llamaba amenaza para la estabilidad psicológica del liderazgo del Reich y Anselmo lo llamaba el culto del ojo y los frescos del siglo doce lo representaban como figuras en círculo alrededor de algo que producía el efecto que producía en quien se ponía delante.

Clara explicó todo esto a Friedrich en el sótano de la calle Admiralstraße, con el mármol robado a su alrededor y la bombilla temblorosa entre los dos y el vino que no era bueno pero que tampoco era malo en sus vasos sobre la caja de madera que servía de mesa.

Friedrich escuchó con la atención de las dos horas del primer día.

Cuando Clara terminó, dijo: ¿y tú eres el eslabón que necesitan para completar el ritual?

El descendiente directo de la línea original, dijo Clara.

Valeria Serra escapó en 1651 y los tres siglos siguientes la línea estuvo fuera del alcance del culto porque nadie en la familia sabía exactamente lo que era ni por qué importaba.

El diario de Valeria pasó de madre a hija como algo que se guarda sin leer completamente porque es demasiado preciso para ser simple ficción de una bisabuela lejana.

Y la piedra de alabastro que Anselmo le dio a Valeria llegó a mí como joya de familia sin que nadie supiera lo que era.

¿Y el culto lleva siglos buscando a alguien de la línea?

Según el informe de Himmler, sí, dijo Clara.

Y según lo que Valeria escribe en el diario sobre lo que le contó Anselmo en las catacumbas, también.

El ritual no puede completarse sin una descendiente directa.

El objeto amplifica la condición que la descendiente tiene.

Y el efecto combinado de los dos juntos produce algo que los frescos representaban y que ningún texto que Clara había leído describía con exactitud porque la exactitud requería haberlo experimentado.

¿Y lo has experimentado?

Clara pensó en los treinta segundos frente al ojo en la cripta del castillo. En las mejillas mojadas.

Una versión atenuada, dijo. El objeto estaba partido. Y yo solo sostuve el fragmento, no fui delante de él de la manera que el ritual requeriría.

¿Y si lo haces?

Clara lo miró.

No lo voy a hacer, dijo. No porque tenga miedo. Sino porque el ritual no es lo que quiero hacer con el objeto. Lo que quiero hacer con el objeto es lo que mi antepasada hizo con él en 1651: custodiarlo en el lugar correcto para que quien lo necesite lo encuentre cuando lo necesite.

¿Y el culto no entiende eso?

El culto lleva trescientos años sin que nadie le haya dicho eso directamente, dijo Clara. Porque nadie de la línea sabía suficiente para decírselo directamente.

¿Y tú sí sabes suficiente?

Clara pensó en esto.

Sé que el objeto es un espejo, dijo. Que lo que muestra ya estaba en quien lo mira. Y que usarlo para producir terror o para completar un ritual que convierte a alguien en el centro de un círculo es exactamente lo contrario de lo que fue hecho para hacer.

¿Y para qué fue hecho?

Para que quien lo mire recuerde que ya sabía lo que ve, dijo Clara.

Friedrich la miró durante un momento.

¿Y eso es lo que necesita el mundo en 1943?, dijo.

Clara miró el mármol del siglo doce en el fondo del sótano.

Probablemente es lo que el mundo necesita exactamente en 1943, dijo. Y probablemente es por eso que el culto y los nazis y todos los que han intentado controlarlo durante trescientos años han fallado: porque lo que el objeto hace no puede controlarse. Solo puede custodiarse o ignorarse.

Friedrich asintió.

¿Y el culto aceptará que lo ignoremos?

No, dijo Clara. Pero si lo escondemos bien, no tendrán opción.

Friedrich miró el vino en su vaso.

¿Confías en que el lugar que tienes en mente sea suficientemente bueno?

Clara pensó en los cimientos de algo enorme que todavía estaba empezando. En la cámara sellada. En trescientos años de espera sin que nadie llegara porque nadie tenía razón suficiente para buscar ahí.

Ha funcionado durante trescientos años con una obra que ya estaba ahí, dijo. Puede funcionar trescientos más con una que añadamos.

Friedrich asintió por última vez.

El ritual que vale, dijo.

¿Cuál?

El que no usa a nadie para tener miedo, dijo Friedrich. Eso es lo que dijiste antes. Que es el único ritual que vale.

Clara lo miró.

Sí, dijo.

Eso es lo que dijo.

Y era verdad entonces y seguiría siendo verdad en Königsberg y en el carro en las afueras de la ciudad y en el tren de vuelta a Barcelona y en los cuarenta años de silencio que siguieron y en el invierno de 1982 cuando la carta de Aldrovanti le explicó lo que ya sabía de una manera que necesitaba que alguien se lo dijera.

Clara y Friedrich pasaron los últimos días antes de Königsberg en el sótano de la calle Admiralstraße con la concentración específica de quienes saben que el tiempo que queda antes de algo irreversible es también el tiempo más claro que han tenido.

No porque hubieran dejado de tener miedo.

Clara tenía miedo con la misma constancia con que había tenido método durante seis años: como una condición de trabajo, no como un obstáculo.

Friedrich tenía miedo de una manera diferente, más corporal, más instalado en el cuerpo que en el pensamiento, que era el tipo de miedo de los que han estado en situaciones de peligro real suficientes veces para que el cuerpo haya aprendido a anticiparlo antes de que la mente lo nombre.

Lo que hacían con ese miedo era seguir trabajando.

Clara revisaba los croquis del castillo. Friedrich repasaba los contactos de Königsberg. Los dos verificaban la documentación, los horarios de los soldados de guardia, el tiempo que tardaría el traslado desde la cripta hasta el punto de extracción.

Y entre la preparación y la preparación, hablaban.

Hablaban de lo que habían hablado la semana anterior y de cosas que no habían hablado antes porque no había habido tiempo.

Friedrich le contó del año en que había desertado con una precisión que no había tenido la primera vez: el invierno de 1942, en el frente del este, en un momento específico que no describió con detalle porque los detalles eran del tipo que no se describían pero que habían sido suficientemente concretos para que Friedrich entendiera que lo que estaba haciendo no era lo que podía seguir haciendo.

Clara le contó del día en que encontró el sobre en el escritorio del museo.

De los diez minutos que estuvo mirando las fotografías antes de moverse.

De la sensación de que el ojo de la fotografía la conocía, que era una sensación que seis años de trabajo con objetos históricos deberían haber hecho imposible pero que no habían hecho imposible.

¿Y eso te dio miedo?, dijo Friedrich.

No, dijo Clara. Me dio curiosidad. Que es algo diferente.

¿En qué?

El miedo cierra, dijo Clara. La curiosidad abre.

Friedrich la miró con los ojos azules que tenían esa vigilancia que en los últimos días había cambiado levemente de carácter: seguía siendo vigilancia, pero con algo más adentro que antes no estaba o que antes no había tenido oportunidad de estar.

¿Y ahora?, dijo. ¿Tienes curiosidad o miedo?

Clara pensó en el croquis del castillo. En los setenta y dos horas. En los seis soldados de guardia.

Las dos cosas, dijo. Al mismo tiempo. Que también puede ocurrir.

Friedrich asintió.

Mi padre decía que el cantero que nunca tiene miedo de la piedra no entiende la piedra, dijo. Que la piedra puede partirse. Que puede abrirse por donde no se espera. Que el respeto por eso no es miedo: es conocimiento.

¿Y tú tienes respeto o miedo?

Friedrich la miró.

Las dos cosas, dijo. Al mismo tiempo.

Era la misma respuesta que Clara. Dicha con la misma entonación. Que era la entonación de alguien que ha descubierto que las dos cosas pueden existir al mismo tiempo sin que una cancele a la otra.

Esa noche, la última en el sótano antes de salir para Königsberg, ninguno de los dos durmió.

Friedrich repasó los papeles una última vez.

Clara leyó el diario de Valeria Serra desde el principio, que era lo que hacía cuando necesitaba recordar por qué hacía lo que hacía: no los detalles del viaje ni los nombres de los lugares sino la voz de alguien que había estado donde ella estaba y había hecho lo que había que hacer con las herramientas que tenía.

Al amanecer apagaron la bombilla temblorosa.

Recogieron lo que había que recoger.

Subieron al nivel de la calle.

El día era claro y frío para julio, con el viento del este que traía el olor del Báltico hasta el centro de Berlín y que hacía que la ciudad pareciera más limpia de lo que era.

Fueron a la estación.

El tren salía a las seis.