Capítulo 9 — Mateo #3
Aquel vuelo hacia Berlín, el más largo y el más emocionalmente cargado de toda mi vida hasta la fecha, me ofreció también un tiempo prolongado de reflexión sobre todo el camino recorrido durante aquellos casi cuatro años desde que había conocido a Valentina, repasando mentalmente cada etapa importante de nuestra relación: el proyecto de Sierra Gorda, las crisis familiares superadas, la humillación de la cena de los Cross, la reconciliación tras nuestra primera gran crisis, y ahora esta despedida incierta que marcaba el inicio de una nueva etapa cuyo desenlace final todavía permanecía completamente por determinar.
Abrí, durante aquel vuelo, la carta que mi madre me había pedido que no leyera hasta estar instalado en Berlín, pero la ansiedad y la nostalgia del momento me llevaron a romper aquella promesa, necesitando sentir su presencia y su apoyo durante aquel trayecto tan significativo.
"Mi querido Mateo", comenzaba la carta, con la letra cuidadosa de mi madre, "cuando leas esto, ya estarás en tu nueva vida en Berlín, construyendo el futuro que tanto te mereces después de tanto esfuerzo.
Quiero que sepas que, sin importar lo que pase con Valentina, con tu carrera, con cualquier decisión futura que tomes, siempre vas a ser mi hijo, el niño que dormía con la cama pegada a la pared por la humedad, convertido ahora en un hombre extraordinario del que me siento profundamente orgullosa.
Vuela alto, hijo mío, pero nunca olvides que aquí, en Vallecas, siempre vas a tener raíces esperándote. "
Aquella carta, leída entre lágrimas silenciosas durante el vuelo, se convirtió en uno de los tesoros más preciados que llevaría conmigo hacia mi nueva vida en Berlín, un recordatorio constante del amor incondicional que sostenía cualquier decisión que pudiera tomar a lo largo de mi propia trayectoria vital.
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Aquella carta de mi madre, releída varias veces durante los días siguientes a mi llegada a Berlín, se convirtió en un ritual reconfortante que repetía cada vez que la nostalgia por Madrid se volvía particularmente intensa, un recordatorio constante de que, independientemente de la distancia geográfica, las raíces familiares y comunitarias que me habían formado seguían siendo tan sólidas y tan presentes como siempre, sosteniendo cada paso de aquella nueva etapa profesional tan significativa de mi propia trayectoria vital.
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Duarte, mi colega portugués, se convirtió también en un apoyo constante durante aquellas primeras semanas de adaptación, compartiendo conmigo, además de consejos prácticos sobre la vida berlinesa, su propia perspectiva sobre cómo había conseguido, con el tiempo, sanar de su propia relación perdida a la distancia años atrás, sin que aquello significara necesariamente el mismo destino para mi propia historia con Valentina.
—Cada relación es distinta, Mateo —me recordó, durante una cena que compartimos aquella primera semana—.
Lo mío no funcionó porque, si soy honesto, la relación ya tenía grietas importantes antes de la distancia.
Vosotros lleváis casi cuatro años demostrando una solidez extraordinaria.
No des por sentado que vuestra historia va a terminar igual que la mía.
Aquella distinción, ofrecida con la honestidad directa que caracterizaba a Duarte, me ayudó a mantener la esperanza durante aquellas primeras semanas tan inciertas, recordándome que cada historia de amor era única, y que la solidez demostrada por Valentina y por mí a lo largo de tantas crisis superadas juntos representaba una base mucho más sólida de la que Duarte mismo había tenido en su propia relación fallida.
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Aquella distinción de Duarte, entre relaciones con grietas previas y relaciones genuinamente sólidas puestas a prueba por la distancia, se convertiría en un recordatorio recurrente durante los meses siguientes, cada vez que la incertidumbre sobre el futuro con Valentina amenazara con generar dudas innecesarias sobre la solidez real de todo lo que habíamos construido juntos a lo largo de casi cuatro años de relación compartida.
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Aquel primer mes en Berlín, marcado por tantas despedidas emotivas todavía frescas en la memoria y por la adaptación gradual a un entorno profesional y personal completamente nuevo, confirmó que, aunque el camino por delante seguía siendo incierto en muchos aspectos, especialmente en lo relacionado con el futuro de mi relación con Valentina, contaba con las herramientas emocionales, la red de apoyo, y la determinación necesarias para afrontar aquella nueva etapa con la misma resiliencia que había demostrado a lo largo de toda mi trayectoria vital hasta la fecha.
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Y así, con la determinación renovada de sostener, a pesar de la distancia, todo lo que Valentina y yo habíamos construido juntos durante casi cuatro años, cerraba aquel capítulo de despedidas emotivas, listo para afrontar, con la misma resiliencia que me había caracterizado desde mis primeros días en la ETSAM, todos los retos y oportunidades que aquella nueva etapa berlinesa tenía preparados para mi propia trayectoria profesional y personal.